Los impuestos irrisorios permitieron a los criollos enriquecerse y defender sus intereses feudales con el pretexto del interés común

 

Impuestos irrisorios que sin embargo coadyuvaron a la gran hecatombe ya que, según nos señala Indalecio Liévano Aguirre, propiciaron la pérdida de prestigio de la corona, y “en la medida que la Monarquía perdía su prestigio en la gran base popular de las sociedades americanas, los criollos adquirían la posibilidad de defender su riqueza y sus prerrogativas feudales, bajo el cómodo disfraz de defensores, aparentemente desinteresados, de los intereses comunes de la población americana.”

Y algunos de ellos fueron los instigadores de las revueltas… y los causantes de su fracaso cuando el asunto se les iba de las manos. Pero si en la revuelta comunera esos terratenientes se vieron sin respaldo para perseverar en su intento, merced en gran parte a la falta de acuerdo entre Miranda y la Gran Bretaña, no sucedió lo mismo a partir de 1808, cuando la maquinaria inglesa, ya bien engrasada con la supeditación de los “libertadores”, volcó todos sus esfuerzos en el intento reforzando sus lazos con la oligarquía criolla.

En un estudio al respecto, la Universidad de San Carlos de Guatemala destaca que “el grupo de la élite que abraza ideales independentistas republicanos lo componen poderosos terratenientes, como era el caso salvadoreño, comerciantes/terratenientes en Granada; mineros y terratenientes en Tegucigalpa, medianos propietarios en San José, hasta los sectores medios de la provincia de Guatemala: terratenientes, comerciantes, visionarios, intelectuales, etc.” Imagen que se repite a lo largo y ancho de América.

La ocasión se presentaba óptima para el intento, ya que, según Mara Espasande, “en ese entonces, Europa era el escenario de una guerra fundamentalmente entre Francia e Inglaterra. Peleaban por definir cuál de los dos países se convertiría en la principal potencia industrial que controlara al resto del mundo. El gran objetivo de ambos países era obtener territorios donde poder vender sus productos industriales.” Y ningún territorio mejor que la Hispanidad (no había ningún otro preparado, aparte de Europa), que como poco desde la Guerra de Sucesión, estaba allanando el terreno para el fácil acceso de quienes hasta entonces habían sido frenados en sus ansias depredadoras, precisamente por la Hispanidad, y anhelaban una horrorosa venganza.

Estaban llegando unos momentos que hoy podemos considerar lógicos por la propia evolución del conocimiento: la revolución industrial; pero desde otros puntos de vista, lo que podía haber sido y no fue es que en vez de tratarse de una “revolución” hubiese sido una “evolución”. Filosóficamente era lo que más cuadraba con el espíritu hispánico. Pero no fue así. Ciertamente los descubrimientos técnicos de envergadura se produjeron dentro del mundo europeo; ello no significa que la Hispanidad estuviese dormida.

Ahí tenemos los avances en cuestiones astronómicas llevados a cabo en México en 1769, o la instauración del Real Colegio de Minería, un centro dedicado al estudio de las ciencias. Lo que es irrefutable es que, de acuerdo con lo señalado por Luis Bértola y José Antonio Ocampo, “desde el punto de vista económico-tecnológico, la gran novedad de la segunda mitad del siglo XVIII fue la revolución industrial en Inglaterra, que poco a poco se expandiría a otros países europeos.

La revolución industrial no fue un hecho sino que sería una transformación radical de la forma de funcionamiento de la economía capitalista que, de allí en adelante habría de experimentar cambios tecnológicos frecuentes, viendo la sucesión de nuevos paradigmas tecno-económicos, con sus consiguientes ondas de difusión a otras economías y con un muy fuerte impacto no solo en el surgimiento de nuevos productos y procesos, sino también sobre los transportes y las infraestructuras…./… Este proceso de aceleración del cambio tecnológico, del que las potencias coloniales ibéricas apenas si participaron marginalmente, abrió nuevas posibilidades al comercio internacional y constituyó el entorno de lo que Lynch (1992) ha llamado “la segunda conquista” y el inicio de la gestación de un nuevo ‘pacto colonial’.” Esa revolución materialista, capitalista, mercantilista, había estallado y necesariamente debía invadir la Hispanidad, no sólo para dar curso a sus productos, sino para dar curso a la problemática interna generada por la misma revolución industrial, que en Inglaterra, y de acuerdo con el profesor Corsi Otalora, “llevó a una Caida de salarios del 20% entre 1795 y 1834, sin contar con un desempleo tan enorme que produjo la muerte por física hambre a 500.000 tejedores y les forzó a la aceptación de oficios tales como los de pulidores de metales, capaces de averiar los pulmones a casi todos los trabajadores mayores de 30 años según cifras de Hobsbawn.”

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