Se espera que la decisión de Obama de relajar las restricciones sobre los visitantes estadounidenses estimule el turismo en Cuba en 17 por ciento este año

  •  “El gobierno quiere crear prosperidad”, dijo un economista, “pero no quiere crear ciudadanos prósperos”.

De día, estadounidenses de cabello cano recorren velozmente las calles de La Habana en convertibles Chevy 1957 rosados, haciendo sonar las bocinas. De noche, se relajan con ron y habanos, dando generosas propinas, escuchando salsa en su hotel y recordando la guerra fría.
Los cubanos están pidiendo prestado lo que pueden para mejorar sus instalaciones de alojamiento en una ciudad donde los hoteles son ahora reservados con semanas de anticipación.
Muchos de los nuevos visitantes estadounidenses en Cuba, cuya cantidad ha aumentado desde la distensión diplomática en diciembre, son lo bastante viejos para recordar la vida antes del Internet y disfrutar unos cuantos días de uno de los últimos bastiones no amantes de Facebook en el mundo.
Sin embargo, lo que los turistas encuentran pintoresco parece sofocar a muchos de los propios cubanos.
Foto:Getty
Para una afortunada minoría, la vida ha mejorado desde el “D17”, el apodo popular para el 17 de diciembre de 2014, el día en que el Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el Presidente de Cuba, Raúl Castro, anunciaron que buscarían poner fin a cinco décadas de hostilidad.
Se espera que la decisión de Obama de relajar las restricciones sobre los visitantes estadounidenses estimule el turismo en Cuba en 17 por ciento este año, impulsando las operaciones cambiarias en alrededor de 500 millones de dólares o un 1 por ciento del PIB, estima Emily Morris, economista del Banco Interamericano de Desarrollo.
Los visitantes gastan sus CUC, la moneda equivalente al dólar de Cuba, en algunos restaurantes privados a la moda donde la calidad, y los precios, han alcanzado los estándares de la moderna Florida.
Los cubanos están pidiendo prestado lo que pueden para mejorar sus instalaciones de alojamiento en una ciudad donde los hoteles son ahora reservados con semanas de anticipación. Según Omar Everleny, un economista cubano, se han puesto a disposición 18,000 habitaciones privadas. Eso equivale a 31 hoteles nuevos del tamaño del Habana Libre de 25 pisos.
Se espera que esta actividad impulse el crecimiento económico respecto del exiguo 1.3 por ciento del año pasado, pero hasta el momento hay pocos signos de los 2,500 millones de dólares anuales en inversión que el gobierno esperaba atraer con una nueva ley de inversión extranjera el año pasado, principalmente porque emite señales confusas.
Ha autorizado cuando mucho dos proyectos manufactureros en su puerto y zona económica especial de Mariel, pese a cientos de solicitudes. Continúa viendo con disgusto a la empresa privada, y cree que la empresa estatal socialista sigue siendo el núcleo de la economía cubana.
“El gobierno quiere crear prosperidad”, dijo un economista, “pero no quiere crear ciudadanos prósperos”.
Como resultado, corre el riesgo de no crear ni una ni otros. Algunas de las alrededor de 500,000 personas autoempleadas en la empresa privada, alrededor del 10 por ciento de la fuerza laboral, se benefician de que sus ingresos sean en divisas duras y representan una naciente clase media. A diferencia del resto de la fuerza laboral, su productividad está mejorando. 
Sin embargo, la mayoría que trabaja en el sector estatal gana pesos cubanos, vive gracias a las cartillas de racionamiento y apenas puede cubrir sus gastos a menos que reciba remesas del extranjero o realice trabajos informales ilegalmente.
Esto produce una marcada desigualdad, que se agrava por la escasez de todo, especialmente de alimentos. Algunos de los nuevos restauranteros admiten que enfrentan la ira en los mercados cubanos cuando sacan fajos de billetes para aprovisionarse de productos escasos como cerveza, leche y queso, dejando los estantes vacíos e impulsando los precios al alza.
Insisten en que no es su culpa; el gobierno no ha abierto los bien aprovisionados mercados mayoristas ni les permite importar productos. Sin embargo, ese argumento cuenta poco ante un público hambriento.
Lo que es más, agrava un círculo vicioso en el cual los inconformes empleados gubernamentales se vuelven más lentos en el trabajo, minando más la producción y causando más escasez. En un intento por contrarrestar la desigualdad, el gobierno ha elevado los salarios de empleados estatales favorecidos como los médicos.
Ha autorizado que las entidades públicas como el monopolio azucarero eleven los salarios si mejora la productividad; y este año la producción de azúcar creció 22 por ciento. No obstante, en parte como resultado de los salarios más altos, se espera que el déficit presupuestario al menos se duplique a alrededor de 6 por ciento del PIB este año.
Todo esto crea un dolor de cabeza para Castro. Tiene menos de un año antes de la realización del congreso del Partido Comunista. Ahí, tendrá que defender las reformas lanzadas en el congreso anterior en 2011, incluida una planeada unificación de las dos monedas de Cuba, pese a sus desalentadores resultados hasta ahora.
A Castro también debe preocuparle que un republicano suceda a Obama, quien dejará la presidencia estadounidense a principios de 2017. Para anticiparse a un renovado endurecimiento del embargo estadounidense, querrá demostrar que Cuba está haciendo progresos económicos.
El congreso también pudiera marcar el inicio de un cambio generacional en el liderazgo de Cuba. Se espera que Castro, quien en 2008 sucedió a su hermano, Fidel Castro, renuncie como presidente en 2018. 
Ha dicho que está ansioso por promover a líderes más jóvenes, reemplazando a la “generación histórica” de octogenarios que combatió bajo las órdenes de Fidel en la revolución de 1959.
Está preparando a Miguel Díaz-Canel, el primer vicepresidente de 55 años de edad, para que lo reemplace. Existe la posibilidad de que Castro pudiera renunciar como jefe del partido el próximo año.
Economistas que trabajan para el gobierno dicen que algunos de los colegas de Díaz-Canel son receptivos a las ideas reformistas. A menudo se les ve con PC o tabletas, lo que sugiere un interés en introducir más el Internet en Cuba. Sin embargo, también son renuentes a defender públicamente la reforma, así que es difícil conocer cuál es su postura.
A muchos en el sistema les aterroriza que el cambio ponga en peligro lo que ven como los principales logros de la revolución, como la educación, la atención médica y el bienestar social gratuitos.
“La economía tiene que volverse más eficiente”, dijo Luis René Fernández de la Universidad de La Habana, “pero no se pueden ignorar nuestros principios, o tendremos un tsunami de capitalismo arrasando con toda la isla”.
Castro quizá esté preparándose para enfrentar a los conservadores del Partido Comunista. El comité central del partido anunció en febrero que discutiría una nueva ley electoral en el congreso del año próximo. No dio detalles, y nadie espera algo similar a la libertad política. La intención podría ser presionar a los burócratas de nivel medio para que dejen de paralizar a la reforma.
 
“El cambio empieza en la cima y aquellos en el nivel inferior lo quieren, pero se atora en medio”, dijo Rafael Hernández, editor de Temas, una publicación de ciencias sociales.
Hernández cree que una prioridad para el gobierno será una Asamblea Nacional más fuerte que pueda aprobar leyes para apuntalar la liberalización económica, como el derecho a poseer un negocio: Actualmente, las compañías privadas, aunque prósperas, son consideradas “autoempleo”.
También argumenta que los profesionales como abogados, maestros y médicos deberían poder desempeñarse aparte de sus empleos estatales en consultorías privadas, consolidando una “clase media socialista” que impulse más la reforma.
Sin embargo, le preocupa que las penurias hayan vuelto apáticos a los cubanos comunes respecto de una mayor representación política. Para ellos, dijo, “el vaso siempre está medio vacío”.
No obstante, la resistencia está aumentando entre los intelectuales. Dagoberto Valdés, editor de Convivencia, una publicación católica, dijo que el deshielo estadounidense ha privado al régimen de su capacidad de proyectar a su vecino como un “enemigo externo”, de modo que sus propias deficiencias han quedado bajo los reflectores.
El Capitolio, un punto de referencia de mármol en el centro de La Habana que tomó como modelo al Capitolio de Estados Unidos – con un domo más grande _, apunta a un futuro más brillante. Está siendo remodelado y se supone que se convertirá en la sede de la Asamblea Nacional por primera vez desde 1959.
Alberto Pagés, un enjuto anciano que durante 30 años ha operado una cámara de fuelle de fabricación casera en la escalinata del edificio, piensa que atraerá a más turistas y pudiera convertirse en “un símbolo de cómo Cuba y Estados Unidos pueden parecerse más entre sí”.
Sin embargo, al preguntarle si también pudiera convertirse en un precursor de la democracia, se quedó callado.
“No sé absolutamente nada de política”, balbuceó.

Deja un comentario