Testimonio de Milagros sobre los sucesos de la Embajada de El Perú en La Habana en 1980

2015

Foto: Miami, 2015. Milagros, Yolanda y Papito (Enrique).

Foto: Miami, 2015. Yolanda, Milagros y Carlos.

París, 22 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

Cuando nos enteramos de que en los jardines de la Embajada de El Perú en San Cristóbal de La Habana estaban mi primo Luis con su señora y sus dos hijos; además, de la familia de mi mujer se encontraban su tío Pillo con la señora y los cinco hijos, su tía Concha con su marido, dos hijos, uno de ellos (Papito) con su mujer y cuñado, en total 17 personas, decidimos mi esposa y yo intentarlo.

Llenamos una bolsa de playa de ropa y comida para nuestro niño de 4 años. Pero ni acercarnos a la Embajada pudimos. A tres cuadras de ella, por la Quinta Avenida, todo estaba bloqueado.
Mi primo Luis con su familia, así como Pillo, su esposa y cuatro de sus hijos, fueron enviados hacia los U.S.A. Al quinto hijo lo enviaron por años a la cárcel de Taco Taco.

Concha y su esposo fueron hacia El Perú, mientras que sus hijos, su nuera Milagros y el hermano de ésta hacia Madrid. Unos años después lograron reunirse de nuevo en Miami. Sólo un año después, mi esposa, mi hijo y yo partimos hacia Francia.

Todos eran personas honestas, educadas, trabajadoras, cubanos de los cuales nuestra Patria puede sentirse orgullosa. Pero todos fueron tratados por la plebe intransigente comunista de: escorias, vende Patrias, gusanos, gentuza, etc. Sin embargo valió la pena, hoy día ellos y nosotros somos hombres y mujeres Libres.

Nuestra querida Milagros, la que nos hospedó tantas Navidades en Madrid y con la que compartimos junto a Papito, sus hijos Kike y Yoly, suegros y cuñados en cada viaje a Miami, aceptó darme su testimonio sobre aquellos días y aquí te lo envío.

Milagros- “En la mañana del 4 de junio de 1980, estábamos en casa de mi esposo Papito. En ese momento llegó su tío materno Pillo muy preocupado, ya que se había acabado de enterar de que habían retirado los guardias que custodiaban la Embajada de El Perú. Como su hijo Miguelito no había dormido en casa esa noche, él temía que el chico hubiera intentado introducirse en la Embajada.

Pillo había enviado a Alfredo, otro de sus hijos a averiguar, pero éste tampoco había regresado. Tomó entonces la decisión de ir con su esposa Delfina y sus otros tres vástagos. Si sus dos primeros habían logrado entrar, él también lo haría con el resto de la familia.
Cuando Pillo se fue, nos quedamos comentando con mis suegros lo que estaba pasando. Yo le dije a Papito (Enrique), que nosotros también deberíamos ir a ver si nos podíamos meter. Fuimos a casa y pusimos en una bolsa alguna ropa y una lata de leche condensada. Seguimos a ver a mis padres y les contamos la decisión que habíamos tomado. Mi padre me dijo: ‘estas casada desde hace cinco meses y lo que ustedes decidan hacer, nosotros lo apoyaremos.’
Ellos hubieran querido partir con nosotros, como lo hizo mi hermano Chicho, pero como mi hermano Omar estaba preso por haberse escapado de la Unidad Militar en la que estaba cumpliendo los tres años del S.M.O., decidieron quedarse y no intentar la fuga hacia la Libertad.

Cuando llegamos a la Embajada, vimos como la gente saltaba la cerca para entrar. No había policías y todo al exterior parecía “normal”. Decidimos escalar el muro. Los que ya estaban dentro del jardín nos ayudaron a bajar del lado de ellos, porque el muro era un poco alto. Paseamos por los jardines, porque a la casa no se podía entrar, en ella estaban sólo los que habían logrado entrar al lanzar el autobús que había roto la garita.

Recuerdo que nos sentamos en unos bancos de cemento muy bonitos. Fueron pasando las horas y estábamos acomodados sobre el césped y comentábamos lo fácil que había sido todo. En ese momento escuchamos gritos y ruidos de cristales rotos y vimos a una verdadera ola humana que invadía todo el jardín.

Nos pusimos de pie cuando la gente comenzó a gritar que nos estaban tirando piedras, pomos y botellas desde la calle. Miré a mi alrededor y me percaté de la enorme cantidad de personas que había entrado. Casi no podíamos movernos. En cierto momento levanté un poco la pierna y después no podía apoyarla por no encontrar el espacio necesario en el suelo. Sentí un gran pánico y le dije a Papito que era mejor volver a casa. Él me preguntó si me había vuelto loca; me aseguró de que ya no había marcha atrás.

Él sabía que ya habían hecho un cordón de policías alrededor de la sede diplomática. A cada rato se escuchaban gritos y disparos. Yo estaba aterrada, pero ya no decía nada. Fueron pasando las horas y vimos a muchos jóvenes que se encaramaban en los árboles y sobre el techo de la mansión. De esa forma logramos encontrar el mínimo espacio donde poder sentarnos.

Al amanecer nos asombramos de la muchedumbre que ocupaba cada centímetro cuadrado de espacio vital. Mucho después conoceríamos que habíamos sido más de 14 000 personas.

En esas condiciones pasamos once días. Comíamos las hojas de los árboles, las cáscaras de las papas, lo que encontráramos. Gracias a un pequeño radio portátil de pilas que tenía una persona, nos enteramos de que la Cruz Roja Internacional quería ayudarnos, pero que el Líder Máximo no lo había aceptado.

De pronto llegaron unos camiones y comenzaron a bajar cajas que parecían de comida. Alguien comenzó a organizar las colas dentro del jardín dando la prioridad a los niños y después a los ancianos y mujeres.

Pero los que estaban repartiendo las cajitas de comida empezaron a lanzárnoslas como si fuéramos perros. La gente comenzó a fajarse por la comida. Ese era el espectáculo que ellos querían para filmarlo y desinformar al mundo, haciendo creer que éramos salvajes. Allí había niños que no comían desde hacía días. ¡Podrás imaginar lo que era capaz de hacer un padre por conseguir una de aquellas cajitas!

Después de once días ya no podía más y le dije a Papito que yo saldría aunque me mataran y entonces decidimos salir juntos. Habíamos escuchado por La Voz de las Américas que varios países estaban dispuestos a darnos visas.

Cuando salimos de la Embajada, nos encontramos con un puesto de la Cruz Roja donde nos dieron un yogurt y un panque. Nos tomamos el yogurt pero el panque no pasaba, nos era imposible tragarlo.

Después nos mandaron a una mesa donde habían varios militares sentados. Allí nos preguntaron si todavía teníamos idea de marcharnos del país y nuestras profesiones. Yo era graduada del Instituto de Idiomas Máximo Gorki y Papito era supervisor regional de Sanidad.

Cuando les respondimos que sí queríamos irnos, nos mandaron a subir a una guagua, la cual nos llevó hasta el Club de los Militares (El Fontán). Allí nos hicieron los pasaportes y nos mandaron para la casa con un salvo conducto. Cuando salimos todos nos miraban, pues estábamos sucios y desgreñados y los hombres barbudos sin afeitarse después de tantos días. Al fin llegamos a la casa donde nos pudimos bañar y comer algo. Intentamos dormir pero no podíamos cerrar los ojos. Cada vez que lo hacíamos escuchábamos el alto parlante que nos tenían puesto todo el día y la noche, incitándonos a salir de la embajada.

Estuvimos como dos semanas en la casa, hasta que un día llegó una moto que nos vino a dar la dirección del lugar donde teníamos que presentarnos. Le preguntamos al militar que a dónde iríamos y no nos contestó. Mi padre nos llevó en su automóvil y supimos entonces que era la Embajada de España. Cuando llegamos estaba rodeada por turbas enardecidas con carteles ofensivos, con palos, piedras y cartones de huevos. Nosotros estábamos en la cola para entrar en la embajada, éramos unas 400 personas y teníamos que entrar en pequeños grupos. Llegó el momento en que nos íbamos acercando a la puerta, y ahí empezaban los gritos, nos tiraban huevos y papas. Hasta que al fin pudimos entrar. Allí nos tuvimos que limpiar un poco pues estábamos sucios a causa de los huevos. Cuando nos dieron las visas, nos enteramos de que nos iríamos al día siguiente.

Cuando salimos de la embajada, el cónsul empezó a sacarnos poco a poco y el iba en el grupo para que no nos pegaran. Nos montamos en la primera guagua que pasó sin mirar para dónde iba, después nos bajamos y pudimos coger un taxi para casa. Cuando llegamos, mis padres estaban desesperados, mi madre lloraba y mi padre que había visto como estaba todo fuera de la embajada había estado muy preocupado, y hasta había temido hasta por nuestras vidas.

Al día siguiente salimos para el aeropuerto y allí estaban también las turbas. Logramos entrar, después de muchas humillaciones. Una vez dentro los de la aduana nos separaron a los hombres de las mujeres para registrarnos. Las mujeres policías nos hicieron desnudar para revisarnos hasta por nuestras partes íntimas. Todo era para humillarnos y hacernos sentir como delincuentes. Cuando subimos al avión después de unas interminables ocho horas, todos estábamos llorando a causa de las humillaciones y del miedo. El cónsul español subió al avión y nos dijo que ya estábamos a salvo que estábamos protegidos por el gobierno español y en Libertad. Empezamos a aplaudir y seguimos llorando pero de emoción. Nunca olvidaré lo que sentí en ese momento.

Llegamos a España donde nos acogieron como refugiados políticos y gracias a Dios todo cambió para nosotros. Aprendimos a vivir en libertad y en la democracia. Allí nacieron mis hijos Carlos y Yolanda a los cuales desde pequeños siempre les hemos contado lo que pasamos a causa de esa dictadura comunista. Siempre he dicho que mis hijos podrían tener las ideas que quisieran menos las comunistas. Que jamás serían embaucados por falta de información.
En España vivimos catorce años, los mejores años de nuestra juventud. Siempre estaremos agradecidos al país que nos acogió, al cual amamos infinitamente. Pero un día mi hijo me preguntó: ¿Mami, nosotros no tenemos pueblo? ¿Por qué mis amiguitos siempre se van al pueblo los fines de semanas y nosotros no?

Decidimos marcharnos a vivir a Miami, porque al venir a visitar a mis suegros y cuñados, me sentí como si hubiera regresado a Cuba de nuevo, a la Cuba con la que soñamos, libre y próspera, donde me encontré con muchos familiares y amigos de infancia. En Miami iba a una cafetería y encontraba los pastelitos de guayaba y veía un cartel que decía “Café Cubano” y donde tenía el mar tan cerca… y sólo distaba 90 millas hasta mi verdadera tierra. Miami era lo más cerca que pude llamar “pueblo”, donde mis hijos tenían a sus abuelos, tíos y primos.
Hogaño mis hijos son bilingües, hablan el español y el inglés perfectamente y aunque no se sienten americanos, Sí se sienten cubanos y orgullosos de ello. Mi hija estudió Marketing y Publicidad y mi hijo Administración de Negocios. Tienen una vida próspera y son LIBRES.
¿Nuestro objetivo? ¡Ha sido cumplido!”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.