Las decisiones políticas cortoplacistas son una de las principales amenazas a las que se debe enfrentar la sociedad ibérica

Por: Rafael González Oliveira

A menos de dos meses de conocer la decisión final sobre el programa de compra de deuda, y en un momento dramático no solo en lo económico, sino también en lo político, España y Portugal se han convertido en un circo, ridículo y en ocasiones patético. Una competición de payasos por sacar al escenario el número más estrambótico, que sea capaz de contentar a las masas aburridas y mermadas por la inestabilidad de los últimos años. Asistimos a un verdadero festival del disparate político en el que todo parece ya posible.

España y Portugal se han convertido en un circo, ridículo y en ocasiones patético.

En España, hemos podido ver un auténtico espectáculo dantesco protagonizado por el PSOE, un suicidio político que pone en bandeja a Podemos ser la auténtica oposición al Partido Popular. Dejan vacío el espacio del centro-izquierda, que pasará a ser ocupado por el partido populista liderado por Pablo Iglesias.  Mientras tanto, el gobierno en minoría de Mariano Rajoy se enfrenta a profundas reformas, sobre todo en materia económica. Desde Europa se exige el control del déficit, una tarea compleja teniendo en cuenta la situación del país, con una deuda que ya supera el 100% del PIB y un grave problema de sostenibilidad del sistema de pensiones.  La inminente amenaza de subida de impuestos pone en riesgo el espectacular crecimiento del país.

Los pensamientos cortoplacistas que buscan asegurar el poder y no la sostenibilidad a largo plazo inundan las propuestas políticas. Mientras otros países de Europa son capaces de pactar, de realizar propuestas en conjunto y tener una visión superior a la legislatura, nosotros, con las orejas agachadas, debemos acatar las reformas provocadas por la falta de responsabilidad política. Nos hemos acostumbrado a escuchar frases como “el problema es herencia del anterior gobierno”, ese es el precio a pagar por no tener un proyecto de Estado a largo plazo en el que se comprometan las principales fuerzas políticas.

El problema de la deuda portuguesa se ve acentuado por el bajo crecimiento del país.

Por otro lado, tenemos a Portugal, con un gobierno que amenaza dejar el país en bancarrota, que salva el pellejo, siempre, en los minutos de descuento. El problema de la deuda portuguesa se ve acentuado por el bajo crecimiento del país. Desde luego, las medidas tomadas por el primer ministro, Antonio Costa, solo favorecen a incrementar todavía más problema económico de Portugal. En el inicio de su legislatura aumentó el gasto político para afianzar la confianza de sus votantes y de la coalición del Bloco de Esquerda, con un peligroso Partido Comunista Portugués que pasa a tener una posición decisiva en la gobernabilidad. Medidas populistas e innecesarias, como el nuevo impuesto inmobiliario son aplaudidas por una muchedumbre que, inconscientes, no se dan cuenta de que ese tipo de iniciativas frenan el crecimiento. El impuesto inmobiliario espera recaudar 170 millones de euros.

La sociedad ibérica debería plantearse su situación actual y exigir mayor responsabilidad a sus políticos

Antonio Costa, parece ser que ha tomado la decisión de redistribuir la riqueza actual del país con el resto de la población, dejando a un lado el generar más riqueza. No es algo nuevo, en anteriores crisis de la economía planificada ya hemos podido observar el nefasto resultado de estas medidas.

La sociedad ibérica debería plantearse su situación actual y exigir mayor responsabilidad a sus políticos. Una solución, propuesta por la Plataforma por la Federación Ibérica, es iniciar un debate político para la unión de los dos países. Así, quizás, un país más fuerte pueda hacer frente a los nuevos retos que se nos plantean.

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Hispanista revivido.

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