Por primera vez en mi apacible vida con los niños, me encontraba en el horror de un infierno de odio y de sangre

El tren nos deja en un pueblecito cercano a la línea de fuego. Ya no puede avanzar más, porque estaría bajo el fuego de la artillería enemiga. Empieza a declinar la tarde, que, a lo lejos, ofrece un bonito panorama de vides y rústicos caseríos. Se nos prohíbe acercarnos al poblado, y nos ofrecen de cama el suelo del interior de la estación y sus alrededores. Como estamos todo el día sin comida caliente, y nuestro cuerpo está cansadísimo de tantas incomodidades, tomamos un bocadillo que nos habían dado a la llegada, y nos marchamos a dormir. A la mañana siguiente, bien temprano, ya estaba despierto, después de haber echado un buen sueño sobre mi manta. Es un fenómeno, difícil de descifrar para los psicólogos y sociólogos, la transformación en costumbres y conducta que en el hombre lleva consigo el servicio militar y la guerra. La sumisa aceptación del sufrimiento, la conformidad a todas las incomodidades, que en la vida normal son objeto de protestas y rebeldías, en campaña son actos comunes a todos los combatientes. No tardaron en darnos café, con un chusco pequeño, y otra vez preparados para subir a los camiones que nos conducirían a la primera línea de fuego. Vi a dos criaturas pidiendo a los soldados y me acerqué para darles una pequeña moneda. La mendicidad era ya una acción extendida por todas partes, como una de las dolorosas consecuencias en cualquier conflicto bélico.

En una hora de camión nos llevaron al frente. Íbamos a relevar a un batallón de guardias de asalto. Como las trincheras estaban en lo alto de un monte, al cruzarme, por un sendero, con uno de los guardias que se marchaban, le pregunté, en broma, qué tal se pasaba arriba. No me contestó nada: se subió el pantalón y me mostró una herida de bala. Un aspecto de la guerra no es nada más que esto: millones de heridas en millones de cuerpos inocentes.

Poco después de nuestra llegada a las trincheras, me instalaron en una chabola, demasiado baja, y tenía como compañeros un barbero y el trompeta de mi Compañía. Las trincheras del enemigo se encontraban de nosotros a unos trescientos metros. Nos dieron instrucciones de cómo mirar por las arpilleras, para responder al fuego de los contrarios. Se oían muchos silbidos de balas, como especiales gritos de saludos del enemigo, por nuestra recién llegada a la muerte. De vez en cuando, caían sobre la hondonada de la larga trinchera, unas pequeñas balas de cañón, que después me enteré provenían de unos nuevos cañones que poseían los rebeldes, cuyo armamento era infinitamente superior al que tenía el ejército republicano.

Nuestro bautismo de fuego fue, pues, impresionante. Yo, particularmente, venía de un lugar donde la paz del alma predominaba sobre todas las cosas, y, de pronto, por primera vez en mi apacible vida con los niños, me encontraba en el horror de un infierno de odio y de sangre. En esta triste situación estuve los quince primeros días de mi llegada al frente, hasta que fui llamado a la chabola donde se encontraba el capitán de mi compañía, que me comunicó la orden de hacerme cargo de la escuela que se había improvisado muy cerca de la trinchera, entre unas lomas, y donde un ruido constante no dejaba trabajar adecuadamente. Se me indicó que no enseñara ortografía ni caligrafía, sino a escribir, de la manera que fuese; y a deletrear lo más rápidamente posible. Había muchísimos analfabetos, sobre todo de los mozos que procedían de caseríos alejados de los pueblecicos o aldeas rurales. Era el fruto de una España injusta, cuyo secular abandono por la enseñanza en todos los lugares, especialmente en aquellos apartados de las ciudades, originaba grandes masas de seres ignorantes. Gran parte de los mandos del ejército popular, cualquiera que fuese su graduación, estaba formado por personas de poca formación intelectual, que, en venganza por esto, y en defensa de las desgracias de todos los humildes, sacaban un coraje y un entusiasmo que suplían la burocracia y estrategia que eran necesarias. El capitán que yo tenía era camarero, y sastre el comandante.

Mención especial requiere uno de los cabos, conocido con el popular sobrenombre de “El cabo asesino”, cuya excesiva crueldad le llevó a denunciar a varios soldados que él consideraba “fascistas”, y que eran fusilados casi inmediatamente, mediante una “farsa” de juicio. Ocurrió que este jovencísimo cabo, de unos 17 años de edad, de oficio minero, se incorporó voluntariamente al ejército republicano, con el exclusivo objeto de vengar la muerte de su padre, que fue asesinado a palos en la entrada de la mina donde trabajaba, por un comando fascista.

Bastaba observar al muchacho para comprender que su mente no estaba normal. Me hablaba muy imperiosamente, exigiéndome que tenía que aprender rápidamente a leer y escribir. Era, pues, como un niño “difícil”, y mi experiencia me llevó a tratarlo con sumo cuidado, prestándole todo mi afecto y atención. Me “pagaba” con unos purillos que le daba un sargento de intendencia paisano y gran amigo suyo. Ocurrió que una mañana- en que, por cierto, el enemigo “tiraba” de lo lindo -, el cabo, después de clase, se quedó el último para salir, y me miraba muy raramente. Le eché mi brazo sobre sus hombros, y le pregunté si deseaba algo de mi, y, en vez de responderme, se enjugó unas lágrimas. Impresionado por esta situación, quise indagar la causa de su malestar, confesándome que era motivado porque tenía cartas de una novia a la que quería muchísimo, pero no podía contestarlas porque era analfabeto, y no deseaba que su novia se enterase. Para remediar esto, lo primero que hice fue escribirle yo, como si fuese él, empleando letras de iniciados en la escritura, y cuyo contenido me lo dictaba, Me quedaba con el cabo una media hora más, después de la clase; y dado el interés que tenía, a los meses ya estaba iniciado en la lectura y escritura, aunque yo seguía escribiendo las cartas para su novia, con objeto de que no percibiese ningún cambio de letras…

Mi buen padre estuvo allí, en primera fila de sufrimiento. Los socialistas como Felipe González y muchos más, son los que traicionan a los pueblos por dinero.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis

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