Por: Zoé Valdés.
Hace unos días vi a un cagonio medio desnudo y empapado bajo un aguacero torrencial, pescaba clarias en medio de la calle. No entendí bien si las clarias caían del cielo traídas por la lluvia o surgían ‘mágicas’ de las alcantarillas, todo es posible en los Emiratos Insulares Shithole de Cagonia Enardecida. Las alcantarillas serían entonces las nuevas pescaderías cagonias.

A lo que iba, ayer puse unas fotos en Facebook de mi cena en un reconocido restaurante de París, pedí de plato entrante: ‘escargots au beurre et à l’ail’, o sea caracoles con mantequilla y ajo. A una de las personas que hizo un comentario, repugnada por el plato, la había visto antes dejando comentarios en el mismo vídeo del pescador de clarias en pleno asfalto, decía: “No creas tú, que bien adobaditas son de lo más sabrositas”. En cambio, en la foto de mi plato de caracoles escribió: “Ay, qué ganas de vomitar, sólo tú puedes comer esa asquerosidad”. De más está decir que al momento borré el comentario y bloqueé a la refinada cagonia de gustos tan exquisitos que prefiere la claria cagoniense a los caracoles franceses de toda la vida.
Mi madre siempre me decía: “Es un pueblo barato”. A lo que yo respondía ‘à mon tour’: “Y lo barato sale caro”. A ella le encantaba ese juego de respuestas cómplices que sosteníamos entre nosotras.
Yo tuve que comer clarias en Cuba, durante mi embarazo. Las comía por el hambre que tenía y las vomitaba por el asco que me daban. Allá es el único país donde la bulimia se ha convertido en un acto de resistencia.
Las clarias, además, como ya expliqué antes, son muy difíciles de matar (vean en You Tube a un criador de clarias en su criadero, lo que cuenta mientras acuna a una bebé claria del tamaño de su estatura). Mi vecina, que en paz descanse, compró allá por el año 93 un burujón de clarias, metió el mazo envuelto en el Granma en el refrigerador sin darse cuenta que había una viva. Cuál no sería su sorpresa cuando al volver a abrir el frigo se encontró con una claria coleteando, con el estómago lleno y dispuesta a arrancarle la nariz de una mordida. Parece que al entrar en el General Electric revivió (maravillas de los General Electric, después hablan mal de los americanos), o quizás se había hecho la muerta antes, y no sólo se comió a las otras clarias (se devoran entre ellas), además se zumbó todo lo que tenía mi vecina en el General, incluidos los huevos del mes.
Por otro lado, el sabor de la claria es espantoso, entre amargo y terroso, el color, renegrío, el olor inclasificable. Yo las hervía en agua con unas gotas de cloro para blanquearlas un poco, cuando había cloro, claro. Cloro, claro.
En otra ocasión, para que vean ustedes los fieras que son las clarias, me contaron que estaba una señora, muy turista ella, sentada en el café de la ‘shopping’ que habían abierto afuera en el Focsa, cerca de la acera (no sé si existirá todavía), y de pronto de una alcantarilla sin tapa (de eso escribiré en otro momento, del robo de las tapas de las alcantarillas por la población para asegurar ventanas frente al crecimiento de la delincuencia y los robos, y de los accidentes nocturnos provocados por la ausencia de tapas en el alcantarillado) saltó una claria y le mordió el tobillo arrancándolo el trozo. Sin contar que a mi perro le di claria hervida y le tumbó el pelo bellísimo de yorkie-terrier que lucía, nunca más lo recuperó.
En Haití llaman a las clarias “pez-rata” y no las comen. Y miren que dicen que en Haití hay hambre. Yo he visitado Haití en tres ocasiones, y cuando pregunto por las clarias, ese plato “delicioso”, se espantan. Mi termómetro del hambre son las clarias. Y si ni los haitianos las comen, ya me dirán. A país pobre que llego pregunto enseguida: “¿Comen ustedes claria, ese pescado tan nutritivo?”. Y según las caras y las respuestas, ya por ahí saco mis conclusiones.
De modo que cualquiera que me viene con el cuento de que pasó hambre y tal, le inquiero: “¿Y no sucumbiste a la claria?”. Y si me hacen una mueca repulsiva enseguida les increpo: “Ah, no, perdona que te disculpe, tú no pasaste hambre. Tú lo que tenías era sed, como en el cuento de Fidel con el guajiro, en la Plaza”.
Entonces ahí, llegados a ese punto, casi siempre, tengo que ponerme a contar el cuento de Fidel con el guajiro en la Plaza. Fidel estaba dando uno de esos kilométricos discursos en la Plaza, en los que te podías desmayar tres veces y volver en sí pasado mañana y él todavía estaba en la misma candanga, y cada vez que quería seguir, un guajiro levantaba la mano y decía: “Tengo hambre”. Y Fidel intentaba continuar, pero el guajiro volvía: “Oye, que tengo hambre”. Y Fidel insistiendo, como saben, él siempre fue peor que una mosca cojonera, de insistencia, y el guajiro reiteraba: “Te estoy diciendo que tengo hambre”. Hasta que Fidel le rumoró algo en el oído a Raúl, qué se yo, que se ocupara de ese guajiro con toda urgencia. Enseguida llegaron los que ‘yatúsabe’ y se lo llevaron a andas al pobre hombre. Cuando por fin Fidel terminó el discurso, le dijo al hermano si por casualidad no había fusilado al guajiro que por favor, él quería verlo: “No, ahí te lo dejé, tú sabes que yo no fusilo, yo lo monto en un carro y lo escacho contra un matojo y cualquier sopenco internacional se cree lo del accidente”. Y allá fue Fidel a interrogar al guajiro:
-Así que tú tienes hambre, chico.
El guajiro asintió.
-¿Tú ‘tás’ seguro que tú tienes es hambre?
-Coño, claro que sí.
Fidel hizo una señal y le trajeron una jarra con agua bomba:
-Dale un vasito de agua, que él debe de estar nervioso.
-No, yo lo que tengo es hambre.
Pero se bebió el vaso de agua bomba.
-Entonces, tú dices que tienes hambre, chico…
-Claro que tengo hambre.
-Tómate otro vaso de agua, mientras conversamos a profundidad sobre este tema del hambre.
El guajiro se metió otro vaso de agua bomba.
-Entonces, ¿sigues insistiendo en que tu problema existencial es el hambre?
-No, problema de existencia no tengo ninguno, yo lo que tengo es hambre.
-¿No estarás medio nervioso? Tómate otro vaso de agua, a ver si te calmas un poco.
El guajiro se tragó otro vaso de agua al cuncún.
Y así siguieron, hasta que el guajiro se tuvo que beber dos jarras de agua bomba.
-¿Y el hambre qué, todavía sientes que tienes hambre? -preguntó Fidel.
El guajiro se llevó la mano a la barriga hinchada de agua:
-La verdad que ahora mismo ya no tengo tanta hambre, es más, ya no siento ninguna hambre.
A lo que Fidel respondió ni corto ni perezoso:
-Tú ves que tú lo que tenías era sed, y no hambre.
Pero lo mejor fue la respuesta del guajiro:
-Coño, verdad qué sí, que yo lo que tenía era sed, y no hambre.
Mami tenía razón, es un pueblo muy baratucho. De madre el caso, nunca mejor dicho.
Mami, que era cátedra en definir al cagonio, siempre añadía que si los Castro le anunciaban a un cagonio que lo iban a ahorcar y le daban la opción del color de la soga, entre Palo Rosa y Azul Tornasolado, el cagonio enseguida se pondría a meditar indeciso cuál color elegiría.
Pues entre caracoles franceses y claria, ya lo saben, el cagonio prefiere a la salvaje claria, bien adobadita y riquita.
Un día no muy lejano las clarias, si siguen evolucionando la especie a como dé lugar, serán las que dominarán en Aquella Mierdeta. Al menos más cerebro tendrán. ¿Un día no muy lejano, dije?
Bah.
Zoé Milagros Valdés Martínez
Lenguaechucho Blúmehierro.

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