En Cozumel con el Costa Deliziosa

En Cozumel con el Costa Deliziosa

París, 17 de marzo de 2017.

Querida Ofelia:

Continuamos toda la noche con ruta septentrional, al amanecer fue posible ver en la proa la isla de Cozumel. Alrededor de las 6 a.m. atravesamos por estribor la Punta Celarain (el extremo sur de la isla) y desde allí navegamos a lo largo de la costa de toda la isla hasta que llegamos al muelle aproximadamente a las 8 a.m. del viernes 24 de febrero de 2017. El cielo estaba un poco nublado, pero se despejó muy rápido; la temperatura era de +27°c.

Cozumel (viene de Kùutsmil, en lengua maya “isla de las golondrinas”), es una isla situada en el Mar Caribe, justo frente de la Península de Yucatán, que se encuentra en el borde oriental del canal de Yucatán. La isla de Cozumel está separada del continente (Playa del Carmen) por un brazo de mar de unos 20 kms. Mide aproximadamente 48 kms. de largo por 16 de ancho, con una superficie total de 477.961 kms 2. Estas medidas hacen que sea la primera isla del Atlántico mexicano por extensión. Muy probablemente, los primeros seres humanos que colonizaron Cozumel fueron los mayas, en la primera mitad del primer milenio antes de Cristo.

Cozumel fue una de las islas mayas víctimas de la invasión de Hernán Cortés, el que la saqueó en 1519. En San Miguel de Cozumel, capital de la isla, se pueden admirar las huellas de la civilización maya en el sitio arqueológico de San Gervasio, donde antiguamente se encontraba el templo dedicado a Ixchel, la diosa de la medicina, del amor y de la fertilidad. Después de caer prácticamente en el olvido, Cozumel recuperó protagonismo cuando las multinacionales confiteras empezaron a exportar materias primas para producir los “chicles” a los EE.UU. y a Europa.

Bajamos al muelle en donde nos esperaba el ferry que nos llevó a Playa del Carmen, en la costa de Yucatán, en el corazón de la famosa Riviera Maya. Desde allí partimos a bordo de un autobús con aire acondicionado – por suerte – en dirección a las antiguas ruinas de Tulum, situadas en lo alto de un acantilado rocoso con el Mar Caribe por un lado y la exuberante jungla por el otro.
Cuando llegamos al conjunto, nuestro excelente guía mexicano nos acompañó durante el recorrido a fin de descubrir la fortaleza que data del siglo XIII y la única ciudad maya construida junto al mar y una de las pocas rodeadas de murallas.
Visitamos sus majestuosas estructuras, siendo las más representativas sin duda El Castillo, la construcción más alta sobre el mar, utilizada como faro y torre de vigilancia. Desde allí las vistas son impresionantes y la brisa marina nos revitalizó después de la subida por los empinados escalones.
El Templo de los Frescos, es uno de los edificios mejor conservados, famoso por las figuras de relieve, las incisiones y las pinturas murales originales de los mayas, dispuestas en tres niveles que simbolizan los tres reinos de las creencias mayas: el mundo de los muertos abajo, el de los vivos en el centro y el reino de los dioses arriba.
Al terminar la visita guiada, tuvimos casi dos horas de tiempo libre para visitar libremente el conjunto arqueológico. A los pies del acantilado, donde se elevan las ruinas, se extiende una hermosa playa de un mar cristalino donde pudimos darnos un baño y tumbarnos a tomar el sol en un marco único, degustando un tentempié ligero y una botella de agua fresca.
Regresé a la entrada principal del sitio arqueológico en “el trencito”, que en realidad es un autobús disfrazado de trencito. Lo original fue que los mexicanos pagaban el equivalente en pesos de un dólar y a mí me cobraron dos dólares, sin darme comprobante de pago. Como dicen los italianos: “Tutto il mondo è paese!”
Algo muy curioso me ocurrió en la Playa del Carmen. Me senté en una pequeña mesa de un timbiriche; bajo un árbol que me daba sombra (había en ese momento +37° c.). En un cartel clavado en el tronco del árbol se podía leer en inglés y en español: “Estimado cliente, si no recibe su comprobante de pago, su consumo es gratis”. Esto me impresionó.
Llegó la camarera y me dijo: – Si usted se sienta aquí debe consumir un mínimo de quince dólares.
Como desde allí veía al resto de mi familia que disfrutaba de las cálidas aguas de esa hermosa playa, le dije: – De acuerdo, para mí una piña colada sin alcohol y dos Coca-Colas para mis nietos.
Me trajo un jugo (zumo) de piña – de lata- con hielo en una copa que daba grima y las dos latitas de Coca-Colas, por suerte con pajitas y no en vasos.
Me dijo: – Son 21 dólares.
Es decir, que aquel timbiriche es más caro que un café en plenos Champs Elysées de París. Le pagué y no me dio el comprobante. No dije nada, me dejé estafar, pues como faltaba poco para que partiera el ferry y ya mis nietos venían a tomar sus refrescos no quería polemizar. Me pregunto si los dólares fueron a parar a los bolsillos de la chica o si es una “norma” implantada por el dueño de ese lugar con respecto a los turistas.

En el ferry nos dieron una explicación por medio de una gran pantalla de televisor sobre cómo colocarnos el chaleco salvavidas en caso necesario, pero no nos indicaron dónde estaban. Yo no los vi por ninguna parte.

Estuve conversando en el Costa Deliziosa con la amabilísima señora Anna Uasi, responsable de la oficina de excursiones; le di las gracias. También estimo que debo darlas a la señora Zaffarani del servicio de ventas de excursiones de Costa France, la que me ayudó a escoger las que correspondían a mis intereses.

Cenamos como cada noche en el elegante Ristorante Club Deliziosa. La especialidad era los platos de la región italiana de Las Marcas, tierra de grandes hombres y de grandes ideas.

Hay regiones más taciturnas, casi escondidas, cuyos habitantes, de carácter laborioso, sobrio y
reservado, protegen su territorio de colinas y montes, con suaves laderas que han visto nacer
numerosos ciudadanos ilustres, como Leopardi, Raffaello, Rossini y Bramante, por nombrar solo algunos. No se puede hablar de las Marcas sin mencionar sus olivares y especialidades como las aceitunas a la ascolana, un auténtico manjar; los zitoni (tipo de pasta) troceados a mano y acompañados de atún y aceitunas; y los rollitos de pimiento y espelta con queso curado en fosa y salsa de tomate. Pero, sobre todo, la imaginación vuela al tournedos a la Rossini, conocido en todo el mundo.

Disfrutamos del bello espectáculo “Shapes” del Teatro Duse, con los cantantes y bailarines del Costa Deliziosa.

El barco zarpó del muelle a las 7 p.m., una vez desembarcado el práctico del puerto continuó con ruta septentrional a lo largo de la isla de Cozumel y las reservas naturales de México a estribor del barco hasta la medianoche. Dejamos atrás la costa mexicana y navegamos en la dirección a Port Everglades.

Mi próxima carta sera la última sobre este bello viaje que recomiendo a todos.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.