José Gabriel Barrenechea.
Decía Fernando Pessoa, en un artículo homónimo, que su patria era la lengua portuguesa. Para mí igualmente, solo que en mi caso es esa lengua que usaban todos los ibéricos al pasar a Las Españas americanas, desde el portugués hasta el catalán o el vasco: la de Cervantes.
Según Jorge Mañach las letras nacen de un sentido de pasado al servicio de una imagen de futuro. Son por lo tanto una interpretación del pasado y una idea del futuro, expresadas ambas en una lengua determinada. Lo cual implica en primer término que no poco de lo que contiene esa interpretación sea intraducible, incomunicable a otras lenguas. En segundo, el que la idea de futuro del hombre de letras incluya necesariamente la aspiración a que, en ese futuro imaginado, el idioma en que ahora lo imagina, su idioma, exista aún.
No es esto más que un reflejo de la humana voluntad de trascender a la personal circunstancia, más aguda que nadie en el literato. Porque si en ese futuro la lengua con que ahora se lo piensa se conservase viva, el pasado, que es ahora el presente del que sueña, será pensado en una interpretación traducible y directamente derivada de la del soñador. Quien por lo tanto contará con una posibilidad más cierta de dejar alguna influencia sobre los que vengan después, de no “haber vivido en vano”.
A  esto se reduce mi patriotismo de hombre de letras, y de soñador incorregible.
Tengo así por los grandes héroes de este, mi tiempo, a aquellos que en un futuro tendrán un papel muchísimo más importante en el relato histórico de este presente de lo que en él tienen en los espacios de los medios contemporáneos, grandes o chicos, o en la cultura de masas y hasta en la de élite: a los humildes mejicanos y centroamericanos que sin clara conciencia de ello han emprendido una Guerra de Reconquista semejante a la ibérica, y que terminará por reconvertir a buena parte de los EE.UU. de angloparlantes en cervantinos.
No es por tanto ese patriotismo mío como otros patriotismos ibéricos: bélico, guapetón, demasiado apegado a la honra, al no ceder. En la esencia de mi cervantismo, y no podía ser de otra manera en una línea de pensamiento que procede de Erasmo, no está el querer imponerse a los demás a la brava.
Estoy por infiltrar desde la humildad, desde el sembrado de tomates o la cocina, por ir desde allí renombrando las cosas, armando historias de la cotidianeidad que reemplacen poco a poco a Santa Claus con la Llorona. Por la afinación cada día mayor de una lengua ya de por sí mucho más apta que el inglés para convertirse en la lingua franca de un futuro mundo que no viva con la obsesión de los angloparlantes por el profit y el comfort.
Mi patriotismo por lo tanto no está por obligar a seguirme a la fuerza, a bastonazos de la policía, o mediante la amenaza del presidio político, como ocurre hoy en Cataluña de la mano de una clase política matritense que no es otra cosa que la heredera de una transición inconclusa a la verdadera democracia, la republicana.
Ninguna Constitución puede obligar a un conjunto humano, bien definido nacionalmente, con lengua y cultura propias que se hunden en la noche de los siglos, con un idioma que es el único en el reino que no ha cedido un kilómetro cuadrado al castellano desde 1300, a mantenerse ligado al estado definido por esa Constitución, cuando la mayoría de los miembros de dicho conjunto ya no quieren mantener esos lazos.
Ello no es más que un disparate, el mismo que ya se cometió con respecto a Cuba, que no solo le costó la vida a varias decenas de miles de jóvenes españoles a fines del siglo XIX, sino que agudizó todas las crisis que arrastraba España desde el siglo XVI, hasta llevarla a la cruel Guerra Civil de entre 1936-39. Porque todo lo sucedido en España en el siglo pasado, y no hablemos de en Cuba, tiene su origen en el trauma común de 1898, que no es sino el resultado del empecinamiento español en no conceder reformas primero, y de no entender después que era tiempo ya de marcharse como un padre. Uno que ha terminado por comprender que ya es tiempo de que su hijo ponga tienda aparte.
No quiero la disgregación de España, me duele que tal ocurra. Como mismo a los más preclaros cubanos del diecinueve, Martí entre ellos, les dolía separarse de la Patria donde todos tenemos nuestras raíces comunes (aquí hasta el más prieto tiene de isleño, de curro o hasta de catalán), a la vez que advertían de paso lo solos que quedábamos frente al gigante americano. Pero no se puede imponer al otro lo que ese otro no desea.
En España la clase política debe de acabar de entender que el empecinamiento, el no dar el brazo a torcer, no son virtudes políticas, sino el peor defecto que compartimos en todas Las Españas, legado de la Madre Patria.
Pero no es solo un problema de idiosincrasia española. Detrás del asunto catalán se descubren otras constantes de nuestro tiempo.
Debe ponerse término a esa política de élites que algunos, precisamente los miembros más conspicuos de las mismas, pretenden hacer pasar por democrática. Porque algunos, los más educados y con mayor acceso a los medios (sino sus dueños), al poder político y al capital económico (sino sus poseedores), lo que llamamos la Internacional de las Transnacionales, se dedican hoy día a hacer la verdadera política tras bambalinas, en el supuesto de que ellos si saben lo mejor para todos (que casualidad: lo mismo que pensaban de sí Fidel Castro o Francisco Franco).
Lo cual no discuto, y va y es cierto. Por lo menos lo es en cuanto a la urgente necesidad de una unificación global. Mas los recursos de que se valen: la manipulación de las masas, en el mejor de los casos, y la aplicación de la fuerza monda y lironda, en el peor, solo le abren la puerta a esta ola de antiglobalismo que hoy recorre el mundo de un polo al otro, a este regreso a la tribu y los fundamentalismos religiosos musulmanes, hindúes, cristianos… a un mundo en definitiva tan dividido como no se veía a posteriori de 1945.
Que en 1787 se elaborara y aprobara una Constitución por los miembros de la proto Internacional referida, de espaldas al pueblo, y con el evidente apoyo de aquellos que necesitaban de un marco legal uniforme para poder cobrar lo que se les adeudaba, pase. Hablamos de fines del siglo XVIII, cuando en Inglaterra, la nación más participativa de ese entonces, la cantidad de personas con derecho al voto activo estaba por debajo del 20% de la población masculina adulta. Mas no que tal ocurra hoy, cuando se supone que hemos avanzado un largo trecho en el camino de la democratización, de la difusión de la soberanía popular y de la afirmación de los derechos civiles y políticos.
Es desalentador, pero hasta en la región más avanzada del mundo, la Europa Comunitaria, se han aplicado mecanismos anti-democráticos como el del libretazo de la Constitución Europea de 2004: Recordemos que ante la negativa de los referendos francés y holandés casi todos los demás estados se apresuraron a sustituir la consulta popular por la vía parlamentaria. O lo que es lo mismo, “los que saben” se apresuraron a sacar de las manos de “los que no” una decisión tan trascendental.
¿Qué el ciudadano de hoy está muy encerrado en su burbuja de libertad moderna (aproximadamente eso que Isaiah Berlin, en su simplificación del pensamiento de Benjamín Constant, llamaba libertad negativa), como para dejar en tan limitadas manos el gobierno de los asuntos de un mundo humano enfrentado a la peor de sus crisis, por lo menos desde el final de la última Era Glacial?
Pero no debe de olvidarse que a esa burbuja lo empujó precisamente la Internacional referida, con el fin de reconvertirlo de un individuo que no hacía crecer la economía de manera continua, en el consumidor insaciable que se ocuparía de hacerlo, a partir de ese momento a principios del siglo pasado en que la Humanidad comenzó a alcanzar los límites que le impone el planeta.
Los ciudadanos de Catalunya son entes soberanos, y no se los puede obligar, ni mediante la presión económica, que vulnera sus derechos económicos y sociales, ni mediante la fuerza militar y policial, que pisotea sus derechos civiles y políticos. Admítase de una buena vez esta verdad, y no queramos seguir jugando a gobernar al mundo tras bambalinas.
Somos muchos los que compartimos sus objetivos generales, pero no sus métodos antidemocráticos. No sigan apartándonos con sus trampas, sus manipulaciones, o hasta con la fuerza, que no todos tenemos la suficiente claridad para no caer en las manos non sanctas que hoy proliferan en este mundo amenazado por los tribalismos y los fundamentalistas.
En cuanto a Cataluña, lo que cabe es que el estado español organice allí un referendo, al tiempo que los defensores de la unidad española presentan un nuevo modelo de estado, quizás una República Confederal… Pero más que nada que se respete lo que el pueblo catalán decida en las urnas.
Si después no les va bien con su independencia, pues es su asunto.
La libertad verdadera es aquella que nos da el derecho a equivocarnos una y mil veces. E incluso a rectificar, que va y si por allá por España lo morado se une a lo confederal, quizás hasta le pidamos membresía en su organización a Ferrán Núñez. Pero quede claro: En la nueva España nada de coronas, de títulos, o del ABC ese al que tanto le gusta a Mariela Castro darle entrevistas; y muchísimo menos de Madrid como el ombligo del Mundo, que a mí en primer lugar me duerme el balompié, y el mucho color blanco me emperra la migraña.

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