Por: José Gabriel Barrenechea.

1.

En la medida de mis escasas posibilidades de conexión llevo varios días enredado en una polémica, a través de Twitter, con un grupo de simpatizantes de Jair Bolsonaro. Aclaro que no adjetivé de exaltados a los tales seguidores, porque a la verdad, se sobreentiende que nadie puede simpatizar desde una actitud racional con un individuo que hace apología de la tortura, le promete a los milicos amplias facilidades para disparar primero y después preguntar, regurgita en público sus nostalgias por la última dictadura militar brasileña, demuestra tener a la violación como una respuesta legítima contra la mujer demasiado desafiante a la superioridad del macho, amenaza con mudarse a la fuerza para el Palácio do Planalto aun si no resultara electo, ataca a la Corte Suprema…

En la tal polémica, después de aguantar lo más calmadamente que pude el que me llamaran desde castrista y ciberclaria hasta comunista, o que un tipo que en Cuba no le disparó un hollejo a un chino me invitara ahora, desde la seguridad del Exilio, a que me declarara en abierta oposición al régimen castrista (¿se imaginan?), los camaradas derechistas finalmente colmaron mi capacidad de mantenerme en modo serio: Uno de ellos, al parecer muy disgustado por no encontrar que otro argumento capcioso, deformación de los hechos o simple insulto oponer a mis razones, publicó en respuesta a mis trinos la imagen de un gran caballo: El cual, según él, representaba al mismísimo Bolsonaro.

No sé si el citado pretendía amenazarme así con una carga al machete, o de lanceros riograndenses en este caso, pero chota, como lo reconozco que soy, no pude más que comentarle al bolzo-minion que su imagen me recordaba que a Fidel Castro, en la Cuba castrista, también sus seguidores y guatacas más empedernidos lo llamaban El Caballo… Se imaginarán la reacción de los muchachones ante tal salida mía.

Y es que autoritarismo por autoritarismo, es siempre autoritarismo: No importa si de derechas o de izquierda. Recordemos que la línea divisoria entre ellos es muy difusa, y así la dictadura cívico-militar argentina, de derechas, tenía entre sus apoyos al Partido Comunista, o contaba con el silencio cómplice de Cuba y la URSS en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU; o el disgusto que le producía a Hitler el verse obligado, por los extraños equilibrios de la política internacional, a apoyar en España a una banda, siempre según él, de aristócratas y curas reaccionarios, y es que el Fuhrer se veía así mismo como un progresista; o que sin dudas Fidel Castro vaciló entre julio de 1953, y mediados de 1968, sobre si presentarse como un nacionalista de tipo fascista, como un comunista soviético, o como una versión latinoamericana de De Gaulle.

Todo autoritarismo parte de la completa sumisión de nuestro criterio personal a un discurso de lo correcto políticamente, y asume lo político no como búsqueda conjunta, sino como motivo identitario (soy de derechas: creo al pie de la letra lo que dice el Manual del Buen Derechista debo de creer). Afincada esa identidad por sobre todo en la presencia de un líder, indiscutible, al que todo se le perdona, desde desplantes hasta malos despertares. A la vez que dicho autoritarismo se sustenta en última instancia en la negación del derecho a la existencia a quienes no comulgamos con esa visión, socialista, de la sociedad humana.

La realidad de lo último se me hizo más evidente en el odio visceral que podía sentir que contra mí destilaban mis oponentes en lo que yo eufemísticamente llamo polémica: El mismo odio que llevó a cierto bolzo-minion a acuchillar al parroquiano que se atrevió a enorgullecerse en su presencia de haber acabado de votar contra el caudillo indiscutible de los brasileños de verdad.

De hecho, en ciertos momentos tuve la clara consciencia de que la jauría bolzonarista se comportaba de manera idéntica a como lo hacen los castristas en cualquier acto de repudio cubano típico. De más está decir el alivio que entonces sentía al estar respondiéndoles a través de internet, separado cientos o miles de kilómetros de ellos, a buen recaudo de los instrumentos metálicos de sus cocinas, o de esas pistolas que suelen exhibir en los alrededores de los centros de votación.

Pero hay más, que demuestra mi punto en cuanto la similitud de todos los autoritarismos, y la consecuente facilidad con que gracias a ello los autoritarios consiguen cambiarse de derecha a izquierda, y viceversa: Aunque escondidos bajo sus identidades en Twitter, logré adivinar que algunos de mis oponentes eran cubanos, y nada menos que médicos cubanos, de esos que se ganaron el viaje al Brasil del PT en base a su probada incondicionalidad al régimen castrista (por qué a Oscar Elías Biscet sin lugar a dudas nunca lo habrían mandado allá). Ex castristas rabiosos, que ahora nada menos que defienden al probable régimen bolzonarista.

Nada, nada, que como buenos autoritarios de cuna, no vieron que fuera tan traumático desde el punto de vista de sus principios cambiarse simplemente de Caballo.

2.

Puedo entender el miedo que la deriva del Madurismo hacia ya no el autoritarismo, si no el totalitarismo más rampante, ha hecho nacer en toda Latinoamérica. La completa degeneración de las instituciones democráticas venezolanas, que tras Chávez ha concluido finalmente ese gordo vividor e ignorante de Nicolasito Maduro, alguien que ha obtenido ya un lugar de privilegio en la larga galería de dictadores de Hispanoamérica, es una de las causas desencadenantes de este fenómeno hemisférico: de este querer abandonarse a una mano dura que evite que algo similar ocurra en el país de cada cual.

Nunca podremos lamentar lo suficiente el daño que al prestigio de la izquierda ha traído el empecinamiento de Nicolasito en aferrarse a Miraflores, en contra de todas las elecciones en que ha perdido por el voto mayoritario de sus oponentes o por la enorme abstención de los que ya no quieren participar porque simplemente, y con absoluta razón, no confían en el sistema político y electoral venezolano: Si hoy la derecha autoritaria gana tales espacios se debe, a que dudar, a lo que ocurre en Venezuela; a la idea de cierta izquierda de raíz castrista de que una vez arribada al poder no puede abandonarlo.

Mas tal deriva autoritaria de cierta izquierda de ninguna manera puede llevarnos a apoyar la otra versión de lo mismo, la de derechas; sobre la que no tenemos que rebuscar mucho en nuestra memoria colectiva para encontrar motivos para también tener miedo, mucho miedo: Les recuerdo a las mujeres y hombres honestos de derechas, que hoy se debaten en si deben o no apoyar a los autoritarios de derecha en sus propuestas tipo Bolsonaro, que no solo a izquierdistas mataron en la segunda mitad del siglo XX las dictaduras del Cono Sur, y que las primeras víctimas de Hitler fueron precisamente sus opositores de la derecha democrática.

Que la izquierda autoritaria por tal de aferrarse al poder, y a sus mieles, sea sin dudas un peligro para la democracia, de ninguna manera puede llevarnos a pensar que toda izquierda es idénticamente antidemocrática. Y mucho menos a pretender que la solución al problema está en que la derecha se les adelante, y acabe antes con la democracia.

Tampoco está la solución en plantearse la degollina de los izquierdistas, como no tan veladamente proponen algunos de los seguidores de Bolsonaro: Mire si no a los energúmenos seguidores del Caballo que rompieron la señal que recordaba el lugar donde fue asesinada Marielle Franco (casi seguro por ellos mismos), y luego advirtieron en twitter a los izquierdistas que de depender de ellos, sus días estaban contados.

Por una simple razón de sobrevivencia personal, de todos los que conformamos la absoluta mayoría que no vamos a entrar en el círculo íntimo del poder, no es esta una solución.

Es una ley sociológica: Cuando usted comienza a apoyar a quienes plantean que se debe eliminar a ciertos nocivos elementos de su sociedad, no tarda en descubrir, antes o después, que también es usted un elemento nocivo; si es que antes no termina por aceptar que todo lo que diga la opinión dominante “salvadora” es la más absoluta verdad. O sea, si es que usted no renuncia por completo a criticar la validez ética, o incluso tan solo la dirección, o intensidad que toma la degollina, invariablemente esta, que funciona en automático, se dirigirá hacia usted.

Porque mi amigo, como bien demuestra la historia, las degollinas “salvadoras” tienden a independizarse del control humano consciente y a funcionar en base a una opinión totalizadora, armada de manera aleatoria con los miedos y en general elementos irracionales de los individuos. Opinión totalizadora sobre la que la persona humana ética y su consciencia pierden pronto todo control (esto incluye a quienes supuestamente dirigen la degollina).

Pero por otra parte, si hay izquierdistas es simple y llanamente porque hay determinados condiciones que son el caldo de cultivo para los mismos: Por ejemplo, la desigualdad que en el caso de Brasil, y aun tras los gobiernos redistribucionistas del PT, es de las más altas de un mundo de por sí muy desigual. El Coeficiente Gini brasilero anda por entre el 0,55 y el 0,6, cuando ya con más de un 0,4 una sociedad es altamente inestable.

Eliminar a los izquierdistas, en consecuencia, solo soluciona el problema izquierdista por algunos pocos años. La próxima generación volverá a producirlos, porque las condiciones que llevan a muchos a intentar remediar los problemas de desigualdad mediante la promoción de la redistribución de la riqueza, persisten.

No nos engañemos, Brasil sigue siendo una Belindia, hoy, como en los sesentas, y en ello se explica la mayor parte de sus problemas, que no se resolverán simplemente con “mano dura”. A menos que esa mano dura no llegue a la solución más radical y simplemente mate, o le aplique vasectomía generalizada, a pobres, negros e indígenas.

Lo que no se lo recomiendo a los bolzonaristas (sé que algunos le dan vueltas a tales “soluciones” en sus cabezas), porque va y a lo peor tal poda se nos convierte en el mejor experimento para demostrar que las acusaciones de buena parte de la izquierda son en alguna medida ciertas, y que la prosperidad de unos pocos se basa en la pobreza en que se mantiene a otros muchos.

Mejor, es no menearlo…

3.

En este sentido, habitante de un mundo en que todo ya está muy interrelacionado, apoyo la candidatura de Haddad, aunque no coincida con los postulados todos del PT. Lo hago, en cierta proporción, por el aquello de que de dos posibles escenarios políticos, hay siempre que decantarse por el más controlable por las instituciones democráticas.

En un país en que sus instituciones democráticas son débiles, en que la cultura democrática de su ciudadanía casi no existe, en que la democracia, en fin, solo tiene 33 años, y por demás en un mundo en que el autoritarismo vuelve a estar de moda, un tipo con el discurso de Bolsonaro, que llegue al poder con una amplia mayoría del voto, no puede más que conducir al Brasil a los tiempos del Estado Novo, o quien sabe a qué lugar peor.

Por otra parte, votar por él en base a que es alguien diferente, sincero hasta el extremo, no contaminado por la demagogia presente en la clase política de hoy, y al mismo tiempo responder a los que señalan sus desplantes que estos son solo jugadas, o resultados de malos días, es una abierta contradicción: ¿Por qué entonces votar por alguien que en el fondo reconocemos que es tan politiquero, mentiroso, manipulador y demagogo como cualquier otro de los representantes de la tan denostada política presente? ¿O cómo votar por alguien con tan poco control sobre sí mismo?

Por el contrario, un Haddad que de por sí es una de las figuras más moderadas dentro del PT, llegaría al poder con tantos compromisos políticos, al frente de un tan amplio y variopinto gobierno de coalición, que difícilmente podría amenazar en tales condiciones al juego democrático de aquel país; algo que si mal no recuerdo el PT no hizo en sus 14 años de gobierno, democrático.

Sin contar que por su discurso Haddad no cuenta con el apoyo de los sectores autoritaristas dentro de las fuerzas armadas brasileras (sectores que sin dudas existen, sobre todo dentro de la numerosa policía militar), los cuales sin dudas si apoyan, y lo principal, apoyarían a Bolsonaro en sus travesuras antidemocráticas. No olvidemos que el señor les ha prometido a los milicos carta blanca para ejercer la represión, para disparar y luego preguntar, además de que no se cansa de hacer apología de la tortura o de la pasada dictadura militar.

Los problemas inmediatos de Brasil solo se resuelven, entre otras medidas, con políticas redistribucionistas graduales, con un énfasis en sacar de la pobreza y la ignorancia al mayor número posible de personas, pero también con eliminar los descomunales privilegios en una sociedad en que la desigualdad es la principal amenaza a su estabilidad. Algo que solo está en manos de Haddad, si las otras fuerzas políticas que se le unan comprenden la urgencia del problema, y lo apoyan (aunque sin nunca bajarle los controles, claro). Más nunca en las duras de un Jair Bolsonaro. Alguien para quien las diferencias sociales y económicas son producto de las increíbles bondades y virtudes que Dios ha derramado sobre una minoría de elegidos selectos, mientras a su alrededor los vagos y faltos de iniciativa, feos y bullangueros se aglomeran repletos de envidia por la riqueza que se crea de la mano de Dios.

Con semejante visión, aun cuando fuera cierta, bien poco se puede hacer por la sociedad. Salvo abandonar la hipocresía, como él dice hará en su gobierno, y aceptar que lo único viable es matar a todo aquel no bendecido por Dios: entiéndase, negros, pobres, indios, homosexuales, mujeres respondonas, ateos, liberales, intelectuales, demócratas…

4.

En cuanto a lo conveniente que para los cubanos sea la debacle de Venezuela a manos de un tipo tan duro como el señor Bolsonaro, tengo a la vez mis dudas prácticas, y mis cuestionamientos morales.

En primer lugar, ya antes muchos apoyaron a Hitler porque sería quien salvaría al mundo del bolchevismo.  Esto le costó a la Humanidad, y no solo a la URSS, la más terrible guerra que haya vivido en toda su historia; además de que al final de la misma, Hitler y su régimen solo sirvieron en definitiva para que el bolchevismo consiguiera expandirse por los Balcanes y casi toda la Europa Central. Situación que duró hasta que un poder inteligente, el combinado de Juan Pablo II y Ronald Reagan, no un Caballón lleno de hormonas, hicieran que la URSS cayera por sus propias deficiencias.

Con Venezuela podría perfectamente pasar lo mismo, y por tanto prefiero que a su Majestad Nicolasito el Grande, o el Gordo, o el Burro, se le oponga un Lenín Moreno, nunca un Bolsonaro. Y en este razonamiento salta a la vista de que ya en el Palácio do Planalto, Haddad, alguien intelectualmente distante de Nicolasito, aun cuando no fuera su deseo, deberá no solo desmarcarse del desgobierno venezolano, sino tomar una actitud crítica del mismo. Con lo que se conseguiría a un oponente del Madurismo de una credibilidad y eficacia mayor de lo que podría ser el Caballo. El cual, si algo logrará, será echarles combustibles a las campañas de Telesur (el cual medio, por cierto, tiene todo su derecho a existir; y por otra parte no todo lo que propaga es mentira, como tampoco todo lo que difunde Fox News es cierto).

Dejemos, en fin, el asunto Venezuela en manos de la propia izquierda, que de esa manera se logrará echarla abajo con menos traumas, y a la vez se disminuirán los demasiado elevados índices de polarización política que hoy se viven en Latinoamérica.

He explicado mi duda práctica sobre si mediante la radicalización hacia la derecha autoritaria se conseguiría algo en Venezuela, permítaseme ahora plantear mi cuestionamiento moral a quienes dan la bienvenida a la ficha Bolsonaro, porque en teoría será ella la que comenzará la avalancha que supuestamente terminará por derribar al castrismo: Los seres humanos son fines en sí mismos, nunca medios, por lo que como político cubano no puedo usar a los brasileros para solucionar mis problemas nacionales. Esto, además de inmoral, como ha demostrado más de un pensador, a la larga no es más que algo que se vuelve en nuestra contra, porque pronto todos los que nos rodean le viran la espalda a quien solo sabe usarlos para sus propios fines.

Prefiero, en fin, esperar tranquilamente a que el castrismo se caiga sin la intervención de Bolsonaro, a terminar en un mundo en que el autoritarismo se vuelva algo tan común, que ya nadie note a Díaz-Canel…

Porque he aquí mi más grande temor en este asunto: Que por lo que he luchado durante años en mi país, la democracia, de pronto se convierta en una aspiración que no es capaz de motivar un apoyo internacional, en un mundo dividido de manera completa entre un bloque de autoritarismos, “de izquierdas”, y otro de “derechas”. Bloques no ya para nada interesados ni unos ni otros en apoyar a quienes promovemos la democracia, sino incluso preocupados por hacer desaparecer a todo demócrata.

5.

Ya lo he dicho más de una vez: De que un señor sea electo por mayoría absoluta no se desprende ni que el tal sea un demócrata, ni que exista una cultura democrática entre los votantes, ni tampoco que ya de por sí con ello la democracia esté asegurada para ahora y para siempre: La democracia no solo tiene que ver con el voto, sino también con los derechos de las personas, entre ellas el derecho a pensar y opinar desde la izquierda.

Alemania en 1934, o 1938, no era una democracia, a pesar de que Hitler había sido electo Canciller por amplia mayoría en el 33; Cuba nunca lo ha sido a posteriori de 1959, a pesar de los increíbles índices de aprobación que, en aquellos primeros meses de ese año, generaba la persona de Fidel Castro entre los cubanos, según los surveys independientes de la revista Bohemia. En Alemania, ni en Cuba, quienes pensamos desde otras posiciones que no coinciden con lo políticamente correcto, con lo que la mayoría acepta pensar tras comprarlo por la libreta, aun cuando seamos de derechas o de izquierdas, tenemos la existencia asegurada.

De que Jair Bolsonaro, un señor que hace apología de la tortura y se dice admirador de torturadores, por el hecho de haberla practicado; que habla de violar a mujeres como de una represalia posible cuando se ponen un tanto respondonas; que promete carta blanca a los milicos para reprimir sin controles judiciales estrictos; que amenaza con hacer desaparecer la Amazonía… obtenga un 60% del voto este domingo, no puede más que desprenderse una realidad: La democracia, esa que no es nunca la expresión de la voluntad absoluta de la mayoría impuesta a la minoría, habrá desaparecido del gigante sudamericano.

¿Y a quién le tocará después…?

No lo sé, pero de lo que sí estoy absolutamente claro es que no me he jodido para acabar con el totalitarismo castrista para que al despertar, un día después, me encuentre con que vivo bajo un autoritarismo de derechas. Con que otro Caballo impera en Cuba, picheé de la mano que lo haga.

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