Agramonte, pillado con una bandera norteamericana cosida en la chaqueta

La revolución basa siempre su legitimidad en la fuerza, en la violencia y estos mitos exaltan la violencia y la agresividad en grado máximo

 

A principios del siglo XXI Cuba sigue dominada por una dictadura militar. ¿No ha llegado ya acaso el momento de dejar de admirar a todos estos héroes de la violencia?

 

José Luis Prieto Benavent *

El 17 de mayo, la columna al mando del coronel Rodríguez León encontró a Agramonte en Jimaguayú y le dió muerte. Tenía 32 años. Según el estudio de sus restos que hicieron los españoles cuando rescataron su cadáver vestido con una camisa blanca, se encontró la bandera norteamericana bordada sobre el pecho.**

Agramonte nunca ocultó su anexionismo. En la biografía que le dedicó su nieto Eugenio Betancout (que naturalmente no le conoció) se transcribe el comentario de uno de sus compañeros de armas: “al morir tenía la apariencia militar pefecta”. Las finas y elegantes facciones de joven abogado se habían convertido en el rostro de la ferocidad. Su bigote delgado se había transformado en un formidable y aguerrido mostacho enmarcado por terribles patillas. Su mirada melancólica debía tener ya la frialdad de los que conviven, sin pestañear, con la muerte y la crueldad de la guerra.

La creación del mito del bayardo era inevitable, una figura semejante sólo podía quedarse para siempre en el corazón y la imaginación de los cubanos. Encarna el arquetipo perfecto del revolucionario tal como lo describió Saint-Just :

“Un hombre revolucionario es inflexible. Pero es sensato, es frugal, es sencillo sin hacer ostentación del lujo de la falsa modestia; es enemigo irreconciliable de toda mentira, de toda indulgencia, de toda afectación”. La retórica revolucionaria, que presenta la revolución como una epopeya y a sus actores como héroes con altura de miras y capacidad de sacrificio, ha hecho memorables a estos hombres inflexibles y violentos.

Las descripciones de Agramonte, entre ellas las de Martí (que tampoco lo conoció, aunque trató mucho a Amalia en el exilio de Nueva York) coinciden todas con el arquetipo: “Por su modestia parecía orgulloso, oía más que hablaba, tenia la elocuencia de la limpieza de corazón. Se sonrojaba cuando ponderaban su mérito, llevaba en sus ojos su augusto sacrificio”.

Mito y memoria son dos elementos inseparables que el historiador no tiene por qué destruir, pero si tiene que tratar de explicar. Podemos encontrar en el exilio cubano numerosos artículos denunciando la falaz y manipuladora utilización que sigue haciendo el régimen castrista de los mitos nacionales cubanos. Insisten todos en que si hoy Agramonte levantara la cabeza se quedaría horrorizado de la realidad actual de Cuba.

Con la palabra viva de Agramonte, con su Discurso de 1866, contra la centralización y a favor de las libertades individuales, el régimen castrista debería enrojecer de vergüenza antes de mencionar su nombre.

Pero hay que preguntarse por qué la dictadura castrista conecta tan bien con estos mitos revolucionarios del siglo XIX… Y es que, la revolución basa siempre su legitimidad en la fuerza, en la violencia y estos mitos exaltan la violencia y la agresividad en grado máximo. Dan cuenta de una cultura que aún no ha encontrado una vía de respeto a la ley y de reconocimiento de la palabra como única arma política legítima.

A principios del siglo XXI Cuba sigue dominada por una dictadura militar. ¿No ha llegado ya acaso el momento de dejar de admirar a todos estos héroes de la violencia?

* Revista Hispano Cubana : HC Núm. 11, otoño, octubre-diciembre 2001

* * Moreno Fraguinals. El anexionismo. En Cien años de Historia de Cuba. Editorial Vebum. Madrid 2000

Hispanista revivido.