Trump sabe que precipitar la caída de Raúl es la opción menos deseable para los intereses de Washington en la zona.

Donald Trump acaba de garantizarle una jubilación tranquila a Raúl Castro, al margen de las lecturas emocionales que ha provocado a un lado y otro del Estrecho de La Florida, donde cualquier papalote genera controversia y ansiedad.

Los países serios -y Estados Unidos lo es- no suelen jugar con las cosas del comer y ahora mismo, uno de los socios fiables con que cuenta la Casa Blanca en la región es con el Palacio de la Revolución.

Y tener un socio fiable en la región es vital para USA desde que Brzezinski avisó a Carter y la comunidad de inteligencia norteamericana que el verdadero enemigo estaba en el islamismo radical y nadie le hizo caso hasta el fiasco en el desierto iraní.

Desde esta tarde, hora de La Habana, incluso puede que antes, Raúl sabe que Trump no va a generarle problemas serios y que se ha ceñido al guión pactado en los meses de negociación bilateral secreta; aunque hoy haya hecho un guiño a los beligerantes.

La intención de “empoderar” al pueblo cubano anunciando que chirrín chirrán con GAESA y que la magua dura irá a los emprendedores privados es un brindis al sol porque da igual cómo y a quién llegue el dinero a Cuba -si en un final que dirían Clara y Mario- los dólares imperialistas van a parar a las arcas del Estado cubano.

Trump, además, pecó de incoherencia al juzgar severamente a la dictadura cubana, mientras pastelea con China, Arabia Saudita, Qatar, Palestina y Corea del Norte que -como todos sabemos- son ejemplos de democracia para el resto del mundo.

Pero sus excesos verbales, algo raro en el presidente norteamericano, estaban concebidos para calmar la ansiedad de aquellos que siguen erróneamente empeñados en hacer saltar por hambre a sus hermanos en la isla.

Habrá que esperar semanas y quizás hasta meses para ir viendo cómo se concreta el paquete de medidas presidenciales con respecto a Cuba para poder calibrar su impacto real en una sociedad pobre y esperanzada.

La Habana, lógicamente, reaccionará al show celebrado en el teatro Artime, con la algarabía habitual de los fabricantes de papalotes en CUC; pero tampoco necesita sacar el tema de quicio porque las remesas seguirán siendo ilimitadas y todos los pies conservarán su igualdad ante el American Way of Life.

Y no es descartable que aproveche la coyuntura para acercarse más a Europa, que quiere comerse parte del pastel cubano, un mercado pequeño, pero con gente instruida y ansiosa de tener un VW.

Cosa distinta sería que Trump hubiera cortado las remesas y que impidiera los viajes de norteamericanos a Cuba, que ya no podrán hacerlo por motivos educacionales, aunque sí podrán hacerlo para que Oggún y/o Yemayá se adueñe de sus cabezas, por ejemplo.

Aún en las peores circunstancias, Washington y La Habana han conversado sobre sus intereses bilaterales, incluso aquella vez en que el DOR autorizó la publicación de “Haig, el americano feo”; en el momento en que el difunto Carlos Rafael Rodríguez y el feo yuma negociaban discretamente en México.

Trump y Raúl, auxiliados por la discreta Josefina Vidal, deben haberse mirado a los ojos diplomáticos y haberse dicho: a que no nos vamos a dar pau pau, ¿verdad?

Más de un cuarto de millón de turistas americanos es un bocado muy goloso para Cuba; y Trump sabe que precipitar la caída de Raúl es la opción menos deseable para los intereses de Washington en la zona y rompería el consenso bilateral generado por el establishment en torno a la isla.

Y tiene lógica porque lo real en política es lo que no se ve y tampoco se dice; aunque mañana los Comités Militares repartan citaciones de urgencia a los reservistas para movilizarlos por 45 días ante el peligro de una invasión enemiga.

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