AlidaValli… Il dolce rumore della vita

París, 16 de julio de 2015.
Querida Ofelia:
Hay momentos en la vida que tienen duende, son momentos excepcionales que después recordaremos durante muchos años, quizás hasta el fin de nuestra existencia material.
Uno de ellos tuvo lugar hace diez años, el 29 de julio. Era el día de Santa Marta, y por tal motivo fuimos a cenar al restaurante del Hotel Hilton Palace de Sorrento, desde la tirrénica isla de Ischia, en donde estábamos veraneando. El hotel está situado en lo alto de una colina que domina toda la celebérrima ciudad mediterránea.
El restaurant ocupa una amplia terraza que da sobre los jardines, en los cuales seis piscinas se comunican entre ellas por cascadas. Desde nuestra mesa, cubierta como todas las demás por un amplio mantel color salmón, se oía el rumor del agua confundido con el de los grillos que cantaban desde los pinos sombrillas. La única iluminación era la de los candelabros situados sobre las mesas y la que procuraban la luna y las estrellas. A lo lejos se veían las luces de Capri y el inmenso Vesubio dominando el Golfo de Nápoles.
Sobre un estrado al centro del restaurante, se encontraba un piano de cola blanco, hasta el cual llegó un pianista rubio, vestido inmaculadamente con un frac blanco, que comenzó a interpretar los grandes clásicos de la música romántica internacional: Casablanca, Love Story, Love is the many Splendored Thing, Unchained Melody, The Medic Theme, etc.
Acabábamos de brindar por el santo de mi esposa con una copas de spumante, cuando prácticamente todos los clientes se pusieron de pie para brindar una ovación a una pareja elegantísima de señores, que era conducida a una mesa junto a la balaustrada que daba a las piscinas, entre dos grandes arecas. La señora, de una edad indeterminada (sólo hoy sé que tenía más de 80 años), era de una belleza solar intemporal, sus ojos y su sonrisa iluminaban todo a su paso cuando inclinaba la cabeza discretamente, para dar las gracias al público admirativo. Vestía un largo traje de seda azul turquesa y la estola flotaba a su paso gracias a la brisa mediterránea. Le pregunté a un solícito camarero y éste asombrado ante mi ignorancia me contestó: E la diva Alida Valli! La Valli!
Recordé inmediatamente a mi tía María Eugenia que tanto la admiraba y que no se perdía ni una sola película de ella, cuando las proyectaban en aquel Cine Glorys de Santa Clara. María Eugenia trataba de vestirse y se peinaba como la Valli. Para ella era el símbolo latino de la feminidad, muy lejos de las rubias que el cine de Hollywood deseaba imponer como patrones de belleza.
Maria Laura Altenburger, nació en 1921 en el pueblo de Pola y falleció el pasado 21 de abril de 2005 en la Ciudad Eterna.
Dios le dio una belleza espléndida y un encanto discreto que cultivó con orgullo y serenidad a lo largo de sus ochenta y cuatro años. Fue la más célebre italiana de la gran pantalla cinematográfica de los años cuarenta, una de las pocas capaces de competir en Hollywood. Actuó con Gregory Peck en Il caso Paradine (1947), después con Joseph Cotten y Orson Welles en Il terzo uomo (1949).
Su primera actuación en el cine ocurrió en el 1939, cuando fue descubierta en Il Centro Sperimentale di Roma por Pietro Bonnard, éste le ofreció un papel junto a un chico en aquel momento casi desconocido, llamado Alberto Sordi. Se convirtió en Alida Valli al actuar en el éxito de taquilla Mille lire al mese, de Max Neufeld. Era la época denominada despectivamente del cine de los teléfonos blancos.
Pero el filme que la consagró como diva itálica, fue Piccolo mondo antico, de Mario Soldati (1940), donde interpretó el papel de Luisa, la madre de Ombretta.
En plena era fascista, filmó con Rossano Brazzi Noi vivi, una película de propaganda antisoviética. Formó con Brazzi, verdadero latin lover, una pareja de éxito y de glamour. A partir de ese momento la prensa people le siguió los pasos, sus amores y pasiones eran comentadas por todos: el fin de la love story con Brazzi, la muerte en un accidente aéreo de su amor Carlo Cugnazza, su matrimonio con el músico Oscar de Mejo, padre de sus hijos Larry y Carlo, etc.
En 1954 Luchino Visconti le ofreció el papel de la condesa Livia Serpieri en la película Senso. Fue un enorme éxito popular y obtuvo además el reconocimiento de la crítica. Se convirtió en su caballo de batalla cinematográfico, su película más recordada.
A continuación actuó para Michelangelo Antonioni, Marco Tullio Giordana y los hermanos Bertolucci.
Con Bernardo Bertolucci volvió al cine y filmó Segreti segreti, después de haberse dedicado durante años al teatro. Seguidamente triunfó en La vita in gioco, un filme para la tv junto a Maria Angela Melato.
La diva Alida Valli, partió discretamente, abandonó a sus admiradores haciendo honor al título de su última película: Il dolce rumore della vita.
¿La habrá podido encontrar María Eugenia allá en el cielo? ¡Sólo lo Dios lo sabe!
Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,
Félix José Hernández.

Hispanista revivido.