Cocodrilos en el Estrecho de Gibraltar

La migración de los magrebíes que pasan el estrecho cada año por estas fechas y sus entresijos económicos son el objeto de esta crónica.

He ido a verla con mis propios ojos, para saber a qué atenerme cuando los subvencionados (de papel o digitales) nos cuenten las ya habituales milongas de gente sacrificada para dar un mejor servicio a un movimiento migratorio de gente del mundo del trabajo, que cuando se ven en su migración anual de cruzar el Estrecho de Gibraltar, por asociación de ideas uno recuerda el constante reportaje que suele poner la tele del paso de los Ñus por el africano Rio Mara, donde, allí, camuflados, los esperan los cocodrilos para zampárselos.

Algunos, los que siguen las premisas y la fraseología del gigantesco negocio de las religiones, dicen que en la viña del señor hay de todo; pero parece que de un tiempo a esta parte, predomina en el viñedo del señor la cepa hijoeputa, que da un vino agrio, inhumano, chulesco, que se agarra a la garganta de algunos que entendemos que, cuando se mira para ver el entorno de los que realmente son una parte muy importante de la locomotora social con su trabajo, los que van en los vagones tocándose la gaita, disfrutan jodiéndolos en distintos grados de joder.

Un algo que viene ocurriendo un año y el siguiente, una avalancha humana que, en todo caso, debería de estar regulada a lo largo de todo el año, y no dejarla en exclusiva para dos meses, sin puentes, de peaje o no, de unión entre los dos continentes, y con verdaderas manadas de cocodrilos dispuestos en las dos orillas del Estrecho a demostrar quién manda en el mundo en lo inmediato, no es culpa ni disculpa de los viajeros, a los que les dan las vacaciones cuando cierran fábricas y colegios, y no pueden, por tanto, elegir fecha.

Con apenas unos catorce o quince kilómetros de orilla a orilla, ya debería por años, no solo por los emigrantes trabajadores sino por la comunicación necesaria entre dos continentes, un puente, o un par de ellos, que uniera ambas orillas, y los cocodrilos del estrecho, que todos los años se inflan a base de euros de gente trabajadora, los vieran pasar y no tenerlos al sol por horas y horas, cuando no son días y días.

No hay puente porque no le da la ganas que lo haya a las empresas navieras, que tanto han aumentado las expectativas de negocio de cruce de hombres y mercancías, que como la cosa decaiga, como parece que este año va a acontecer, más de un armador hará que entre los propios pasajeros le paguemos las pérdidas con nuestros impuestos, porque, encima que no permiten el progreso de los nuevos tiempos, con tecnología de sobra para la construcción del dicho puente, o de un par de ellos, y su necesidad social de todo tipo, se consideran los armadores y sus barcos como un bien social de primera magnitud ¡manda cojones!

Van nerviosos, llevan, por lo general, muchas horas al volante. Y cuando se acaba por fin el largo temor de la carretera, llega el infierno de la frontera, donde lo mejor que te puede pasar es que te topes con la indiferencia de la autoridad, siempre competente, muy competente, que cumple órdenes ¡las famosas y recurridas órdenes y leyes! Pero, al resultado que llegas cuando miras para ver el dispositivo montado, es lo bien que está todo dispuesto para que los viajeros sean la última consideración a tener en cuenta porque parece que molestan en el hecho que han decidido (otros por ellos) que tienen todos juntos en unión que hacer las vacaciones y el viaje.

Parece ser que el Ñandú de los territorios patagónicos, cuando una gran manada de ellos se ponía en movimiento, si los que iban en cabeza haciendo de guía se precipitaba por un barranco, todos los que iban corriendo detrás, también se precipitaban por el acantilado. Un buque deja su carga humana de hombres preocupados y cansados, de mujeres lo mismo, de niños alterados y con sueño, que, cuando cruzan, del barco pasan al coche, y en el coche les espera la indiferencia y la lentitud de unos trámites aduaneros como si cada uno de ellos llevara entre sus pertenecías algo del todo vital para la vida y la seguridad de todos los que nada saben de la vejación que significa un viaje semejante.

Si en aquellos buques que llevan tiempo de navegación de sobra se hicieran los trámites aduaneros mientras va navegando en conformidad con las dos competentes autoridades de los dos competentes países, al llegar el buque a su puerto de destino, podría el pasajero seguir su viaje, al desembarcar, sin más trámite.

Cuando el recorrido del barco es más corto, también, si se quiere, se puede organizar en conjunto el control, hasta que de una vez por todas se construyan un par de puentes que permitan el paso de coches, ferrocarril, peatones, y un número de barcos adecuados para ciertas mercancías.

Y si los dueños de los barcos (barcos generalmente subvencionados en su compra y construcción por nosotros, las gentes) dejan de monopolizar el dinero que se mueve de esta manera en el Estrecho, es de suponer que el mundo va a seguir girando igual. Pero lo que no debe de acontecer es la chapuza infame que significa la Operación Paso del Estrecho de todos los veranos.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.