Comparaciones odiosas pero necesarias

Cuando un hombre, por lo general desequilibrado mental, mata o asesina a un semejante simplemente por, al parecer, sentir la enervante presencia de la muerte ejecutada, es globalmente mal considerado, y la justicia gestada por los hombres, por lo común, lo condenan por mor de su delito a morir o vivir toda la vida encadenado o preso en un lugar infecto, alejado de toda consideración social, incluso si ha robado por una necesidad imperativa en la que a él se le iba la vida de por medio.

Ahora bien, cuando es una agrupación humana, o sociedad política la que se lanza a hacer la misma acción: apoderarse de territorio extraño, matar por ello, robar bienes de otra comunidad por el mero deseo de grandeza, incluso sin una necesidad imperiosa o vital de ello, como el acto está efectuado por la multitud de un ente humano, el asunto toma otro carisma totalmente distinto. Y lo que individualmente suele ser un grave y horrendo delito, cuando lo comete una comunidad definida y determinada, oficialmente reconocida por el resto de comunidades, la cosa cambia, y el hombre, actuando en colectividad o representándola, por muy brutal que sea su comportamiento, el acto se sublima y puede llegar a embellecerse con los laureles de la gloria alcanzada entre los filos afilados de muchos semejantes muertos.

Hitler, por poner un ejemplo, no alentó nada que ya no estuviera vigente: latente y a flor de piel de la sociedad alemana y de la europea de su tiempo. El que surjan individuos que son jaleados por el llamado respetable público para que materialicen lo que ellos anhelarían hacer, es un hecho que lo estamos viendo en todas las sociedades actuales inmersas en una brutalidad más que infantil. Ahora mismo lo que está poniendo cachondos a los gringos, según dicen los medios de comunicación, son los exabruptos del rubio Donald Trump que parece sacado de un comic de gente gética al que tan solo le falta la espada. Enfrentándose a una princesa, Hillary Clinton, que lleva las braguitas tipo tanga, pero no se la coge con papel de fumar por entre el bosque de lobos, donde se siente como en su casa.

Y de la misma manera que de un modo como usual y normal para el control contable  de empresa, se contabilizaban los kilos de pigmeo gastados por las multinacionales mineras en el Congo para darle de comer a sus obreros a base de carne humana, hecho acaecido con todo el beneplácito mundial, semejante barbarie no hubiese tenido cabida si no estuviera latiendo en los pueblos bantúes de donde procedían los obreros, un claro sentimiento de superioridad y hondo desprecio hacia esos pequeños habitantes bosquimanos africanos, que junto con otros grupos humanos, como los también africanos Khoisán, son el linaje más antiguo, de cientos de miles de años atrás, fracturados genéticamente, formando una divergencia humana, pero pertenecientes al mismo tronco del que brotó la diferente, en aspecto, raza aria.

Como las razas no existen, supuesto que todos los humanos arrancamos de un tronco común del que vamos evolucionando en virtud de varios y complejos factores, el circo que elevó su carpa en Alemania, y que sigue instalado, aplaudido y bendecido en muchos rincones del planeta y grupos humanos, no hubiese tenido el dramático éxito que tuvo, aunque después, como suele ocurrir, ciertos colectivos humanos se rasguen las vestiduras con arañazos de plañideras chillonas que van a los velatorios para lograr una monedas a cambio de su fingido dolor, si no hubiese dispuesto de un excelente caldo de cultivo, que en su caso eran gentes dispuestas a dejar a las bestias sentadas en las gradas y ellos actuar en la pista de actuación, tal y como ahora estamos viendo y aplaudiendo.

Cuando Hitler fue aclamado por el pueblo alemán, ya el pueblo alemán así mismo se había aclamado y proclamado por sus interiores individuales como gentes diferentes, únicas, mejores que las demás; estúpidamente creyendo a pies juntillas que el lugar geográfico de nacimiento es un condicionante básico de la categoría humana, y por tanto, el hecho accidental y casual de nacer en Alemania, ya era algo diferente y muy digno de tener en cuenta, porque no todo el mundo podía o tenía la enorme suerte de haber nacido en Alemania, cuna privilegiada de gentes superiores a los demás.

Aquellas gentes taradas física y psíquicamente, diferentes en aspecto a las demás, como es de suponer, tuvieron nacimiento tanto en Alemania, como en España, Francia, Grecia, Inglaterra, El Vaticano o cualquier otra comunidad abanderada actual. Pero como son gentes que estorban en la pista circense, y al ser el racismo un hecho diferencial que más bien se debería denominar “adquisitivismo” que racismo, por afectarle más al poder económico del individuo que el color de la piel, o la tara física o psíquica en sí, Alemania, el alemán como pueblo, no tuvo un comportamiento extraño o diferente a otro pueblo cualquiera. Y aunque su proceder no es susceptible de disculpa alguna, no es que en Alemania coincidieron una generación de gentes depravadas dispuestas a todo en virtud de algo nuevo, diferente, genuino, que les había brotado espontáneamente a todos ellos, porque por desgracia para la condición humana, la universalidad del ego enardecido por la “diferencia natural siempre a mejor de un grupo sobre los demás” está tan arraigada en la colectividad humana, que solo necesita de una pequeña oportunidad para explosionar y salir con un hervir y burbujeo de unas   consecuencias de un cálculo muy difícil de predecir, pero que no pasa de ser el espejo  exterior de algo que existe oculto, interno, por los egos de los hombres.

Todo, a nuestro entender, por lo que estamos en silencio contemplando, mientras unos incapaces dicen, mantienen, sostienen y son aplaudidos, cuando manifiestan que son los mejores para gobernar el imperio guerrero gringo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.