Alfredo Zaldívar y el síndrome de Estocolmo

He encontrado esta curiosa entrevista del matancero español Alfredo Zaldívar para “El Fogonero”, un blog digital que dirige Camilo Venegas Yero

  • El escritor y editor. Enfermo de nostalgia volvió a Matanzas “sin miedo”. Gracias a Abel Prieto, actualmente ha vuelto a trabajar para el Ministerio de Cultura de Cuba. Dirige las ediciones Matanzas.

A finales del siglo pasado te fuiste a vivir a España y, un tiempo después, decidiste regresar a Cuba o, para decirlo de una manera más honesta y precisa, a Matanzas. ¿Por qué volviste, cómo fue ese retorno, qué le agradeces hoy a esa decisión?

En Madrid tuve casa y amigos. Aún los tengo. Trabajé ocasionalmente para Pepo Paz, de Bartleby Editores; con Pio Serrano, para Verbum; con Víctor Batista, de Colibrí, y sobre todo con Carlos Sáez y la revista Signos, de la Universidad de Alcalá de Henares, donde además realicé ediciones y talleres de verano.

Conseguí hacer la Colección de La Aurora, de libros artesanales según “el método” de Vigía, y venderla por suscripción. Y llegué a reproducir una peña que hacíamos en Matanzas, Nosotros los vivos, en una librería del centro donde leíamos poemas, presentábamos ediciones artesanales y cantaban Rubén Aguiar, Pavel y Gema, Habana Abierta y otros muchos artistas, no solo cubanos.

Pero tenía un sueño recurrente que llegó a atormentarme. Caminaba hacia mi casa matancera y pasaban, como en una película surrealista, las flechitas negras y rojas de las aceras de granito de la Calle del Medio. Aunque el agua de Madrid siempre me reconfortó —porque no hay otra en el mundo tan parecida a la del Pom Pom, el mítico manantial que da agua a Matanzas—, mi sed era insaciable.

Yo creía entonces que solo había un lugar para mí en el mundo: La isla Vigía, en la isla Matanzas, en la Isla Cuba. Ya sabes: “desde más lejos se oye más bonito”. Yo había hecho allí mi gueto. Creo con Lezama que la cultura se hace en tribu. En fin, regresé a Cuba, a Matanzas, por una sola razón: Vigía.

Aunque las autoridades de Matanzas me negaron la solicitud de prórroga que había hecho, el Ministerio de Cultura me la otorgó. No obstante en Matanzas se negaron a que volviera a aquel proyecto. Me confinaron a Ediciones Matanzas.

El panorama allí era deprimente. Ninguna de mis sugerencias —juro que las hice con estudiada humildad— fueron escuchadas, más bien rechazadas de plano. No estuve allí ni un mes y me fui a vivir una experiencia inédita para mí. Trabajar en la imprenta de plomo, con cajas, regletas, corondeles, arabescos, linotipo y hermosos clichés con dibujos y viñetas realizadas por grandes artistas que en algún momento habían pasado por allí, y que deberían estar en un museo.

Hoy creo que todos se han perdido, tras desmantelar esa extraordinaria imprenta. Hice durante un año la edición de una cartelera cultural para la ciudad. La experiencia me apasionó. Pero un día me llamaron para editar la revista Matanzas y algún tiempo después para dirigir Ediciones Matanzas.

Creo que crecí como editor, como gestor. Ediciones Vigía fue una hermosa etapa. Escribo un libro sobre aquella aventura. Pero mi trabajo editorial allí fue solo un ensayo. Mi novela de aprendizaje. En Ediciones Matanzas he armado otra vez mi tribu, mi gueto, mi isla.

Esta ha sido siempre mi estrategia de supervivencia. Estuve mucho tiempo disimulando la caída. Haciendo alabares que amortiguaran el golpe. Pero ya he vuelvo a asentarme. No a sentarme.

Fuente: El Fogonero

Hispanista revivido.