Mi centenario en la Marina

De momento van los primeros cien artículo de mi autoría colgados en el Diario de La Marina, y, absolutamente ninguno ha recibido orientación ni sugerencia alguna.

Un poco, todo mentira, como lo del Ciego de Ávila, que ni es ciego ni es de Ávila; porque servidor el único centenario, por el momento, que cumple son cien artículos en el Diario de Marina, un diario que no ha navegado nunca y, por tanto, no es marino ni de la Marina, pero si es de Cuba y cubano.

Llevo, voy a hablar de mi persona, muchos años en esto de juntar palabras, y entre las cosas que me han honrado como escribidor, es poder escribir en una ventana tan emocionante, tan emotiva para mi persona como lo es hacerlo en este diario, de claro corte conservador, cuando servidor es un rojo integral y cada vez más tomado de tinte, en la medida que los años van pasando, y contento con serlo.

Pero, precisamente en la pluralidad de expresión, en la libertad de que cada cual se exprese sin insultos, nunca tengo esa pretensión, radica el placer de escribir en un medio ¡peloteo al canto! que dirige con una muy honesta batuta el intelectual Ferrán Núñez, más paciente que aquel al que según la biblia le jodieron el huerto y lo volvió a plantar.

El Diario de La Marina, como bien lo expone en sus amplios conocimientos el “listico” del Google y otros modernos empollones como Ecured que lo saben todo o casi todo, está clasificado con la misma temeridad de los que opinan que un cien pies tiene todos los pies (las patas, que no suman, por cierto, cien) iguales, y si tuviera que calzarse en una zapatería tendría el zapatero que barajar casi todas las tallas, modas, colores y números. Más menos lo que le pasa al Diario de la Marina.

De momento van los primeros cien artículo de mi autoría colgados en el Diario de La Marina, y, absolutamente ninguno ha recibido orientación ni sugerencia alguna, por lo cual, mi idea particular es ir a por los doscientos y así sucesivamente hasta que la tinta o el cuerpo aguante. Y tengo que exponer, porque es de mi obligado cumplimiento y gratitud, que muchas de las anotaciones que hago para mi particular archivo de asuntos que acontecieron en aquellos años cuando por la mala cabeza de cuatro comemieldas perdimos a Cuba, o Cuba perdió a España, un singular aporte de noticas las recojo, con verdadera devoción, de aquel Diario de la Marina que, tras de más de cien años de publicación, tan influyente fue en la opinión de las gentes cubanas hasta que de la Sierra Maestra bajaron unos cubanos, por los que siempre siento y he sentido el mismo respeto y admiración que por aquellos otros cubanos que un siglo antes se opusieron tajantemente a la fórmula mágica de hacer en Cuba tres repúblicas tricolores, una de negros en oriente, otra de mulatos en el centro, y otra de blancos en occidente.

Se puede pensar que yo juego con ventaja cuando escribo en un medio que me puede ser ajeno. Pero, por una razón que nunca he acertado a comprender, nada de lo cubano, desde que tengo regimiento me ha sido ajeno, y mucho menos corteza de sentimiento. Cuba y todo lo que le concierne, aunque no tenga papeles de cubano, siempre la he considerado tan mi tierra como cualquier otro puñado de España, e incluso veo más España en ella, que en algunos lugares peninsulares. Otra cosa diferente es que me pase como a esos emigrantes que quieren entrar en un país y no los dejan porque les ponen alambradas con cuchillas cristianas.

El acubanamiento es un claro fenómeno de acondicionar o acondicionarte a las cosas que imperan en una tierra, Cuba, donde nada es extraordinario, pero tampoco nada goza de la vulgaridad y tristeza de otros lugares. Siempre suelo comentar con agrado la ocasión que teniendo la máquina cafetera dos brazos para hacer café, con esas urgencias que nadie es capaz de analizar con acierto, aquel cubano que había tras la barra del mostrador en el bar, ante mi impertinencia de que pusiera en marcha el segundo brazo y me sirvieras presto el café que le requería, me dijo sonriente que si tenía prisa que me lo hubiese tomado en España.

En el hecho de que un afamado químico que deambuló por Cuba, un tal Julet, uno de los primeros que entendió que era más cómodo comerse la carne diluida que en tasajo, descansa la ciencia práctica, pero llena de dignidad, de unas gentes que van a lo práctico y las pompas de jabón las utilizan para distraerse, pero no las hacen su razón de existir.

Me siento en extremo honrado por colaborar en el Diario de la Marina, un diario que llevo admirando por muy largo tiempo. Y, salvando las distancias con el intelectual José Bergamín y con otras muchas destacadísimas plumas que colaboraron en él, participo de lleno de lo que dijo el poeta, dramaturgo y ensayista español citado, encuadrado dentro de los escritores de la Generación de la República, cuando dijo aquello de: “Con los comunistas hasta la muerte…pero ni un paso más”.

Gracias, amigos.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.