La Iglesia vaticana y los adelantos

El piloto Juan Fernández, un hombre inquieto en su tiempo, que también participó del excelente negocio de portear tierra panameña para los enterramientos en los mares del sur, un negocio que tenía garantía eclesial para subir al cielo del tirón si comprabas unos puñados de ella, murió con el apodo de El Brujo, un sambenito que no pudo quitarse de encima.

 

Entre los muchos y variados problemas que surgieron en la parte de la Mar del Sur de Las Indias, en las costas de lo que pomposamente se llamó El Lago Español, por puro capricho de la máquina del mundo los vientos dominantes, por otro lado con un dominio perpetuo, cansino, soplan y soplaban junto a las costas sureñas indianas siempre del cardinal del sur, razón en contra por la cual una nave que partiera de Lima, del Callao, centro comercial de la zona en aquellos tiempos, con destino a Aconcagua (Chile) a cualquiera de sus puertos, podía acontecer lo que aconteció en el viaje de referencia del que hizo mención un obispo, cuyo nombre omitimos, por aquello de que en el citado viaje embarcó una mujer, que, en pocas singladuras fue preñada, y la nao siguió su penoso navegar en bordadas camino de un sur cuyo soplo de vientos de aquel cardinal solía poner de mal humor a pasajeros y navegantes y se tenían que entretener en lo que fuera.

La mujer que fue preñada, al parecer por un palomo, parió, y, antes de llegar a su puerto de destino, la volvieron a dejar preñada otra vez, con lo que todo eso conllevaba de pláticas respecto al billete a pagar al armador en concepto de pasaje, hasta que por fin llegaron al comercial puerto de Valparaíso, navegación que nunca por nunca, bajó de una duración de tres meses como mínimo, y lo normal es que superara los nueve meses, un parto, y el año y, aún, más. Pero, cuando el viaje se hacía al contrario, es decir de Chile a Lima, mismos pilotos, misma nao, el viaje por lo general duraba entre veinte y treinta singladuras.

Aunque el título de piloto de examen se empezó a otorgar en monopolio en la ciudad andaluza de Sevilla, los pilotos que debido al factor lejanía lograron obtenerlo en aquellas difíciles de navegar aguas de las mares del sur, probablemente se puedan encuadrar dentro de los mejores pilotos que nunca hayan tenido las naves de pabellón español, y los nombres y apellidos de un Juan de Mafra, un Alonso Valles, un Francisco de Feria, un Juan de Argama, un Cristóbal de Cea, un Francisco Cansino, junto a otros muchos más, sus nombres todavía los repiten aquellas olas y aquellas aguas dando fe de la excelente gente que las marearon.

Aunque no es momento de entrar en pormenores de cuál fue la patria chica del piloto Juan Fernández, o del propio Pedro Sarmiento de Gamboa, a los cuales la crónica de allá hay veces que quiere confundirlos y los confunde para hacer honor a ser una crónica del todo amañada a los gustos del señor virrey, que es lo mismo que decir al clero vaticano, de momento vamos a escribir que el piloto Juan Fernández, en razón de pasarse, y mucho, en una bordada navegando hacia el poniente en su intento de viajar al sur, sorpresivamente se topó a bastantes leguas de la costa con poderosos vientos que soplaban del norte hacia su camino marinero del sur.

Dándole popa a los dichos vientos mareros del norte, el piloto Juan Fernández con título náutico de allá, hizo su entrada en el puerto de Valparaíso en Chile en poco más de treinta singladuras, con lo que el ahorro de tiempo y el adelanto para su época fue de aquellos de medalla y jornal. Pero, he aquí que la santísima inquisición, aquella que la crónica metropolitana del viejo imperio español se ha empeñado sin suerte en decir que no se hizo indiana, que no se puso un clavel en la solapa y no se fue a quemar herejes al otro lado de la mar, en vez de premiar al piloto, sin más, dijo que había navegado con auxilio del diablo, y más de un testigo aportó que había visto a Satán a bordo de la nao de despensero  repartiendo galletas, con lo que el piloto Juan Fernández, al que desde ese minuto apodaron el Brujo, estuvo muy cerca de morir quemado por hacer sociedad náutica con el mismo diablo, según veredicto inquisitorial.

Después, el clero vaticano, que a lo que le van a sus asuntos son especialmente los involutivos, publicó escritos mezclando la persona del formidable navegante Pedro Sarmiento de Gamboa, con la de Juan Fernández, intentando eludir el mal sabor de boca que su mal proceder había dejado por aquellos puertos y gentes, supuesto que de tan mala manera se intentó premiar tan tremendo buen servicio a las gentes asentadas en aquellos lejanos confines para Madrid.

El piloto Juan Fernández, un hombre inquieto en su tiempo, que también participó del excelente negocio de portear tierra panameña para los enterramientos en los mares del sur, un negocio que tenía garantía eclesial para subir al cielo del tirón si comprabas unos puñados de ella, murió con el apodo de El Brujo, un sambenito que no pudo quitarse de encima.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis

Hispanista revivido.