París, 20 de septiembre de 2016.

Querida Ofelia:

Te mando  esta interesante crónica que me envió desde La Ciudad del Sol,  la Sra. Marta Requeiro Dueñas.

“Miami, 25 de agosto de 2016.

Sentíamos que julio avanzaba lento en el calendario del 2011 cuando esperábamos con ansias la llegada del día 13, y nos enfrascábamos en los preparativos para viajar a Cartagena, Colombia. Oficialmente llamada Cartagena de Indias.  Ubicada geográficamente al norte de Suramérica.

Esta ciudad cuenta con un puerto hacia el Mar Caribe que la hace sobresalir en la actividad logística concerniente al comercio marítimo internacional y en los últimos años, de la mano del turismo y el sector petroquímico, se posesiona en el cuarto lugar de las más importantes del país.

Nos ocurría que tanto tiempo fuera de Cuba, no haber vuelto nunca más, y ahora presentarse la posibilidad de viajar a esa ciudad, que tanto se parece a La Habana, nos motivaba.

El tener similitudes en cuanto al clima, la diversidad de frutas, lo cálido de su gente, de las que ya teníamos conocimiento por estar  emparentados. Su historia paralela en muchos aspectos a la de la isla, uno muy significativo, el de las edificaciones que datan del período colonial. Todo nos mantenía exaltados

Siempre afectadas por los mismos factores desde el descubrimiento de América en 1492 y por el protagonismo que tomaba el Caribe desde la segunda mitad del siglo XVI, se convirtieron en piezas claves en el comercio hacia el viejo continente.

Por el puerto de Cartagena fue por donde entró la mayor cantidad de negros esclavos a América provenientes de África durante el período de colonización.

Los conquistadores con el afán de defender de los ataques piratas a los puertos de ambas ciudades, crearon en ellas fortalezas tan parecidas entre sí que estar frente a una evocaba la presencia de la otra.

En 1585, alrededor del puerto de habanero, se empieza a construir el Castillo de Los Tres reyes Magos del Morro, conocido como Castillo del Morro. Luego La Punta, La Chorrera y el Torreón de San Lázaro todos con iguales fines: ser centinelas de piedra de cara al mar.

Gracias al crecimiento comercial tan importante de la zona, esta sería bautizada con el apelativo de “La llave del nuevo mundo, antemuralla de las Indias Occidentales”.

En paralelo crecía Cartagena. En 1586 se comienza a construir el cordón amurallado en el borde costero de la ciudad, que por estar afectado por los combates y la furia del mar en épocas ciclónicas, no se termina definitivamente hasta pasado 300 años, según datos de Wikipedia. Reparaciones a cargo de distintos arquitectos han hecho de ese gigante rocoso lo que es hoy.

El Castillo de San Felipe de Barajas en Cartagena se levanta en 1657, dieciocho años después del Castillo del Morro de Santiago de Cuba, llamado San Pedro de la Roca, desde donde llegaban al puerto colombiano los galeones cargados con mercancía de alto valor proveniente de la isla, recalando en el puerto para de ahí seguir su trayecto hacia La Feria de Portobello y Panamá -rumbo obligado hacia El Perú- donde se apertrechaban de los mayores volúmenes de oro y plata de la región suramericana, y luego convergir nuevamente en el muelle cartagenero, para regresar al viejo continente.

La hermandad en principios patrios es otro punto de unión entre ambas ciudades a través de la historia, pero era el tema arquitectónico el que deseábamos comprobar con nuestros propios ojos. Habíamos visto fotos de Cartagena que nos daban esa sensación familiar de estar viendo un pedazo de La Habana Vieja y sus fuertes cargados de historia, por eso queríamos ya tenerla espléndida ante nuestros ojos.

La exaltación no nos permitía hablar de otra cosa que del viaje. El motivo principal que nos movía al mismo era estar presentes en la boda de una prima.

Con bastante antelación me encargué de preparar las ropas que llevaríamos. Me hice un vestido sencillo de lino -color hueso- y a mi esposo un pantalón del mismo tejido -color verde oscuro- que luciría con una guayabera blanca.

Deseábamos que los días corrieran pronto, vernos montados en el avión de Avianca, saber que al fin haríamos un alto en el ajetreado vivir y solo nos preocuparíamos de pasarla bien, disfrutar al máximo de la playa, la comida típica, los bailes caribeños, pero más que nada, convivir con la familia y conocer.

El día esperado llegó y con todo preparado nos acostamos muy temprano para estar en el aeropuerto a las tres de la madrugada. Según el itinerario volaríamos a las cinco de la mañana hacia Bogotá y luego de ahí debíamos tomar otro vuelo doméstico hacia Cartagena.

El frío en Santiago de Chile era espantoso. Ya  en el avión, el piloto esperó por cerca de una hora para salir. Al parecer había hielo en la pista. Las temperaturas bajo cero y la llovizna durante la madrugada habían traído este resultado, y la neblina imperante no dejaba al sol asomarse. Al fin salimos con el cielo nublado y con la poca claridad que aún ofrecía el nuevo día. Ya sabíamos, por la tardanza, que no alcanzaríamos a tomar el otro avión.

Cuando llegamos al aeropuerto bogotano después de casi ocho horas de vuelo, nos cambiaron los boletos para cuatro horas después. Debimos quedarnos por el lugar dando vueltas para consumir el tiempo requerido antes de embarcarnos nuevamente.

 

No supimos, hasta estar ahí, que la situación en Colombia era tan delicada. A pesar de lo que habíamos vistos a diario en las noticias televisivas en Chile, pensábamos que el conflicto interno armado sólo se desarrollaba en las zonas intrincadas del país. Sin embargo, las consecuencias del mismo se sufría en todo el territorio, para entonces, éste ya se había extendido por casi cinco décadas.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) había hecho un llamado a respetar las normas humanitarias en todo el territorio y a velar por los derechos civiles. El trabajo se llevaba de forma mancomunada con el apoyo de la Cruz Roja Colombiana.

El aeropuerto, por ende, estaba seriamente militarizado. Personal armado hasta los dientes con perros rastreadores de estupefacientes colmaban los pasillos y salas de estar como si fuese un territorio en guerra.

Fuimos a tomar un café y nos cruzamos con un policía que llevaba a su perro atado por una correa, le pedí permiso para acariciarlo y se detuvo ante nosotros sin dar respuesta. Asintió con la cabeza sin mover un solo músculo de la cara y sin emitir ninguna palabra. El animal era realmente una belleza. Se dejó acariciar el lomo y las orejas, se mostró afable y me desestresó del mal momento vivido hasta  entonces, aunque ya por el hecho de ver todo ese aparataje a mi alrededor, algo dentro de mí se mantenía alerta. Puedo decir que adiviné en el can más humanidad que en la cara de su dueño.

En la cafetería donde degustamos por primera vez el exquisito y famoso café originario de la zona, no nos dieron boleta de pago. En las vidrieras vimos expuesto un aguardiente de caña anisado, anunciado como el aguardiente típico colombiano. Éste, específicamente, era de Antioquia pero no estaba etiquetado con el precio aunque dimos vueltas para mirar a través del cristal no pudimos ver el importe. Mi esposo se abrió paso entre los que aguardaban pegados al mostrador para ser atendidos y preguntar por el valor del producto a una de las vendedoras. Tenía la idea de comprar uno y llevarlo de regalo a la familia. Yo hice lo mismo e inquirí por el mismo detalle a otra vendedora. Se suponía que las botellas lo tuvieran pegado por algún lado, pero no. Las respuestas de ambas empleadas no coincidieron y desistimos de comprarlo pues no nos pareció lícito el proceder. Además recordamos que ya llevábamos unos vinos chilenos. ¡Qué distinto a Chile!, nos dijimos. En esa tierra que de tantos años habitándola sentíamos como nuestra no hubieran efectuado una venta sin entregar después un comprobante de dicha transacción, mucho menos tener en el aeropuerto internacional un producto a la venta sin el precio etiquetado. No. Estaba segura que en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, de Santiago de Chile, no pasaba eso.

Entre dormitar un poco en los incómodos asientos, caminar por los alrededores, y algo de lectura – de un periódico local que me encontré- transcurrieron las cuatro horas preestablecidas y volamos a Cartagena sin mayores contratiempos, excepto el de la certeza de la preocupación familiar por la tardanza nuestra. Lo más probable, es que ya no estuvieran siquiera esperándonos en la terminal aérea, sino en la casa familiar pendientes de una llamada que les pudiera brindar información. Habían sido muchas las horas que distaban de la establecida para llegar y aún estábamos volando.

Al fin tocamos tierra cartagenera, y después de ser chequeados en la aduana, salimos afuera en busca de un taxi.

Un enjambre de pequeños autos amarillos colmaban la calle relativamente estrecha que pasaba por frente a los portales del aeropuerto disputándose los usuarios con los taxistas particulares, en una batalla campal bajo el asfixiante calor. Nos cayeron de golpe al rededor de una docena de taxistas ofreciendo sus servicios pero hicimos caso omiso, por un tema de seguridad, y preferimos irnos en un auto autorizado de los tantos que esperaban fuera del terminal aéreo. Pegados uno tras otro en el borde de la calle colapsaban aún más el tráfico.

El taxi que elegimos al azar iba conducido por un mulato afable y risueño que enseguida nos empezó a hablar de las bondades y puntos de interés de la ciudad.

Ya caía la tarde cuando tomamos la avenida del malecón. Los matices anaranjados del sol sobre el mar, las tempranas luces de los faroles de la ciudad, y su vida, se reflejaban en los miles de balcones y paredes de cristales de los modernos y gigantescos edificios que nos daban la bienvenida del lado izquierdo, contrastando fascinantemente con lo más antiguo: el malecón. Que nos acompañó gran parte del recorrido por la derecha.

Nos enamorarnos de la espléndida vista que disfrutábamos, y del cálido aire que nos daba en el rostro descongelándonos el cuerpo del frío sufrido en Santiago de Chile y el aire acondicionado del avión.

Llegamos a la casa familiar y nos recibió una joven de amplia sonrisa que había quedado a la espera nuestra. Nunca la habíamos visto, ni en fotos, y ya era indiscutible la amabilidad y el amor con que nos recibió, cualidades que nos reconfortó después de tantos tropiezos. Luego de presentarse, explicó que los otros parientes habían ido al supermercado llevándose con ellos a mi suegra, quien no sabía que vendríamos y para la que teníamos preparada la sorpresa después de tantos años sin vernos, además así tendríamos tiempo de acomodarnos.

Cuando sentimos sonar el picaporte de la puerta ya estábamos sentados cómodamente en el sofá explicándole a la anfitriona los pormenores del viaje. Los gritos de alegría y los abrazos inundaron el espacio. Mi suegra estuvo al borde del infarto pero lo superó sin mayores contratiempos. Al final terminamos hablando de lo que haríamos al día siguiente.

Nos levantamos temprano y salimos a la terraza a contemplar el amanecer. Teníamos una vista privilegiada desde lo alto y por lo transparente de los cristales, que conformaban el balcón, todo El Laguito, zona de la ciudad en la que estábamos, se podía contemplar enteramente, y más a lo lejos el mar.

La boda fue espectacular. Para nuestra sorpresa en uno de los antiguos fuertes de la ciudad conocido como Baluarte de San Ignacio, destinado ahora a la actividad turística, a la realización de eventos y bodas. Hacia el frente tiene vista al malecón y la avenida Santander que lo bordea, y hacia la parte de atrás una salida a la plaza San Pedro de Claver.

El personal contratado para atender a los invitados vestía ropas blancas con diseños semejantes al de los trajes típicos de la servidumbre en la época colonial. Las mujeres lucían turbantes, largas faldas y blusas de vuelos con los hombros afuera y mangas vaporosas hasta el codo.

La música que se escuchaba era la típica colombiana, influenciada por los ritmos africanos, españoles e indígenas. La cumbia, el ballenato, los ritmos del litoral (Atlántico y Pacífico), los del interior (andina y llanera). De todo se escuchaba y se bailaba. Por suerte yo había llevado un par de sandalias aplastadas en mi cartera para poder estar cómoda pues nos habían advertido que las fiestas podían durar hasta el amanecer.

Hicimos un alto en el disfrute dancístico, mi esposo y yo, y salimos a caminar por los alrededores a conocer el entorno, a recorrer la plaza que antes mencioné, la de San Pedro Claver, y su amplia área adoquinada donde está la famosa estatua dedicada al religioso, en la que se puede apreciar con la biblia en la mano convirtiendo a un indio. Fue inspirada en el trabajo que este devoto  para inducir a los indígenas en la fe cristiana.

Respirábamos el aire fresco de la noche y terminábamos el trago que traíamos cuando vimos un vehículo aparecer y detenerse al borde de la acera que nos quedaba en frente. De la parte trasera del auto bajaron dos hombres luciendo trajes negros y llevando, cada uno, una ametralladora en sus manos, al mejor estilo de las películas de gánsteres de Hollywood. Uno de ellos abrió la puerta trasera que daba hacia la acera para custodiar al señor alto y delgado, con sobretodo blanco, que  inmediatamente apareció tras la misma. El primer individuo se mantenía firme por la parte delantera del auto empuñando el arma y mirando atento a los alrededores.

El personaje de apariencia importante se adentró, en un par de segundos, en uno de los restaurantes cuya entrada daba hacia la plaza, seguido de sus acompañantes. Sentimos temor de estar en un “momento equivocado”, y regresamos a la fiesta donde se respiraba alegría, despreocupación y buen ambiente.

Nos sentamos a conversar con la familia que íbamos conociendo y a descansar para disfrutar de La Hora Loca que tuvo lugar poco después de las doce. Un despliegue de trajes coloridos, máscaras, collares, plumas y entrega al baile, al estilo carnavalero nos dejó el espectáculo, además de dolor en la mandíbula de tanta risa y mucho más cansancio al punto de no importarme perder definitivamente la elegancia y decidirme a sacar a relucir el par de chancletas que, bien apretadas, aguardaban dentro de mi pequeña cartera el momento para asistirme.

Ya no dábamos más del cansancio y nos retiramos de la fiesta, no sin antes despedirnos y hacer planes de próximos encuentros. Acompañados por mi cuñado y su esposa decidimos tomar un taxi hasta la casa familiar. Íbamos camino a ella, ya saliendo del centro amurallado cuando unos militares detuvieron el auto, nos preguntaron nacionalidad y al ver que éramos chilenos y norteamericanos mezclados, no sé si fue por rutina o por parecerles extraño, nos hicieron bajar del auto, mientras uno lo revisaba todo, el otro nos cargaba de preguntas y sacándonos de un golpe el relax con que pretendíamos llegar al apartamento. Por suerte todo estaba en regla y nos dieron la orden de seguir.

Al día siguiente, juntos con la comitiva familiar -un grupo de casi cuarenta personas-, salimos a dar un paseo y a tirarnos fotos. Una de las tantas en el Monumento a los Zapatos Viejos, en la parte trasera del  Castillo de San Felipe y que se erigió en honor a uno de sus más grandes poetas: Luis Carlos López. Paseamos por la Catedral Basílica Metropolitana de Santa Catalina de Alejandría y nos maravillamos con la arquitectura de sus calles y los balcones cuajados de buganvilias colgantes. Apreciamos la hermosura de La Torre del reloj, hicimos compras de artesanía local en Las Bóvedas, vimos a lo lejos la Iglesia Convento de la Popa y en el recorrido: La gorda de Botero la que se encuentra tendida sobre un rectángulo de concreto de casi dos metros de altura, en la plaza de Santo Domingo donde al final terminamos almorzando.

Así pasaron los días visitando lugares turísticos comiendo pan de bono, refrescándonos con la gaseosa Postobón con sabor a uva y comiendo las frutas tropicales que echábamos de menos en Chile como la guayaba, el tamarindo, la papaya y el mamoncillo, conocido ahí como “mamón”. Los nombres por el que eran conocidos en la zona esos dos último frutos se le hacía muy difícil de nombrar a un cubano, mucho más si era para pedírselas a un vendedor parado con su carretilla de madera en medio de la calle y rodeado por una docena de personas, dado el sencillo hecho de que en la isla estas terminologías tiene una connotación grosera.

Otra atracción peculiar es “La chiva”, especie de guagua o minibús pintoresco y multicolor, con ventanillas sin cristales, que circula por la ciudad a toda hora, también conocida como “la quita sueños”. En las noches se vuelve una especie de club nocturno sobre ruedas donde se pueden probar los tragos tradicionales, escuchar los chistes más ocurrentes, y la música en vivo o grabada.

El tercer día nos invitaron a un viaje en yate –all inclusive, para mayor sorpresa- a la Península de Barú, también denominada Isla Barú, cuyas aguas transparentes y de un azul inigualable nos recordaron al instante a Varadero. Llena de turistas, lugareños vendiendo artesanías, de mulatas y mulatos ofreciendo masajes relajantes y descontracturantes, pudimos disfrutar de un buen almuerzo con productos del mar acompañado de un trago preparado con coco, utilizando éste vacío como vasija, dejaron archivadas en nosotros unas agradables horas. Recuerdo que, mientras conversábamos, nos servía de mesa para poner los tragos, una tabla de surf inamovible sobre el tranquilo manto cristalino del agua.

La única incomodidad llegaba a ser el asedio de los merolicos que no dejaban disfrutar tranquilamente la estancia y la conversación -entendible- por la situación de desempleo que vivía el país en ese entonces, no se ahora, y la necesidad de llevar un plato decente a su mesa.

La familia debía separarse nuevamente, “come back to reality”, cada uno a su país de residencia. Nosotros teníamos siete días de vacaciones de los que habían pasado sólo cuatro. No podíamos quedarnos en ese apartamento, el cual había sido rentado por ser más espacioso y en el que fuimos a encontrarnos todos y disfrutar sin separarnos ni un instante.

Ahora hacíamos a todos los familiares, los más y menos allegados pero que sí vivían ahí, una pregunta importante: ¿Dónde quedarnos mi esposo y yo, que no causáramos molestias, esos tres días restantes para tomar el vuelo de regreso a Chile? Las ofertas hospitalarias llovieron, sin dudas, pero queríamos estar sin sentirnos presionados por alterar el cotidiano vivir de los que tenían que salir a trabajar y cumplir con sus obligaciones.

Una amiga de la familia que viaja constantemente por trabajo nos brindó su apartamento que estaría desocupado por esos días para que lo usásemos a nuestro antojo y comodidad -hasta hoy no tenemos cómo agradecerle- pasaríamos solos en un piso ubicado en un lujoso edificio de La Boquilla nuestros restantes días de esparcimiento. Allí nos llevaron, nos presentaron al conserje y nos entregaron las llaves. La zona aún estaba en crecimiento, las calles sin terminar y negocios particulares que abrían solo hasta media tarde por miedo a los asaltos. Nos aclararon que todo era lindo de día pero en la noche, mejor quedarnos en casa viendo televisión o disfrutando de la brisa del mar en el agradable balcón o de un baño de piscina en el último piso del edificio.

Hacíamos las compras de día y nos trasladábamos en taxi hasta el casco histórico de la ciudad, visitábamos las tiendas y museos pero no dejábamos que pasaran las tres de la tarde sin estar de regreso. El apto. estaba en un segundo piso, el mar era la única vista hacia el frente, de éste nos separaban unos cuatro metros de arena y la acera. Era tan tranquilo el lugar a pesar de las advertencias que se podían escuchaban las conversaciones de las escasas personas que transitaban por la zona, paseaban sus mascotas o se ejercitaban.

Hice jugo de guayaba, ropa vieja, arroz y plátanos maduros fritos, para el almuerzo del primer día. Tiré fotos del reflejo del sol sobre el mar, la refracción de su luz en los espejos durante el atardecer. Todo era un remanso de paz y mi esposo y yo nos sentíamos en una segunda luna de miel.

La temperatura en Cartagena llega a bordear los 40 grados centígrados y este día era uno de esos en los que no se puede estar en la calle al mediodía. Cuando cayó la noche y ya no se veía nada en el horizonte por la oscuridad del mar y la poca luz que provenía de afuera era la del inconcluso alumbrado público. Decidimos dejar el balcón abierto y dormir en el sofá cama de la sala escuchando las olas del mar. Vimos un poco de tele y nos fuimos quedando dormidos. Ya todo en penumbras y alrededor de las doce, sentimos una ráfaga de disparos en los bajos del edificio por la parte que da al mar. Nos despertamos sobresaltados, se sentían tan fuertes y tan cercanos que temimos ser alcanzados. Nos tiramos al suelo y mi esposo quiso arrastrarse hasta el balcón y mirar por el pequeño espacio entre la baranda y el piso. No pude retenerlo por más que lo persuadí para que no lo hiciera. El miedo se apoderó de mí y las piernas empezaron a temblarme. Mi esposo desde su estratégica posición, ubicada en el ángulo que hacía la pared divisoria del apto del vecino y el balcón, se veía aparentemente seguro. Sonó un disparo, en un instante lo vi voltearse boca arriba y ponerse la mano en el tórax. Me arrastré por el piso en dirección a él a punto de llorar y con un terrible nudo en la garganta, le quité las manos del pecho y vi sorprendida que no tenía nada, comenzó a reírse a carcajadas a más no poder. Se burlaba de mí, del susto que había pasado, de la cara que debo haber tenido. La secuencia de disparos siguió y el cielo se inundó de luces multicolores y de cascadas y figuras luminosas que al verlas encender la noche fueron aquietándome y devolviéndome la sonrisa mientras nos poníamos de pie para no perdernos el maravilloso espectáculo de los fuegos artificiales que los pobladores encendían con motivo del 201 aniversario de la independencia de Cartagena, otorgada en 1810 tras la firma del Acta de independencia de Santa Fe que se celebraba ese 20 de julio, precisamente ese día que recién comenzaba.

En la mañana el conserje nos mostró un diario donde se podía leer la noticia de que la erupción del complejo volcánico, Puyehue, en Chile, que ya llevaba un mes en acción, se había agudizado y las cenizas eran arrastradas por el aire hasta Argentina y los vuelos, tanto en Buenos Aires como en Santiago, estaban suspendidos. Temí no poder regresar a casa como teníamos convenido, el 21 partiríamos de regreso a Chile. Comencé a rezar desde entonces para no tener más sobresaltos.

Al amanecer, ya con la casa en orden, las maletas cerradas y acicalados,  el taxi que el encargado de la recepción nos pidió, aguardaba por nosotros para llevarnos de regreso al aeropuerto.

Fueron días inolvidables e intensos llenos de situaciones cargadas de emoción.

Hoy, 25 de agosto de 2016 a poco más de un mes de celebrarse el 206 aniversario de la independencia de Cartagena, me complazco en leer la noticia que encabezan los principales diarios: El gobierno de Colombia y las FARC firmaron un acuerdo de paz.

Me sigo sintiendo cada vez más unida a su historia porque dicho pacto se viene fraguando hace cuatro años en La Habana, Cuba, desde noviembre del 2012, y después de más de 50 años de conflicto solo falta la aprobación de la conferencia nacional de las FARC y el plebiscito del gobierno colombiano para ponerlo en marcha el 2 de Octubre. Comparto la opinión de La BBC, que anunció esta mañana: “Hoy podemos decir que se acabó la guerra”.

Me alegro por Cartagena, por Colombia, por su pueblo alegre y sencillo. Y porque ha sido un largo camino hacia la paz.” Marta Requeiro Dueñas

 Doña Marta Requeiro Dueñas creó dos blogs en los que publica sus trabajos, narrativos y poéticos: martarequeiro.blogspot.com  y   www.facebook.com/martarequeiro

Un abrazo con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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