Cuba fue española hasta que Estados Unidos se empeñó en que dejara de serlo

La torpeza de nuestros últimos mandatarios, desde Aznar hasta el actual, en funciones y de perfil, nos ha alejado un poco más del que fue un país hermano

MIGUEL ÁNGEL ALCARAZ CONESA

Dos Gobiernos rompieron el bloqueo internacional al régimen franquista: el argentino y el cubano. Sí, la Cuba de Fidel Castro, por muy en las antípodas que estuviera ideológicamente. Desde entonces hasta la ‘monarquía gallega’ de Fraga Iribarne, las relaciones de España y Cuba fueron las de dos países unidos por vínculos de sangre. Pero aquí olvidamos que la diplomacia «es el arte de conseguir que los demás hagan con gusto lo que uno desea que hagan». Claro que yo también olvidaba que en tiempos de Felipe II, nuestra diplomacia se empeñó en montar nada menos que el Concilio de Trento, cima de la intolerancia religiosa que tanto denuesta el papa Francisco I.

Hasta el mismo Obama ha reconocido la impagable labor del Vaticano en el acercamiento de Estados Unidos y Cuba. ¿Dónde está España? De nuevo en Trento. Las buenas relaciones diplomáticas no significan que se tolere el maltrato sistemático de los derechos humanos, ni tolerar la prisión política, ni siquiera es un obstáculo para acoger a los refugiados que huyen de aquel régimen. Obama lo tiene claro: los Castro tienen los días contados y su régimen se marchará con ellos. Y en ese momento, quien más cerca esté, será el que obtenga mayor provecho comercial.

Durante décadas, la Cuba castrista representó la avanzada de la lucha contra el imperialismo yanqui. Se convirtió en símbolo de la resistencia del débil frente al poderoso. Así se crearon algunos grandes mitos, como el del Che Guevara. La humedad que se siente en una isla feraz y exuberante, los paisajes de ensueño de los mogotes de Viñales, de manglares y frutas tropicales, se marca claramente en las construcciones. Pero las pintadas con la imagen del Che, que yo he visto, siempre lucen resplandecientes en las pareces perfectamente encaladas. Y la canción del Comandante Che Guevara se repite hasta el empalago.

Con el tiempo y la caída del muro de Berlín, Castro se convirtió en el reducto intransigente de la asfixiante opresión de un pueblo ya depauperado, incluso con todo su reluciente comandante. El desperdicio de la inteligencia innata del cubano se pone de manifiesto en la Plaza de Armas de La Habana, como una moderna Torre de Babel, donde los guías se ofrecen al turista en todas las lenguas imperiales y coloniales. De sus grandes valedores, apenas queda Maradona. Y los cuatro presidentes sudamericanos que le hacen la ola al amojamado Fidel, tan sólo posturean. Los demás defensores de la satrapía castrista son los mismos que aún siguen abominando de nuestro antiguo régimen castrense. Sólo que éste es un pasado del que quedan pocos restos y el otro sigue siendo un presente continuo.

Tener relaciones diplomáticas no significa rechazar a cuantos cubanos vienen a España buscando un pasaporte de huida de quienes no respetan los derechos humanos. Todos tenemos conocidos cubanos o sabemos de algunos de ellos. Pero créanme si les digo que, cuando caiga el régimen, los exiliados tardarán en volver un poco más que los norteamericanos en tomar las posiciones de salida de la nueva carrera comercial. Esa guerra que de nuevo perderemos.

Mientras tanto, la Nova Trova Cubana fue sustituida por las tonadas de Bebo Valdés. Los poemas emocionadamente cantados por Silvio Rodríguez no despiertan a los héroes de Playa Girón, sino la puerta abierta al amor cuando «te doy una canción, se abre una puerta y sigo hablando para ti». De Pablo Milanés, aparte de la declaración de amor a la hermosa Yolanda, podríamos parafrasear aquélla otra: «Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago La Habana ensangrentada y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes».

Hispanista revivido.