José Gabriel Barrenechea.

Hace ya algunos años, en el 2007, visité a un amigo médico. Acababa de regresar de su primera misión a Guatemala y solo parecía interesado en comentarme de los niños descalzos, corriendo por caminos enlodados, que había visto allá. Yo, mientras él hablaba de tan trascendental tema, y su mujer lo interrumpía una y otra vez para preguntarle de alguna nimiedad doméstica, miraba por la ventana.

Mi amigo, encrucijadense como yo, y a quién había conocido por nuestros mutuos pujos de convertirnos en documentalistas, se había terminado por mudar para La Habana unos siete años antes. En la búsqueda ya no de realizar su sueño de adolescente, irrealizable en un pueblito de mierda como el nuestro, sino de nuevos horizontes para su hijo: “para que el día de mañana él si pueda ser lo que quiera…”

En La Habana, sin otras posibilidades, había terminado en esa República Independiente que comenzaba justo al fondo de la finca La Vigía de Hemingway, y venía a terminar allá en el Barrio Democrático y Libre de La Cuevita. Un laberinto de calles sin asfaltar, abiertas por el tráfico continuo de los ilegales. Con casas a la vera del camino o simplemente al final del trillo. Todo ello sin organizar en las clásicas cuadrículas, distribuido a la azarosa manera de los caracoles que tira el santero para adivinar lo que en el fondo ya todos sabemos: Que la vida es una mierda y que lo poco que tienes siempre está bajo el asedio del mal de ojo de los envidiosos.

Desde allí mi amigo viajaba cada día en camello hasta su policlínico de Centro Habana. Trabajo que había conseguido gracias a una anciana que por tal de tener un médico a mano aceptó ponerlo en la dirección de su minúsculo cuarto en un pasaje de mala muerte. Mas mi amigo no vivía en realidad allí, solo conservaba la residencia en aquel lugar, por donde pasaba dos o tres veces a la semana, a hacerle su revisión de salud de su benefactora. Él sobrevivía en este otro cuartucho de la periferia lejana de la ciudad, con su mujer y su pequeño hijo, ambos ilegales.

La ventana de mi amigo era en realidad un monumento a la peor carpintería, hecha toda ella con recursos de séptima y mano de obra de oncena. A través de aquel cuadrilátero irregular, mientras mi amigo me hablaba de los niños guatemaltecos y de su amarga miseria, veía yo jugar a par de negritos, un pardito, y un lo que por acá llamamos blanquito oriental. Descalzos todos, excepto uno, se pasaban con los pies algo que alguna vez fue un balón de voleibol, por sobre la fragorosa cancha del camino vecinal…

Cuando ya mi amigo emprendía su quinta anécdota, no pude contenerme más y lo interrumpí:

-Sabes, todo eso que me cuentas me entristece sobremanera. Creo que si hubiéramos llegado a documentalistas deberíamos haber filmado un corto. Mira, para no tener que gastar en el avión y la estadía en Guatemala te cogemos a ti, y a mí, nos ponemos batas blancas y echamos a andar… por ese mismo callejón de allá afuera, mientras la cámara nos filma acariciando las cabezas de los niños descalzos de ahí. Después en edición le ponemos al material filmado un fondo de música latinoamericana, aquella del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, por ejemplo, y todo lo transmitimos por el NTV, esta misma noche. Estoy casi seguro de que ni los mismos niños, ni tú mismo, se reconocerán en sus televisores. Hasta para ustedes todo quedará como un vívido documento fílmico de la pobreza latinoamericana, de la que Fidel Castro vino a salvarnos…

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