New York, 12 de noviembre de 2016.

Querido Félix José,

es con gran interés que he leído esa narración tan disfrutable. No podía  ser otro el calificativo, si consideramos que la escribiste tú en el apretado  espacio de una breve crónica periodística, creando esa expectativa que  nos va lanzando con ansias de un renglón a otro hasta que, casi llevados  por alas de duendes presurosos, damos cara a cara con la gran sorpresota,  que no es otra, esta vez, que el encuentro, tan inesperado en sitio tan inesperado,  con alguien muy actualizado acerca de la historia reciente y no tan reciente, de  uno de los personajes más impositivos y amenazantes que aterró nuestra juventud.

Hace poco leí cierto material en la Internet, creo que procedente de Cuba,
en torno a la muerte de Papito Serguera. Descubrí que al periodo de su
imperio y dictado en el ámbito cultural cubano, se le ha dado en llamar “el
quinquenio gris”. Y el hecho de que este apelativo le haya sido dado
precisamente en Cuba, es más que elocuente, no necesita oraciones
complementarias, especialmente para los que, como nosotros, lo vivimos no
sólo en carne propia, sino en la carne de todas nuestras familias y
compañeros, compatriotas, conciudadanos y en la carne también de todas las
generaciones que nos han sucedido. Fue el quinquenio justamente enmarcado
entre el año en que comenzamos a estudiar en la Universidad y el año en que
finalizamos: 1971-1976. Es una pena que no tenga ahora ese material, ni
recuerde exactamente si lo que hallé fue un artículo o una simple noticia,
donde se comentaba la ola de repudio que había levantado entre los
intelectuales afectados por la política del tal señor un intento o un
simulacro de intento de, hasta cierto punto, reivindicarlo. Creo que el
actual presidente cubano había hecho muy buenas migas con él en vida.

Y por no decir que el máximo, el único responsable, el conocedor de cuanta
desgracia había acontecido, acontecía e iría a acontecer, era el máximo
líder, pues digamos que este personaje tuvo un papel muy representativo y
protagónico en cacerías de brujas desatadas aún antes del quinquenio
mencionado. Pero las pautas estaban marcadas al iniciarse y te plegabas o
desaparecías, o te ibas, o te tirabas al mar, o te suicidabas o te
multiplicabas por cero a la enésima potencia, que era el sinónimo perfecto
de la muerte en vida. Y este caldo de cultivo fue el ideal para el
surgimiento de los mea culpa, los arrepentimientos, los inquisidores, los
perdonavidas, los OPORTUNISTAS y toda suerte de esperpentos. Entre ellos,
nos contamos nosotros y entre ellos, contemos a Arsenio Mollinedo Morejón.

¿Quién sabe qué tenía que ocultar, corregir o enmendar? ¿Cuántas cosas  deberíamos enmendar y  embellecer para tener derecho, a los ojos de los  inquisidores, simplemente, a ser? ¿Quién no había sido Testigo de Jehová  o aspirante a serlo? ¿Quién no se había desvanecido de terror al saber que  era homosexual y no saber qué hacer con eso? ¿Quién no había sucumbido  ante la moda de unos espejuelos de estilo John Lenon y un pañuelo multicolor  anudado al cuello? ¡Qué errores, qué pecados, de los que había que exorcisarse!

Y los Mollinedos encontraron un terreno perfecto para proliferar y los inocentes  no pudieron increparlo ni mucho menos resistirse porque, claro, tenían tanto y  tanto miedo que ocultar. ¡QUÉ HORROR! ¡QUÉ TERROR! De los que todos fuimos víctimas. Paso el tiempo y el terror vivido rindió cierta compensación en las  vidas de los que más tuvimos que irnos a los extremos para cubrir ciertas “faltas”,  ingratas a los ojos de nuestros perseguidores, no sin haber dejado por el camino  a otros que no pudieron o no supieron llegar tan lejos.

A las desgracias primeras se unió después la que todavía permanece: la
manipulación nacional, la desinformación nacional. ¡Hemos sido tan
manipulados, que da pena! No se te permite comprobar por ti mismo. Salir o
entrar. Vivir aquí o allá. Ir, establecerte. Volver. Rehacerte. Nada. Blanco
y negro. Nada más. Pero como es tu vida, en realidad a nadie le importa.

Y, en fin, amigo, que nada peor que dictadores para ignorantes y pobres.
La vida te enseña que hay que tener soberanas dosis de poder y dinero
para, hasta cierto punto, zafarte de los dictados de cualquiera a quien se
le ocurra gobernarte. Dondequiera hay oportunistas y dondequiera hay que
doblar la cabeza para comer, siempre, de alguna manera, a menos que seas   tú el dueño de las cabezas. Son mis mejores deseos para tus nietos, por
ejemplo. Ojalá aprendan a hacerlo y, de hecho, puedan hacerlo. Y no
precisamente a ser dictadores, sino, al menos, a mantenerse al margen de
todo tipo de gobernación, sufrida o ejercida. Tal vez esté hablando de un
ser suprahumano, que tampoco sería bueno, o tal vez me esté remontando al
concepto paradisiaco de corte religioso, que tampoco me sirve, pues hablo
de esta Tierra. Hablo de un hombre que conviva en confraternidad con
todos, que no se imponga al otro, que tenga los mismos derechos que todos
los demás, sin excepción; derechos tales que fuesen innatos, de
inconcebible alienación. No estoy tratando de escribir un panfleto de los
tan manoseados, sino de un ideal que jamás va a pasar de ser eso por
suprahumano. Mientras tanto, sigamos haciendo los papeles que nos han
tocado en el sainete antiguo, gastado, socorrido, repetido hasta el
cansancio durante los de miles de millones de años con que cuenta la
historia de la Tierra. ¿Que más podemos hacer?

Leo los artículos de Yoany Sánchez en Generación Y y, más de 50 AÑOS DESPUÉS, me  parece que estoy volviendo a vivir mi propia historia. Me encantaría replicar, con un cuento que protagonizara cualquiera de nosotros, cada  uno de sus cuentos, del pasado y del presente. Copias, ecos, repeticiones
de lo mismo, hasta el cansancio, hasta el infinito.

¡Esperemos que la experiencia de los Mollinedos no les sea nada grata ni
aquí, ni allá! ¡En el nombre de Dios!

Un beso y un abrazo,

Marta.

 

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