A treinta y cinco años del Mariel, el Testimonio de Ileana

Alina, Ileana y Karina

Foto N° 1: Alina, Fe, Ileana y Jorge.
Foto N°2: Alina, Ileana y Karina.

París, 23 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

Recuerdo lo contenta que te pusiste cuando te di la noticia de que mi gran amiga de adolescencia y juventud Ileana, se había ido con el esposo y las dos hijas por el Mariel.

Estaba conversando con una amiga en el portal del Cine América de la calle Galiano, exactamente junto a la placa en honor a la terrorista revolucionaria Úrsula Díaz Báez, la joven que murió en el baño del cine al manipular la bomba que hubiera provocado una masacre en el célebre cine habanero. En ese momento me saludó mi amigo Malpica y me dijo: “no me dejaron ir, me viraron desde el Fontán y ahora me ‘votaron’ del trabajo en el I.C.R. (Instituto Cubano de Radiodifusión), estoy apestado.” A continuación agregó: “allá me encontré con Ileana, espero que haya logrado irse.”

Me dirigí inmediatamente hacia la casa de Ileana, donde me encontré con Fe, su mamá, la cual con lágrimas en los ojos me dijo: “mi querido Félix José, hace sólo unos minutos que supe que habían logrado llegar a Cayo Hueso y que están bien.” Me causó una gran alegría el saber que mis amigos habían logrado escapar de las garras del tirano.

Ileana fue mi gran amiga de fiestas de quince, de piques de cakes, carnavales, cine, domingos en el Hijas de Galicia o el Cubanaleco. Nos divertimos sanamente durante nuestros años juveniles. Ambos tenemos numerosas anécdotas que contar. Fe Calzadilla, su madre, tenía una mirada capaz de pasar al escáner a cualquiera, antes de que ese aparato médico fuese inventado. Carlito Albóniga, su padre, era un verdadero caballero que hablaba una lengua castellana bella. Era uno de los pocos cubanos que articulaba y pronunciaba todas las letras sin pedantería, provocando que su conversación fuera agradable.

Innumerables veces entre por el pasillo del inmueble de la calle San Nicolás en Centro Habana y desde el patio interior llamaba a Ileana, ella aparecía en el borde de la baranda blanca como una Julieta tropical. Ileana poseía una belleza luminosa y una sonrisa radiante. Ella emanaba simpatía.

Me acuerdo cuando bailamos en una fiesta de Quince en el Copa Room del Hotel Habana Riviera, ella estaba vestida como Cenicienta a las 12 menos diez de la noche. Sólo le faltaban las zapatillas de cristal y yo de “pingüino”. A pesar de la recomendación de Paquito el coreógrafo, que esperáramos nuestro turno para sacarnos fotos y más fotos en el amplio lobby del famoso hotel, Ileana y yo nos cambiamos de ropas y nos fuimos a bailar. Aquello provocó la cólera de Zeus (Paquito).

Recuerdo que mis padres me habían castigado con no ir a los Quince de Magucha, pues había suspendido la química en el segundo año de pre-universitario (estaba en el Instituto José Martí). Los padres de Magucha llegaron a casa bajo un granizo poco habitual en San Cristóbal de La Habana y los convencieron para que me dejaran ir, con mi promesa de ponerme después a estudiar la química (cosa que no cumplí). Esa noche la pasamos Ileana y yo escondiéndonos para poder bailar en: la sala, el comedor, la cocina, la terraza, el patio, etc. de la casa, pues Ileana tenía un enamorado muy brillante en química, con cara de Abelardito, pero que no sabía bailar y para ella eso era un pecado imperdonable.

Fuimos invitados por Barbarita a ver la elección de la Estrella del Carnaval en su apartamento de de la calle Ánimas, en la esquina de la casa de Ileana. Pero se hacía muy tarde y no terminaba la elección. Caridad la mamá de Barbarita se había retirado a dormir, pero el padre, el bueno de Juan, entre bostezo y bostezo iba hasta el balcón, miraba al cielo y decía en voz alta: “parece que viene tremendo aguacero” o “ya cayó la confronta, ahora las guaguas pasan cada una hora por lo menos.” Era una forma de decirnos a Ileana y a mí que debíamos irnos, pero como Barbarita nos hacía señas para que nos hiciéramos los que no oíamos lo que él decía, nos quedamos hasta el final. Después acompañé a Ileana a su casa y fui a pie por la calle Neptuno hasta mi hogar. Aquella noche fue elegida Estrella del Carnaval la bellísima María Félix, quien posteriormente se convertiría en una gran amiga mía.
Pero bueno, a continuación te reproduzco el testimonio que me envió mi recordada y querida Amiga del Alma.

Ileana- “Ya nos vinieron a buscar Ileana, levántate y despierta a Karinita (4 años) y Alinita (3 meses).

Hacía semanas que esperábamos ese momento y al fin había llegado. Apenas tuve el tiempo necesario para despedirme con un beso y un fuerte abrazo de mis queridos padres; ya todos estábamos preparados psicológicamente para cuando llegara ese ansiado momento de la partida y de desgarramiento familiar. Había que aprovechar la oportunidad que teníamos gracias a que el déspota había decido entreabrir la puerta su Isla, antes de que cambiara de opinión.
Como médico, me estaba prohibida la salida del país. En aquel momento me encontraba terminando la especialidad de Hematología Pediátrica y me encontraba en casa con licencia de maternidad. Durante mi embarazo “perdí” mi carnet de identidad y al solicitar uno nuevo, cuando la “compañera” me preguntó cuál era mi ocupación, le respondí: ama de casa. Así apareció en ese documento de identificación cubano.

No pudimos llevar muchas cosas con nosotros, sólo unos culeros, pomos de leche y alguna ropita para las niñas. Yo me fui con la ropa puesta: unos pitusas (vaqueros), un pulóver y unos tenis (zapatillas deportivas). Jorge igual.

Llegamos al Círculo Social de las Fuerzas Armadas Abreu Fontán, en la playa del barrio de Miramar. Allí había cientos de personas catalogadas como “escorias de la sociedad” por los voceros del régimen.

Todo se jugaba en el interrogatorio, era una prueba de fuego, en el que un “compañero” decidía si te podías ir o no.

A nosotros, nos separaron: Jorge dormía en la arena de la playa con Karinita a cielo abierto, mientras que Alinita y yo dormíamos en un cuartito donde habían seis cunas para los recién nacidos. Todo me parecía muy incierto, lo arriesgábamos todo para tratar de conseguir la Libertad. Si me descubrían que era médico, no me dejarían ir y mi título de seguro sería invalidado por los funcionarios del régimen.

Salía afuera sólo de noche y con gafas para tratar de que nadie me reconociera. A mi bebita le daban un biberón de leche que siempre llegaba cortada. ¿No tenían hijas o nietas aquellas “compañeras”? ¿Cómo podían ser tan inhumanas? Comencé a darle compota de guayaba diluida en agua para poderla alimentar, ya que el llanto por hambre era desgarrador.

No me podía asear, sólo hacia mis necesidades cuando no podía más. El olor en los baños (aseos) improvisados cerca del mar era ofensivo, nauseabundo. Así transcurrieron siete interminables días de torturas psicológicas, promiscuidad absoluta y en mi caso, se sumaba el miedo a que alguien me reconociera.

Por otra parte, me percataba de que el estado de nutrición de mis dos niñas era cada día peor y que se iban deteriorando físicamente. Karinita, que lloraba sin cesar por estar a mi lado, sólo comía de las famosas cajitas que contenían una croqueta y un pan, por las que había que pagar cinco pesos.

Al cuarto día de angustias, se nos acabó el dinero y Jorge tuvo que pedir permiso para salir del Abreu Fontán e ir a buscar dinero. De nuevo me invadió el miedo, pues las turbas de “compañeros” organizadas por el régimen acechaban en los alrededores del Círculo Social y alrededor de las casas de las familias que se encontraban esperado la salida del país.
Mi esposo pudo regresar milagrosamente ileso.

Terminó la primera parte de nuestro purgatorio cuando nos hicieron subir a un autobús con destino al puerto del Mariel. Las ventanillas iban cerradas, pues las masas enardecidas por la intransigencia revolucionaria, lanzaban todo tipo de objetos contra los autobuses al mismo tiempo que nos gritaban los peores insultos.

Sólo Dios sabe como fuimos vejados y mi temor a que le hicieran daño a mis niñas. Yo iba aterrorizada en aquel autobús mientras que Jorge trataba de mantenerse calmado y darme ánimo.
En el puerto del Mariel comenzó el final de nuestro calvario. Pero, cómo fue doloroso el ser testigo de lo que hacían aquellos militares con sus perros pastores alemanes, cuando para divertirse los soltaban cuando algunas personas iban hacia las letrinas. Eran mordidas en las piernas y muslos.

Estuvimos en aquel infierno sólo unas horas del 1 de junio de 1980, que me parecieron infinitas. Nos llevaron al barco camaronero Lamanda Loise. A bordo de él nos dividieron por grupos. Los delincuentes comunes traídos directamente de las cárceles y los enfermos mentales fueron ubicados en las bodegas del barco. A nosotros nos colocaron en el área donde estaba el capitán del barco. No veía las santas horas de zarpar, cuando dieron la orden de que el barco debía quedarse en el puerto, pues había comenzado el mal tiempo.

Pudimos zarpar al mediodía. El viaje duró nueve horas, balanceados por olas de hasta ocho metros de altura. Abracé a Karinita con todas mis fuerzas y mi amor, pidiéndole a Dios que lográramos salvarnos y llegar a tierras de Libertad. El capitán tomó a Alinita en sus brazos y la acomodó encima de un armario. Ese fue el último recuerdo del viaje por un mar en el que los tiburones se alimentaron con los cuerpos de tantos pobres cubanos que no pudieron ver convertidos en realidad sus sueños de Libertad.

‘Ileana despierta, hemos llegado’, exclamó mi esposo. Yo apenas podía mantenerme de pie. Llegamos de madrugada a Key West. Las luces me deslumbraron, pero no podía ni hablar. Me sentaron en un sillón de ruedas y me pusieron a mi Alinita en el regazo. Un grupo de médico nos examinó a todos.

Alinita estaba deshidratada al igual que yo. Karinita afortunadamente estaba en buen estado general al igual que Jorge. Nos hidrataron por vía oral. Pasamos hacia el Departamento de Inmigración y, cuando ya se disponían a enviarnos al Centro de Refugiados, apareció la familia de mi esposo que estaba esperándonos.

¡Han pasado treinta y cinco años! He estado escribiendo este testimonio en un block, bajo un cielo azul, respirando el aire puro y disfrutando de una Libertad total. El mar lo tengo frente a mí y he mirado mucho hacia el lejano horizonte; las lágrimas han humedecido varias veces mis ojos. Pienso en tantos cubanos que no han podido llegar, mientras que otros lo logramos, desembarcamos en estas costas de Libertad y triunfamos.

Ejerzo la medicina en La Florida, gracias a que logré pasar todos los exámenes requeridos. Tengo mi oficina privada.

Karina se graduó en Diseño Gráfico y es manager de la Compañía de Turismo Internacional Sandals.

Alina se graduó de médico y su porvenir se anuncia luminoso.

Y… Jorge, es el hombre de mi vida, mi guía, mi todo.

Sólo me queda por escribir: ¡Gracias Señor por habernos dado la oportunidad de vivir en Libertad!”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.