Conocí muy de cerca a una generación de españoles que conservaba todavía un cierto rencor al hablar de la Independencia cubana y del motor ideológico postrero de aquel hecho: José Martí.

Dependía del grado de educación de cada persona, así como de la cercanía familiar con los  hechos, el tono de las reacciones. Estaban todavía tan vivos los recuerdos, los prejuicios, los duelos familiares, las ruinas económicas, que los cubanos comprendíamos ciertas  expresiones desdeñosas y ciertas imágenes molestas sobre el cubano en general, sobre las cubanas y sobre la República.

Estaba muy arraigada una interpretación de la Historia que podía sintetizarse así:

“La Isla de Cuba era una provincia nuestra que estaba muy bien gobernada y en la que nos  gastábamos más de lo que sacábamos de ella. Pero un día los cubanos, por ingratitud, quisieron  separarse de nosotros para convertirse en colonia yankee”.

Esta visión reinaba en muchos corazones y en numerosos labios. De Martí, a quien oí llamar más de una vez Martín, lo más fino que se decía era: “Ése fue el que nos quitó las colonias”.

A la larga eso fue quedando en una frase resignada que se oía mucho todavía hace diez o quince años: “Más se perdió en Cuba”. Porque los nietos y los bisnietos de aquellos que habían hecho  la guerra, la veían ya como una cosa lejana. Otras reacciones provocaba en el nuevo español la isla acogedora, para la emigración a la isla llena de gente cordial, de bellas mujeres, de la música pegadiza y sandunguera.  De Martí se hablaba poco y se le conocía menos (un Unamuno, un Manuel  Isidro Méndez, un Guillén Díaz-Plaja y poco menos) pero ya había estatua de Cuba en el Retiro (estatua de la que el general  Primo de Rivera, soldado en Cuba, retiró el busto de Martí) y había de nuevo en la capital un Paseo  de La Habana, porque el anterior fue borrado cuando la hazaña  de Eloy el de Cascorro, y la calle fue rebautizada Calle Eloy Gonzalo, que así se llama todavía.

Como el español es, o parece ser, poco amigo de recordar fechas históricas, los episodios de  nuestras guerras, como los de la Independencia sudamericana, cayeron en total olvido. Cuando hace unos años los socialistas erigieron a la entrada del Paseo de La Habana un monumento a la República y a Martí expresamente,  amén de instalar una placa junto a la casa en que vivió en la calle Desengaño, casi nadie se dio por enterado.  Los neonazis, que tienen la memoria rencorosa de los colonialistas, pintaban al principio algunos grafitis estúpidos, pero ya ni los neovoluntarios de Fondesviela se acuerdan de Martí.

Pero la llegada de los centenarios trae consigo una carga que es casi imposible dejar de ver o eludir.  En febrero de  1895 comenzó  la Guerra de Independencia, que  más  justo sería llamar “la guerra de Martí”, y el 19 de mayo moría, como él lo quiso, el propio Martí en el campo de batalla. Ya sabemos  que la gesta del ’95 terminó  en el ’98 de muy mala manera. Pero de ese otro centenario nos ocuparemos en su momento.   Ahora quiero hablar pensando propiamente en la juventud española de la guerra y de su progenitor.

La juventud española de hoy, de ahora mismo, merece por su talento y por su amor a la justicia y a la libertad dejar a un lado los prejuicios y los lugares comunes, para estudiar con detenimiento  las causas del separatismo o independentismo cubano. La necesidad de independencia  es de carácter orgánico. El ser humano alcanza un día la  mayoría de edad y con ella el hambre de independencia. Si los padres no ceden por las buenas, los hijos y las hijas se rebelan.

En la Historia es difícil hallar casos de metrópolis que por razonamiento y sensatez liberen a sus crías por talludas y fuertes que estas sean. No hay que guardarle rencor al hijo porque quiera tener casa propia. Si el proceso de separación es cruento, podría preguntarse por los móviles de la resistencia.  Ya es hora de que los estudiosos españoles revisen  su concepción de la historia, el verdadero valor de lo que se les ha enseñado, o de lo que no se les enseñó en el momento debido.

Cuando un muchacho o una muchacha española se enteran por sí mismos de quién fue José Martí, qué pensó, qué perseguía con sus empeños, cuál era su conocimiento y opinión sobre España, quedan anonadados y hasta un tanto abochornados. Les bastará enterarse de que Martí dijo una y otra vez: “La guerra no es contra España ni contra el español: la guerra es contra el mal gobierno de España”, para admitir que tienen ante sí un ser excepcional, un fruto del mestizaje culturalmente  glorioso que el espíritu y la cultura española produjo en América. Dar a Martí vale por mil  colonias.

No hay, no puede haber espacio para el rencor contra un humanista que vivió en su propia sangre lo más bello, lo más puro que la Historia española ha regalado al mundo: el  amor a la libertad, y el respeto a la dignidad de todos los seres humanos.

Gastón Baquero

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