Caridad del Río

Caridad del Río, como Fidel Castro, como tantos, fue una burguesita nacida en la Cuba española

 

Se casó con un próspero industrial catalán llamado Pablo Mercader, al que dio cinco hijos y después se los arrebató, embarcándolos en una militancia fanática que redistribuyó el dolor por el mundo a la vez que se cebaba con sus propias biografías. Fue una Medea moderna en quien arde la ideología en vez del amor. Pero el precio de la felicidad personal (o ajena) ha de ser irrelevante para un agente de la Historia.

Un comunista de entonces no era un empático activista de Facebook, ni una voz delicada de la hiprogresía de esas que admiran mucho a Esparta pero no se plantean dejar de vivir en la frívola Atenas. Era el devoto de una religión obsesiva cuyo dios era la lucha de clases, la dictadura del proletariado su cielo prometido, su gracia divina la euforia revolucionaria, su iglesia el Partido, Lenin su profeta, Stalin su papa y el capitalismo su pecado original. Caridad Mercader fue una cristiana mística antes de rendirse en la Barcelona anarquista -harta de las convenciones burguesas del mundo de su marido- a la epifanía obrera, coartada para la liberación que su carácter huracanado ansiaba. El propio de una madre capaz de dejar sin comer a su hijo mayor durante cuatro días hasta que acabara las lentejas. Advierte Luri que la mujer, su emancipación miliciana, fue el gran cebo fotográfico de la guerra española, con iconos tan célebres como el de Marina Ginestà en la terraza del Hotel Colón, melena al viento. En realidad fue una pose forzada de la que Marina se avergonzaba, pero ya hemos dicho que la fe no pide hechos sino símbolos. Caridad fue una papisa de esa iglesia llamada la Internacional, agente al servicio del estalinismo, animadora del encargo criminal que recayó sobre su hijo Ramón y por el que cumplió 20 años en una cárcel de México.

Creer y obedecer, persuadir o coaccionar a los demás para que hagan lo mismo, delatar al escéptico o purgar al discrepante: eso significaba militar en el comunismo internacional, con cuyos jerarcas se codeó. Fue amiga personal de Beria, el siniestro capo de la Lubianka; fue condecorada con la Orden de Lenin, disponía de coche con chófer en Moscú y el Partido le puso un sueldo complementario después de colocarla de recepcionista en la embajada de Cuba en París tras la revolución, porque su alma de aristócrata no soportaba las condiciones de vida moscovitas.

Porque nunca dejó de ser una pija fanatizada a la que le gustaba más destruir el capitalismo que construir el socialismo. El lector de esta obra formidable aprende no solo que para el comunismo la historia es el fundamento de la moral y no al revés, sino que cuando los hechos más trágicos contradicen a la ideología, el militante puro no pide perdón: prefiere quedar con su orgullo en pie en medio de un charco de sangre.

 

Reseña del libro  «El cielo prometido. Una mujer al servicio de Stalin» de Gregorio Luri

Hispanista revivido.