En el Costa Mágica entre Marsella y Málaga

Entrada del Ristorante Costa Smeralda.
Entrada del Ristorante Costa Smeralda.

París, 23 de mayo de 2016.

Querida Ofelia:

El domingo 10 de abril llegamos al aeropuerto de Marsella procedentes del parisino de Orly a las 11y 15 a.m., pero tuvimos que esperar hasta las 2 p.m. el autocar de Costa que nos llevaría hasta el Costa Mágica. El día estaba soleado, había 13°centígrados y el mar estaba un poco agitado.

Después de pasar los controles de rigor, subimos a bordo, donde ya se encontraba nuestro hijo con su esposa y nuestros dos nietos. Nos  encontrábamos  en el atrio cuando se acercaron a nosotros nuestras queridas amigas Mayra y Gelsys, las cuales habían embarcado un día antes en el puerto italiano de Savona. No habíamos acabado de saludarnos cuando tuvimos la agradable sorpresa de encontrarnos con Tayde, otra gran amiga de adolescencia, que había venido también desde Miami para hacer este crucero con nosotros.

A las 5 p.m. el Costa Mágica zarpó rumbo a Málaga.

Como de costumbre, tuvimos que asistir al ejercicio obligatorio de evacuación de urgencia del barco. Teníamos dos camarotes que se comunicaban por el interior, lo cual divertía mucho a  nuestros nietos de 7 y 9 años.

Gracias a la gran amabilidad del maître  Carlos Ríos, pudimos tener una gran mesa al centro del Ristorante Costa Smeralda, en donde cenaríamos cada noche.

Tuvimos la posibilidad de apreciar un plato diferente de la cocina italiana cada día. En ese primer día fue el delicioso plato típico de Emilia Romaña:  raviolis con calabaza a la mantequilla e hierbas. Los orígenes de este plato se remontan al Renacimiento, con la llegada de las calabazas de América Central. Los raviolis con calabaza se preparaban tanto en los banquetes de los nobles como en la cocina popular porque eran muy sabrosos pero hechos con un fruto, la calabaza, considerada humilde y además, en Emilia Romaña, los tortelli, eran un plato pobre que permitía meter en una envoltura de pasta un relleno de sobras que hiciera el plato sustancioso. Por lo que se encontraba en las mesas aristocráticas o en las casas de los campesinos, haciendo felices, en cualquier caso, a quienes lo comían.

En la cocina de Emilia Romaña se confunden la  riqueza la y  pobreza. Aroma de mosto dulce y espumante de vida que nace, tierra grasa y fértil al servicio del hombre, llanura que se repite siempre igual pero nunca monótona y el campesino, con sus manos rugosas, empuja el arado y trabaja duro para cosechar. Ritmos de vida vinculados a las estaciones del año y platos que reflejan la temporada como la sopa de alubias y maltagliati, la tortilla con mortadela, y el queso parmesano que enriquece todas las recetas con su inconfundible sabor.

Pero la pasta de los cappelletti rellenos de estofado con salsa de carne es lo que sublima la fuerza y la sensualidad que caracteriza a la gente de esta tierra.

Después de cenar, fuimos al Teatro Urbino a  ver el espectáculo “Duo Ice Air”, verdadera performance de acrobacias, fuerza y talento. Mis nietos monopolizaron los mismos puestos en primera fila durante los doce días del crucero y siempre tomaron un delicioso zumo de manzanas, que les servía una bella chica filipina.

Pasamos todo el lunes navegando por el Mediterráneo Occidental. El mar estaba poco agitado, tuvimos un sol brillantísimo y +19° c. Durante todo el día hubo numerosas actividades para todos los gustos.

Mi hijo y su esposa participaron en muchas actividades como:

10 a.m.  Clase de Bachata, con Yasmani junto a la piscina central.

11 a.m. Clase de Merengue, con los Latin Dancers en el Atrio Italia.

2 p.m. Especial musical latino, con el cuarteto Los Paraguayos.

4 y 30 p.m. Clase de Vals, con los Latin Dancers en el Bar Salento.

Mi esposa se dedicó a la piscina con nuestros nietos y a otras actividades infantiles.

Mayra, Gelsys y yo a conversar en los lugares más bellos del Costa Mágica, recapitulando los recuerdos más hermosos de nuestra ya lejana juventud.

El capitán Paolo Fusanari nos invitó al cóctel especial  Bentornati (de vuelta a bordo),  en el Teatro Urbino a la 5 y 45 p.m. Nos sacamos una foto con él, la cual nos fue ofrecida al día siguiente.

Tuvimos la Cena de Gala y por tal motivo todos nos vestimos como convenía a la circunstancia. Mi nieta hizo muy buenas migas con Mayra y ya desde ese día, quiso sentarse siempre al lado de ella en nuestra mesa, que por suerte era redonda, lo que ayudaba a la convivialidad.

Esa noche tuvimos un plato típico de Campania: Ziti (pasta) a la genovesa (carne de res, cebolla y salsa de carne). Esta pasta típica crea el ambiente de una cocina en la que, mientras la salsa hierve y crea una nube de aromático vapor, se charla de la vida cotidiana. La salsa se elabora cociendo a fuego lentísimo cebollas y carne, y nadie sabe por qué se llama genovesa.

En Campania existe la imaginación y la alegría hasta en la cocina. He oído sonar  las panderetas y he visto a la gente bailando en corro, he oído bullicio y risas, he  visto hablar y gesticular como en una música de expresiones, una danza de manos. Si se piensa en Campania, una tierra llena de contradicciones, se piensa en la alegría, el movimiento y el color.

Los campanos se distinguen por su capacidad de hacerte sentir como en casa y saber acogerte con la sencillez de la calidez humana. Lo sabemos muy bien, pues cada año veraneamos en la Isola Verde, la bella isla de Ischia, situada en el Golfo de Nápoles.

Los platos transmiten la misma desbordante alegría de vivir combinando los ingredientes tradicionales: mozzarella junto con salsa de carne dentro del sartù de arroz (timbal típico napolitano), o bien fundida con berenjenas en la parmigiana al horno. Uno no dejaría nunca de deleitar el paladar con esta cocina de sabores fuertes.

Pero hay que comer los zite (pasta) troceados a la genovesa, para poder decir que se conoce el auténtico espíritu de la cocina campana, un espíritu sencillo y pobre que sabe exaltar los sabores claros de la materia prima.

Después de la cena, el espectáculo que ofrecieron los bailarines y cantantes del Costa Mágica en el Teatro Urbino “Sapori d’Italia”, fue muy nostálgico, pues cantaron muchas canciones de los años cincuenta, sesenta y setenta, entre ellas: Il Mondo, Una casa in cima al mondo, Volare, Una lacrima sul viso, Parole, parole, Come prima, etc.

A las 9 a.m. del martes 12 de abril, anclábamos en la bella Málaga, donde tuvimos un día intenso. Pero prefiero escribirte sobre ello mañana.

Un gran beso desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.