La conquista británica de España, XV

Pedro Molina Mazariegos un ideólogo sin ideología propia

Uno de los ideólogos liberales que desarrolló su actividad en Centroamérica, Pedro Molina, fue designado miembro del Supremo Poder ejecutivo en 1823, donde fue presidente al comienzo y, en 1824, operaba como embajador en Colombia y en el Congreso de Panamá que convocara Simón Bolívar. Imbuido de la doctrinas roussonianas, escribió

“Yo quiero, yo soy dueño de mí dice el salvaje en sus bosques y el ciudadano en medio de la patria; mientras que el servil entre las hordas de imbéciles grita: el príncipe quiere por mí, el príncipe es dueño de la vida y de la libertad.” Y sentencia: “Ciudadano es el individuo de una nación que tiene voto en las deliberaciones públicas, o en el nombramiento de sus representantes…/… “Sociedad —dice— es la reunión de muchos hombres que han contratado servirse mutuamente, no ofenderse y defender al que sea ofendido en su persona o propiedades.”

Calcando a Rousseau afirma: “El hombre nace libre, independiente, arbitro absoluto para el ejercicio de su voluntad y para hacer todo lo que pueda según la capacidad de sus fuerzas y la de su razón o instinto; pero la primera necesidad que reconoce es la de atender a su conservación: en breve le rodean obstáculos, peligros y calamidades que le hacen advertir la triste condición de vivir aislado”.

Sigue afirmando, de acuerdo con la Ilustración francesa que “En el estado natural la libertad del hombre consiste en el ejercicio absoluto de su albedrío, y la que goza en el estado social, se halla reducida al uso de sus acciones bajo el imperio de la voluntad general que es la ley.” Parece manifiesto, conforme señala Leslie Bethel que “todo lo referente a los nuevos gobiernos llevaba el sello de la influencia del racionalismo ilustrado, y la mayoría de los gobiernos se construyeron sobre los modelos republicanos de los Estados Unidos y de la Revolución francesa.

Casi todos los líderes revolucionarios, con la excepción de los del Río de la Plata, se apresuraron a escribir constituciones, expresando así la creencia de que el Estado debía estar sujeto a una constitución escrita. Implícita o explícitamente estas constituciones se basaron en la idea del contrato social.” Con estas premisas, el porvenir de la Hispanidad, de toda la Hispanidad, incluida por supuesto España, estaba determinado por intereses ajenos que sometieron a los hombres de la Hispanidad a la servidumbre. “Resultaría bastante anacrónico suponer que algún líder de la independencia de América Latina [sic] luchó por imponer un sistema igualitario en el campo; al prometer a la tropa que se les daría algo de tierra no se pensaba en darles mucho y, además, de hecho no se les dio.”

Pero el pago que recibió el “éxito de los libertadores” quedaría expresado de forma manifiesta por John Adams, segundo presidente de los EE UU: “Las gentes de Sudamérica son las más ignorantes, las más intolerantes, las más supersticiosas de todos los católicos romanos de la Cristiandad […] Ningún católico en la Tierra mostró devoción tan abyecta para con sus sacerdotes, superstición tan ciega como ellos […] ¿Era acaso probable, era acaso posible que […] un gobierno libre […] fuese introducido y establecido entre tales gentes, sobre tan vasto continente, o en cualquier parte de él? Me parecía […] tan absurdo como […] [lo] sería establecer democracias entre las aves, las bestias y los peces.”

Pero Bolívar no pudo ver culminada su carrera. Al haberse declarado católico por motivos políticos, “no se le pudo nombrar Oficial del Ejército Británico; así lo declaró una vez William Pitt, y el mismo Miranda lo recuerda en carta del 8 de septiembre de 1791.”

Hispanista revivido.