Pionera en mucho tiempo por delante a muchas de esas provincias, se encontraba Cuba, primera en toda la América de habla española

  • La Caja de Ahorros, Descuentos y Depósitos de la Habana, creada en 1840, contó entre sus impositores a un 13% de esclavos, por lo general urbanos, que trataban de comprar su libertad.

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Para finales del siglo XIX, ya había en España unas treinta Cajas de Ahorro diseminadas o ubicadas en veintidós provincias españolas, entre las cuales, pioneras en mucho tiempo por delante a muchas de esas provincias, se encontraba Cuba, primera en toda la América de habla española, y, posteriormente, Puerto Rico.

Las Cajas Ahorros, entidades prestamistas en origen sin ánimo de lucro, fueron unas entidades que nos les gustaba ni a muchos de su trabajadores que se le dijera que eran sociedades netamente de corte social, socialistas, porque ya estaba, desde siglos, apretando el abusivo capitalismo-clero, con sus entidades de crédito, los bancos, que les salió un poderoso grano en el trasero cuando los antiguos denominados Pósitos, y Los Montes de Piedad, se transformaron en las sociales Cajas de Ahorro, que fueron entidades fundamentales en el desarrollo de países como España, acostumbrada su empobrecida sociedad desde siempre a los préstamos religiosos de los llamados popularmente de “puñalá por duro”.

En aquella España de las posguerra franquista, de miseria continuada año tras año, donde había y aún sigue la creencia de que con limosnas y rezando rosarios se puede logar el milagro de la multiplicación del pan, el vino, el jamón, la vivienda digna, y no morir de frío, la aparición, por una necesidad imperiosa evolutiva y evitar más muertes por tisis o pura miseria, de las Cajas de Ahorro, sirvieron para mucho y consolidaron el esfuerzo laboral del mundo de la emigración, que fue el que con jornales muchísimo más dignos que los de miseria que había en España, las Cajas de Ahorros los emplearon, con sus defectos, en una distribución socialista de ellos.

Reparto nada comparable a cuando los políticos españoles, los partidos políticos, entraron en las Cajas de Ahorro a saco abierto; a cuchillo y tenedor, con la servilleta puesta en los pescuezos y, todos a una, sin distinción de lo que para reírse del pueblo siguen llamando ideología, pelaron una a una todas las Cajas de Ahorro que había en España, con luz y taquígrafos indiferentes, en una loca estampida de ladrones de guante blanco borrachos de patria y de principios nacionalistas y europeístas.

En aquel inicio de las Cajas de Ahorro, aunque la zona donde he vivido, tierra por entero encuadrada en que la pobreza como mejor se combate es con el rezo y con sacar en procesión a la calle a las muchas vírgenes milagreras que hay, aunque no había ninguna Caja de Ahorros nativa de la zona, de otras provincias españolas entraron algunas Cajas por estos lares, y, personalmente, por razones familiares, viví desde muy joven el procedimiento social en el que se desenvolvieron: una metodología socialista  muchísimo más social, justa y equitativa que los podridos bancos: verdaderos ladrones de la economía doméstica del sudor y la privación.

Las Cajas de Ahorros, en aquellos orígenes españoles, disponían de un consejo asesor ejecutivo, del que formaban parte en mayoría y casi por unanimidad el cura del pueblo y los caciques del mismo, que es tanto como decir el cura y los franquistas en activo. Pero, la evidencia de unos nuevos tiempos, las necesidades de ir dejando los alpargates para las excursiones al campo, e ir aparcando los odios pueblerinos para otras cosas, hizo que aquellos consejos, con avales suficientes de, como mínimo, dos personas, comenzaron tímidamente a conceder préstamos económicos que sirvieron para lanzar y consolidar pequeños negocios que los obreros habían visto funcionando cuando trabajan en Europa, o que eran fruto de su propia imaginación o inventiva.

Las Cajas de Ahorros pronto disfrutaron de un mayor prestigio y solvencia social, económica y popular que los bancos. Y así como en los bancos no dejaron que los políticos metieran a mano abierta sus destructivas garras de por donde pasan, fueron los propios bancos lo que vencidos en sus negocios por las Cajas, hicieron cuanto estuvo en sus manos, y fue mucho, para que las Cajas se beneficiaran con la “democracia” que significaba la presencia de los partidos políticos dentro de las Cajas de Ahorros para saquearlas.

Una pestilencia; un caballo apocalíptico no podía hacerlo mejor. Y capitales fabulosos de grandes Cajas de Ahorro españolas cayeron en picado en prácticamente meses, y el dinero, en cantidades inimaginables, se lo llevaron los políticos españoles a sus cuentas corrientes abiertas en paraísos fiscales de cualquier rincón del mundo, incluido el Caribe.

Un Caribe, una América, que si la primera Caja de Ahorros en España se fundó en Jerez de la Frontera, Cádiz, corriendo el año de 1,834, para seis años más tarde, Cuba, como provincia española, en 1.840, fundaba la primera Caja de Ahorros no solo de la isla, sino de toda la América de habla hispana, dando otra campanada de que la isla estaba atenta a todo signo positivo de progreso para el hombre y para la sociedad.

Puerto Rico, como provincia española, abrió su primera Caja de Ahorros en 1.865, mucho antes que muchas provincias de España. Y si la Caja de Ahorros portorriqueña de San Juan, fue posterior a la fundada en tierra continental de Bogotá en 1.941, y en Cartagena de Indias en 1.843, aquel territorio ya caminaba bajo el criterio gringo, y solo le unía a España la lengua, y no cuentan, por tanto, para la cuenta de España y sus territorios de ultramar, que juntos todos, pese al coco que significa el yanqui, cuando es lógico y cabal como lo fueron las Cajas de Ahorro, se le pueden ganar perfectamente la partida, como lo demostraron las Cajas, a lo tremendamente injusto que es el capitalismo especulativo y horrendo, que, como no es ninguna plaga y solo son un puñado de viejos prostáticos, podemos contra ellos si nos sabemos mover y metemos en la cárcel a los sinvergüenzas desde el primer minuto que se les pilla con la mano en la masa.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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