Para la Corona española, las Indias y los indios constituyeron un pueblo nuevo, nacido al calor de su ansia expansiva

España brinda a América el conjunto de sus instituciones político-territoriales, no en señal de mezquino préstamo, sino como expresión de su propia vitalidad. Para la Corona española, las Indias y los indios constituyeron un pueblo nuevo, nacido al calor de su ansia expansiva. El hecho verídico es que las Indias formaron otra España. Con esa otra España los reyes extremaron su delicadeza hasta en la máxima autoridad que representó el poder castellano (castellano equivale a decir español) en América. Por encima de los gobernadores o de los heroicos adelantados colocaron a los virreyes. En la época de los Austrias, los virreyes tuvieron un carácter nobiliario y con los Borbones se acentúa su cualidad burocrática. Equiparable a la institución virreinal surgen las Audiencias, con absoluta independencia judicial.
Poco a poco, España va dando a América su religión, su idioma, su sangre y sus instituciones. Considerar que todo se realizó en provecho de unos aventureros o para enriquecer unas exhaustas cajas reales, sería empequeñecer una obra que casi no tiene igual en la tierra. Después de la Redención –consideran algunos–, es el hecho más grande que ha registrado la Historia.
Al lado del esfuerzo legislativo de España en pro de los indios y del trasplante de instituciones, palidecen las asombrosas historias de los conquistadores (se ha aceptado la denominación de conquistador para unificar la terminología), todas las «noches tristes» de América fueron nada o casi nada en comparación con esa otra gesta, aún no escrita en su totalidad, que lleva por título la conquista jurídica del indio. Si alguien se atreve a decir con Raynal que «les depredations des espagnols dans toute l’Amerique ont eclairé le monde sur les excés du fanatisme» es porque desconoce la propia historia de España.

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