En Cuba, la inversión privada sigue considerándose desde como un mal necesario, que aporta lo que se necesita para sostener al régimen castrista y la Revolución

No hay que perder la perspectiva de qué es Cuba y cómo funciona el régimen cubano. Especialmente, su economía que es lo que realmente tiene a un buen puñado de empresarios de todo el mundo, incluidos muchos valencianos, listos para acceder a ese mercado, que les llama para que inviertan, que les atrae como territorio virgen, que genera enormes expectativas por su proximidad por el gran mercado norteamericano, pero que todavía no ofrece ninguna garantía de éxito, es decir, de disponer de reglas claras para ganar dinero, que es la esencia del capitalismo de libre mercado.

En Cuba, la inversión privada sigue considerándose desde como un mal necesario, que aporta lo que se necesita para sostener al régimen castrista y la Revolución. La gran virtud de los escarceos aperturistas de EEUU, que Obama pretende que sean irreversibles -no vaya a ser Donald Trump o cualquier otro visionario republicano vire el rumbo- es que ha levantado el tabú de que invertir en Cuba conlleva pecado de colaboracionista. Hasta el ministro dimisionario y frustrado aspirante a gerifalte del Banco Mundial José Manuel Soria, recibió antes de ser degollado por Rajoy al ministro de Comercio Exterior cubano, con la intención de explorar la posibilidad de que empresas españolas metan baza en el inexplorado escenario energético cubano. EEUU abrió la puerta y todo parece imparable. Eso sí, al ritmo que marque Cuba.

Quienes conocen la manera en qué funciona el régimen castrista admiten que su gran problema es la inseguridad jurídica, la falta de garantías sobre la imparcialidad en el procedimiento en que se deciden las inversiones, al margen de que el régimen no dispone de un sistema judicial independiente al que poder recurrir cuando crees que te la gana jugado. Por eso creo que, elogios filosocialistas al margen, la expedición organizada por el Gobierno valenciano a tierras cubanas tiene algo de positivo. Al menos ha permitido que las puertas de los ministerios y del Partido Comunista Cubano, partido único en la República, que es realmente el encargado de supervisar la marcha del país. Por esa puerta entreabierta tratan de colarse inversiones de empresas tan destacadas como Aguas de Valencia, Air Nostrum o Baleària, que todos seguimos considerando «valencianas», porque mantienen su sede fiscal y operativa en la Comunidad, aunque sus oportunidades de negocio superen las fronteras valencianas.

Procesos aperturistas al margen, intentar ganar dinero en Cuba (sí, insisto, lo que buscan las empresas es el beneficio) todavía no es lo mismo que intentar hacerlo en otros países. La economía cubana es un sistema dirigido. Nada que ver con una economía de mercado. Todo depende de la autoridad política y eso, en Cuba, significa que todo depende del partido. En ciertos sectores, no se pueden hacer negocios al margen de las compañías estatales. Los individuos no existen, sólo el Estado, razón por la que persisten las denuncias sobre el respeto a los Derechos Humanos.

Bien debe saberlo Adolfo Útor, presidente de Baleària, que lleva años tratando de hacerse con las rutas turísticas que cruzan la bahía de La Habana. Sólo él sabe cuántas horas de espera ha tenido que consumir en lugares insospechados para tratar de convencer a las autoridades cubanas. Sólo él sabe cuántas explicaciones ha debido dar cuando el castrismo le insinuó los inconvenientes que podría tener para su empresa la participación como accionista de un «enemigo» del régimen como Abel Matutes, ex ministro de Aznar, uno de los hombres más odiados por Fidel, Raúl y el PCC , heredero del original Partido Revolucionario Cubano que fundó el héroe nacional, José Martí.

Las empresas están acostumbradas a arriesgar, pero en Cuba es especialmente complicado invertir por la falta de financiación. El Banco Mundial no financia infraestructuras. El Gobierno cubano no garantiza el pago de ninguna manera y el hecho de que no exista conexión de internet con garantías dificulta todo mucho más.

La expedición organizada por la Cámara de Comercio y por la Generalitat -con apoyo dirigentes de UGT muy bien conectados a través de la Central de Trabajadores de Cuba, el sindicato único- significa para los empresarios valencianos una especie de «ventanilla única», un momento propicio en el que pueden cumplir trámites burocráticos de manera acelerada en un país en el que un permiso de actividad puede tardar una década, algo que habitualmente hace desistir a mentes tan ágiles para los negocios como las del propio Útor; el de Aguas de Valencia, Eugenio Calabuig, o el presidente de Air Nostrum, Carlos Bertomeu, que suspendió toda su agenda para incorporarse a última hora a la expedición y que sorprendió por la imaginativa propuesta poner a disposición de las autoridades aéreas cubanas aviones con licencia europea para poder volar a EEUU sin el riesgo de que los aviones cubanos acaben siendo embargados por un juez a petición de cubanos cuyos bienes fueron confiscados por la Revolución. Así se hacen negocios en Cuba.

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