Yo soy anticomunista

Lo soy porque el comunismo exterminó – y sigue exterminando – al doble de seres humanos que el criminal nazismo.

 

César  Vidal

Ha pasado prácticamente desapercibida en los medios de comunicación una reunión de jóvenes comunistas de distintos países que tuvo lugar hace unas semanas en Europa. En ella no sólo se apuntó a la felizmente extinta Unión Soviética como al modelo político de futuro. Por añadidura y en tono amenazador, se anunció el decidido propósito de conseguir que la Unión Europea cree un nuevo tipo penal para castigar a aquellos que ataquen el comunismo – socialismo aplicado lo denominan los muy cursis – o se atrevan a compararlo con el fascismo o el nazismo. El plan – que no tiene por qué fracasar – nace de esa pésima tendencia iniciada hace años y consistente en castigar penalmente determinadas opiniones históricas.

Yo comprendo que haya gente que se sienta ofendida porque algunos nieguen el Holocausto o la existencia de las cámaras de gas. A esa cuestión dediqué yo mismo en 1994 mi libro La revisión del Holocausto demostrando que tras esa negación se escondía una agenda. El problema, sin embargo, es que, al sustituir el debate académico por el código penal, se abrió la puerta a que otras cuestiones históricas pudieran llevar a otras personas a sentarse en el banquillo. No mucho después vino la penalización por negar que las acciones turcas con los armenios durante la I guerra mundial fueron genocidio. En España, hace años que se persigue castigar penalmente a los que no aceptan una versión de la guerra civil semejante a la fraguada por la Komintern. Ahora, en distintas naciones de Europa occidental, algunos sectores han decidido que el peso de la ley empapada de ideologización caiga sobre los opuestos al comunismo.

Dado que tal y como está el patio puede acabar sucediendo cualquier cosa y además algunos miembros de Podemos se encontraban en esta reunión, antes de que sea ilegal en la Unión Europea y en España y soliciten mi deportación por graves pecados pasados, me apresuro a decir que yo soy anticomunista. Lo soy por diversas razones.

Lo soy porque el comunismo creó el primer estado totalitario de la Historia antes que Mussolini o Hitler.

Lo soy porque el comunismo exterminó – y sigue exterminando – al doble de seres humanos que el criminal nazismo.

Lo soy porque el comunismo, más de década y media antes que Hitler, creó una red de campos de concentración donde murieron millones.

Lo soy porque, antes también que los nazis, el comunismo, por orden directa de Tujachevsky, comenzó a exterminar en masa a poblaciones civiles valiéndose del gas.

Lo soy porque, mucho antes de la creación de los Einsatzgruppen, ya utilizaba el comunismo camionetas con gas para asesinar a enemigos del régimen.

Lo soy porque, a diferencia de lo sucedido con la política de Hitler, las víctimas principales del comunismo fueron las gentes del propio país.

Lo soy porque convirtió a centenares de millones de personas en esclavos que no tenían ni siquiera autorización para desplazarse por el territorio de su nación de origen.

Lo soy porque no hubo derecho humano que no amenazara y quebrantara desde la posibilidad de crear sin el yugo del estado a la propiedad privada pasando por la capacidad para expresarse sin trabas.

Lo soy porque amo la libertad y ésta en cualquiera de sus manifestaciones ha sido siempre perseguida de manera despiadada por el comunismo.

Lo soy porque ha sido un perpetuo generador de miseria para los pueblos que ha esclavizado como sigue poniendo de manifiesto hoy en día Cuba o Corea del norte. A decir verdad, el comunismo sólo ha funcionado mínimamente cuando ha dejado de serlo.

Lo soy además a título personal porque buena parte de mi labor de historiador de los estados totalitarios ha venido relacionada con el estudio de la documentación soviética exponiendo en distintos libros la verdad de la acción de los agentes de Stalin en España (Checas de Madrid), de las Brigadas internacionales (Las Brigadas internacionales), verdadero ejército de la Komintern en la guerra civil en España, de la represión bolchevique (La ocasión perdida) y del genocidio comunista en suelo español y polaco (Paracuellos-Katyn). Precisamente, esa tarea de décadas – y no es algo de lo que me guste hablar – ha tenido costos notables en el plano personal hasta el punto de peligrar mi vida. Por añadidura, de una manera u otra, la mayoría de esos libros han terminado quedando fuera de la circulación.

Por estas y cien millones de razones más – una por cada uno de los inocentes a los que el comunismo arrancó la vida en el siglo XX – soy anticomunista. Dicho queda para cuando lo prohíban y se manifieste que no puedo volver a pisar suelo español ni territorio europeo sin temor a que me detengan.