El futuro de Cuba está en capitalismo, en la apertura irrestricta al mercado, pero sobre todo en la desaparición de esas falsas creencias que le dieron origen a la debacle, y que casi 60 años después, todavía siguen vivas como el primer día, no sólo en Cuba

 

El problema mayor de los opositores cubanos y, en general de muchos de los comentaristas del tema insular, es la poca aptitud que poseen para interpretar correctamente la realidad. Basta para ello echar mano a la hemeroteca del Diario de la Marina entre 1959 y 1960 para darse cuenta. Desde su puesto de combate ideológico, los Rivero defendieron la Libertad, la verdadera, frente aquellos que se empeñaban en disfrazarla y desvirtuarla; los mismos que acudieron en tromba y guaguancó para enterrar el Diario cuando ya todos los habían dejado solos.

No fueron los únicos pero el comunismo estaba instalado en Cuba. Había echado sus raíces en una Republiqueta construida sobre castillos de aire venida a menos. Antes de que se desarticulara la sociedad civil, para terminar con el castrismo hubiera bastado que alguno de los que tenían voz, levantara la suya. Nadie lo hizo.

Razones hay muchas, pero la principal, es de que carecían de los instrumentos analíticos adecuados. Lo mismo sucede ahora. En aquella época, la sociedad debatía problemas consensuados que parecían insolubles sin la ruptura con los Estados Unidos: la justicia social y la independencia política. Para alcanzar ambas, todas las fuerzas “progresistas” vieron en el castrismo un mal menor y a él se entregaron en cuerpo y alma. Los que no lo hicieron por convicciones personales, prefirieron marcharse, pensando que el ideal del bien común justificaba los excesos de la telúrica sacudida.

Aunque nadie parece darse cuenta, hoy la disyuntiva es la misma: capitalismo contra socialismo.

Ninguno de los actuales opositores sostiene un discurso de ruptura en ese sentido; por esa razón gastan sus energías en iniciativas desconectadas de la realidad. Esta semana, durante la promoción de su nuevo programa político “Todos cabemos”, Manuel Cuesta Morúa aseguraba a los oyentes incrédulos de Radio Martí, que presentaría candidatos para las elecciones del 2017, dadas ya por ganadas en nombre de unos “evidentes” “cambios” que no precisó. Ya la semana pasada, José Daniel Ferrer había hecho unas declaraciones similares, considerando el surgimiento de una nueva “coyuntura” tanto interna como externa que lo llenaba de ilusiones cara al futuro. Otros opositores menos implicados con “la calle”, como Yoani Sánchez, se empeñan en afirmar por ahí que el castrismo va desapareciendo de Cuba, como si no bastara comprobar abriendo la prensa oficial, que Fidel Castro está presente de mil maneras en los medios y en la política nacional.

Todos los opositores cubanos parecen aplicar al pie de la letra el conocido mantra del Dr. Coué “Día tras día, en todos los aspectos, me va mejor y mejor”, auto persuadiéndose, como lo ha hecho la administración norteamericana, con el argumento de que “el Embargo ha fracasado”, para explicar una política que trata de evitar un problema doméstico en el caso de un brusco colapso del castrismo.

Si bien no pueden negarse los cambios externos en el discurso de la potencia tutelar, nadie en su sano juicio puede ver claramente en qué, ni cómo se manifiestan internamente. El recién finalizado Congreso del Partido ha arremetido contra la riqueza y su acumulación, al mismo tiempo que aseguraba públicamente que los autónomos eran sus enemigos de clase. Esta misma semana se cerraba el mercado mayorista del Trigal por “violaciones, malos manejos y corrupción”. Dada la errática política económica del castrismo, no hace falta ser adivino para anticipar la desaparición de los cuentapropistas, una vez que el régimen consiga el acceso a los mercados y el crédito internacionales. Por el momento, la confianza en el mercado y sus actores se puso de manifiesto con las Resoluciones 157-C y 162 del 2016, del Ministerio de Finanzas y Precios, que regula precios a los productos del agro y el aumento de la presión fiscal.

El futuro de Cuba está en capitalismo, en la apertura irrestricta al mercado, pero sobre todo en la desaparición de esas falsas creencias que le dieron origen a la debacle, y que casi 60 años después, todavía siguen vivas como el primer día, no sólo en Cuba. Ya va siendo hora de que alguien con aspiraciones políticas allí dentro alce la voz para decirlo… a ver qué pasa.

 

 

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