Crónica de un maestro de escuela español (mi padre)

Cualquier rincón, en esta santa España, podían habilitarlo como escuela

 Estado actual del local donde estuvo ubicada la primera escuela del mpaestro José Palmis, del cual, un anciano del lugar, dio memoria de su recuerdo todavía vivo “como el Maestro de fuera que daba de merendar a los niños”
Estado actual del local donde estuvo ubicada la primera escuela del mpaestro José Palmis, del cual, un anciano del lugar, dio memoria de su recuerdo todavía vivo “como el Maestro de fuera que daba de merendar a los niños”

Escribir estas líneas para intentar exponer el verdadero contenido de esta modesta Memoria, no hay en ellas ninguna “filosofía” ni ninguna “ciencia” de la Educación o de la propia vida; porque a estas alturas, resulta que la experiencia de la vida ha puesto de manifiesto que los programas, deseos, e intenciones de crear un hombre más bueno y justo, más educado y solidario no han servido para nada, pues existe la brutal realidad de un mundo en que, gran parte de él, se encuentra sumido en un trágico desamparo, por no haber habido manos cariñosas que les hayan ayudado a destruir la verdadera raíz de su mal. Tampoco llevan estas Memorias finalidad política, al estilo de “yo soy bueno y tú eres malo”, porque está todo escrito con un intenso cariño a España, y ello obliga a suprimir el egoísta “yo acuso”, porque a una “madre” como es la Patria, hay que perdonarla, y decirle sus errores, para que se pongan los medios con objeto de que no vuelvan a repetirse. La verdadera finalidad, pues, de estas Memorias, es, sencillamente, que si puede servir para conocer mejor el pasado, con el cual se hará la Historia, los relatos de algunos hechos relevantes de mis muchos años de Maestro, llevan historias que pueden servir, quizás, a la Historia, normalmente escrita por los poderosos de una sociedad, insensible generalmente al dolor de unas olvidadas criaturas y sus educadores; y que también puedan en algo servir a esta España moderna, para que, en este su gran amanecer, atienda preferentemente a la pobre Escuela rural, que siempre estuvo desamparada, y cuyas lágrimas caían indiferentes sobre el solar patrio, sin que nadie hiciese caso de su inmenso dolor.

Al mismo tiempo, y bajo otro punto de vista, he querido hacer una pequeña Historia de algunos años de la República y de muchos hechos del Régimen franquista, cuyo periodo viví, íntegramente, rural. Leyendo actualmente en libros, periódicos y revistas, relatos de aquellos tiempos, me he convencido de que el verdadero Historiador no es el escritor político lleno de interesada pasión por el retorno del tiempo pasado donde él tuvo su beneficiosa actuación, ni tampoco los que construyen la Historia basándose en referencias, libros o periódicos. Quienes pueden escribir fielmente sobre los acontecimientos históricos, es el que ha sido protagonista de ellos, y los ha vivido en su grandeza y sufrimientos. Por eso, aprovechando la escritura de estas Memorias, quiero narrar algunos sucesos de mi vida como Maestro rural, que reflejan algunos aspectos de la situación política y social de aquellos tiempos de la República y los que surgieron de la Dictadura de Franco.

Manifestar, también, que no pretendo, con espíritu de museo, el mero relato de unos hechos pasados, que, en definitiva, pasarían al reino del olvido y la ineficacia. Mi propósito es darle vivacidad, considerándolos desde la perspectiva de los tiempos actuales, en noble juicio sobre lo que no se hizo y se pudo hacer, para verdaderamente haber engrandecido a España y, especialmente, a su Magisterio Nacional.

Quiero también, rogar perdón, por si fuera ambicioso el proyecto que me propongo para una humilde pluma como la mía. Época actual de grandes fenómenos sociales, de enorme inquietud irritante, se necesitan grandiosas voces para que la gente escuche. Pero se da la paradoja de que, muchas veces, la palabra de una pobre boca puede más que las voces fuertes de la opera; pudiendo ocurrir, por tanto, que la lección de un sencillo Maestro pueda ser más eficaz que la sabiduría de un brillante catedrático.

Este libro mío aspira salir a la calle, por si pudiera dar luz en algunas de las tinieblas que existen. Porque el ciudadano cuya profesión ha sido orientar no debe esconderse para nada. Ocultarse no es buena cosa para el desenvolvimiento social. Hay que salir. Ya sabemos que la noche suele ser más peligrosa que el día; pero puede acabar con los “fantasmas” que atemorizan al mundo. Sin embargo, el mal no está sólo en la calle, en la superficie de la vida, sino que puede estar dentro de los corazones indiferentes, que les importa poco el sufrimiento ajeno.

Ya se sabe que, en ocasiones, es más cómodo cerrar las puertas con fuerte cerrojos, que dar la cara. Pero yo quiero ofrecer el rostro y decir la verdad a los cuatro vientos, a todos aquellos que desde su sitio profesional, pueden ayudar a crear un clima de normalidad, de posible mejoramiento en todas las órdenes, especialmente en la Enseñanza, de abrazos al prójimo, a quien se convence mejor para que sea bueno, con palabras agradables y acentos humanos, de sincero afecto. Mis Memorias no tienen silencios, no tienen huida: Muestran sencillamente, episodios reales de una España decadente, y de otra España orgullosa y vengativa. En medio, una Escuela miserable y desamparada que se estaba muriendo.

Por último, verás, querido lector, que toda mi obra lleva un profundo sentimiento religioso, que ha sido el guía toda mi vida. Desde que, siendo muy joven, me di cuenta del profundo drama en que se desenvuelve la Iglesia, una angustia religiosa ha impregnado todos mis actos y todos mis escritos, lo mismo en la Escuela que fuera de ella. Eso de que el local donde se celebra la Misa haya sido dividido en dos partes por la hipocresía humana, me ha producido siempre bastante sufrimiento, y me ha llevado a interrogar íntimamente a Dios ¿Por qué desde el altar hasta el portal de la iglesia es preferentemente el sitio de los fieles que representan el bienestar, el lujo y las joyas, y cuánto más poderosos, más cerca se hallan del dicho altar; y, en cambio, desde el portal a la calle es donde están tirados los mendigos, los que sufren, aquellos para los que no tiene sentido la figura de Jesús. ¿Cómo es que el lugar donde se celebra la Santa Misa y se proclama la fraternidad humana, donde los primeros principios morales son la lucha contra la pobreza y la injusticia, existe esta clasificación de los cristianos, basada en la pompa y la vanidad, en el papel y el metal, (billetes y monedas) y no en las dimensiones del corazón del hombre?

En la sociedad actual no es cierto que se halle perdido el espíritu religioso, ya que éste es natural al género humano y jamás puede desaparecer. Ahora y siempre, los ojos de los hombres no pueden dejar de mirar y contemplar al Cielo. Lo que ocurre es que, aquí en la Tierra, millones y millones de personas están cansadas de sufrir, y no saben ya dónde dirigir la mirada. Se observa que, en muchas ocasiones, impera el triunfo del ignorante o aventurero, y la sociedad se queda tan tranquila aplaudiendo a ídolos de barro, que no les importa las aulas, ni llevar un pedazo de pan al hambriento; gastando el dinero en cosas inútiles. No interesa la elevación intelectual de los miserables, sino la mayor grandeza material y el arma más sofisticada. El ruido de la vanidad.

Mis escuelas

Corren por todas partes los aires esperanzadores de la nueva República, y, con el flamante título de Maestro nacional, me dirijo alegremente hacia mi escuela.

En la etapa de la juventud, la meta principal del ser humano es conseguir un puesto fijo en la sociedad, que le ayude a resolver para siempre sus necesidades materiales vitales. De aquí mi regocijo cuando tomo mi desvencijado autobús, que me llevará por 25 céntimos, hacia mi escuela.

Mi primera Escuela con carácter interino, estaba situada en una finca de las cercanías del simpático pueblo de Blanca, en un lugar llamado “El Campillo”, construida por iniciativa del dueño del terreno, para la asistencia escolar de los hijos de sus arrendatarios y de todos los niños que viviesen por aquellos alrededores. De nueva creación, la Escuela, era una monería y su mobiliario excelente. Pocos propietarios agrícolas eran como éste, amantes de la Enseñanza y un sincero afecto hacia el Maestro, había por aquel entonces. Proclamada la República en España hacía tres años, las nuevas autoridades municipales empezaban rápidamente a preocuparse de los problemas abandonados de siempre, y que se relacionasen con la cultura popular. Por eso, apoyaban todas las iniciativas en ese sentido, como había ocurrido con la creación de la Escuela de “El Campillo”. Se daba la circunstancia también que el Ayuntamiento de Blanca era un entusiasta del Magisterio, y especialmente su Alcalde nos trataba con extraordinario afecto.

Esta estancia en la Escuela de “El Campillo”, proporcionó en mi corazón una serie de hermosos y bellos sentimientos. Como corresponden en la primavera de la vida: llena de floridas ilusiones. Había dejado una Licenciatura en Derecho, con Premio Extraordinario; porque aquellos estudios de “leyes” no respondían a mi sencillo espíritu libre, que sentía una gran vocación por la Enseñanza, por entregarme a los niños, sobre todo a los necesitados, por lo que me había ido voluntario a vivir en el medio rural, apartándome de la ciudad. Ni pensaba en el “mucho dinero” que podía haber tenido, ni aspiraba a otra cosa que no fuese un vivir humilde, como el vivido en el hogar de mis padres, porque hay algo en el trasfondo del ser humano, en su subconsciente de que hablaba Froid, que inexorablemente guía nuestro destino en una orientación ya determinada.

Salud y Felicidad. (Memorias de José Palmis Nicolás) Juan Eladio Palmis.