Dolores Rondón

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    Existe una tierra bendita, llamada Camagüey, donde sus hombres y mujeres pueden decir que son dos veces cubanos: una por cubanos y otra por camagüeyanos.

     

    José M. Presol

    Existe una tierra bendita, llamada Camagüey, donde sus hombres y mujeres pueden decir que son dos veces cubanos: una por cubanos y otra por camagüeyanos. No en vano esa tierra nos ha dado, entre muchos, a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a Carlos J. Finlay y a Ignacio Agramonte. Es la tierra que presenció, con dolor, el arresto de Huber Matos y la última que pisó Camilo. Sin olvidar que allí nacieron nuestra primera y nuestra última Constitución.

    Tierra que está llena de leyendas que parecen Historia y de Historia que parece leyenda.

    En la vieja Puerto Príncipe está el cementerio activo más antiguo de la Isla. Si entramos nos tropezaremos con un pequeño monumento, gastado por los años, que es poco más que una cruz con su pedestal y que sustituye a la inscripción original. Allí está grabado un poema:

    Aquí Dolorès Rondón
    finalizó su carrera
    ven mortal y considera
    las grandezas cuales son.
    El orgullo y presunción,
    la opulencia y el poder,
    todo llega a fenecer
    pues solo se inmortaliza
    el mal que se economiza
    y el bien que se pueda hacer.

    El origen, allá por el mil ochocientos y pocos, de lo que da lugar a estas palabras empieza con una mulata criolla, cuyo nombre se ha perdido, o yo no he sabido localizar, que se enamoró de un catalán de nombre Vicente Rams, llegado para “hacer las Américas”.

    Vicente comenzó de comerciante de telas y acabó fundando tres cosas: la primera, un establecimiento llamado “Versalles”, en la entonces calle de La Candelaria, hoy de la Independencia (si los avatares “revolucionarios” no le han vuelto a cambiar el nombre), sobre el que asentó su fortuna; la segunda, una familia con una señorita de buena cuna y todos los parabienes sociales; y, la tercera, otra familia, paralela, y a la cual nunca faltó nada material, con la citada mulata, y en la cual nació una niña de nombre María Dolores, pero que nunca llevó el apellido Rams, sino el de Aguilera o el de Rondón, que de esto no se está muy seguro.

    Se crio en la calle del Hospital, muy cerca de la de San Luis, sin mezclarse nunca con la otra familia, que vivía en la Plaza de San Francisco; y acabó por convertirse, como su madre, en una espléndida mujer, que llamaba la atención de cuanto hombre se cruzaba en su camino, especialmente del barbero del barrio, un tal Francisco Juan de Molla (o Moya, que de las dos formas aparece escrito), que también era dentista y sangrador, pues, en aquellos tiempos, se daba importancia a la curación mediante sangrías, ya fuesen “quirúrgicas” o con sanguijuelas y tanto esa actividad, como la de sacamuelas, eran patrimonio de los barberos.

    Francisco hizo todo lo posible por aproximarse a Dolores: le enviaba regalos, mensajes y hasta poemas, pues parece que era ilustrado hasta el punto de saber rimar y componer razonablemente bien. A cambio recibió desplantes, risas, burlas y humillaciones, la mayor cuando supo que se casaba con un oficial del Ejército, quizás solo para alcanzar la posición social que le había sido negada.

    Al fin, pudo codearse con “los de su nivel” y entrar al Casino Español, donde más de una vez se cruzó con su padre. Todo duró poco. Tanto la Isla como la Península estaban revueltas. Aquella con los primeros intentos independentistas de José Antonio Aponte y Narciso López; esta con los enfrentamientos civiles que siguieron a la guerra con Francia. Por razón del empleo del esposo, el matrimonio efectuó diversos traslados, inclusive se dice que viajaron a España. El murió y se pierde la pista de la viuda.

    Llega 1863 y hay una epidemia, unos hablan de viruela, otros de tisis. Lo cierto es que un día Francisco, como sangrador, se acercó a un camastro en el Hospital de Nuestra Señora del Carmen y quedó horrorizado. Allí estaba Dolores, con su hermoso rostro desfigurado por la enfermedad y el maravilloso cuerpo reducido a pellejo sobre huesos.

    Se secó las lágrimas y ante la sorpresa, mitad escándalo y mitad agradecimiento, de las monjitas, se puso a asear y limpiar de toda suciedad y de toda marca de las miserias humanas lo que quedaba de aquel ser amado. No le dejaron quedarse aquella noche por “el qué dirán”, pero a la madrugada siguiente allí estaba, aún sin salir la luz del día, pero solo para encontrar que había muerto y ya la habían enterrado en una fosa común.

    A los pocos días, sobre el montón de tierra que marcaba la sepultura, apareció, sujeta con una estaca, una tabla de cedro, pintada en blanco y con la poesía anterior en letras negras. Nadie supo quién la puso, solo que cada vez que se deterioraba era reparada o sustituida por otra nueva. Eso ocurrió durante años, hasta que Francisco también dejó de existir.

    Muchos hablan de la lección que la vida dio a la ambición y soberbia de Dolores, pero nadie habla de la lección que a todos nos dio Francisco, diciéndonos que amar no es solo desear la unión con la belleza de un cuerpo, sino, entre otras muchas cosas, también cuidar y seguir amando ese cuerpo, aunque ya no sea siquiera el recuerdo de lo que fue y ya no volverá a ser.

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