Desde año 1895 hasta el de 1.898, es decir en tres años aproximadamente, se está dando por buena la cifra de 44.389 como número de personas que se toparon con su muerte como consecuencia del largo proceso que significó la llamada Guerra de Cuba.

Y dentro de esa cifra en una época donde se solía morir y matar en primera y única fila, sin deflagraciones atómicas, figuran como muertos en batalla 2.032 personas. Por causas de las heridas posteriores otras 1.069 más; y por calamidades de hambrunas, accidentes, vejaciones y demás malas suertes provocadas en las gentes, se contabilizaron otras 24.959 personas.

A todas ellas hay que sumar 2 fusilados por causas indirectas de la guerra, 33 que entendieron que ya habían visto suficiente y se suicidaron; más otras 15 personas que se perdieron para todo control y nada se supo de ellos.

La Gaceta de Cuba que anota con minuciosidad de investigador histórico estas cifras de personas víctimas directas de la guerra, supuesto que las indirectas no pasan de ser mero espectadores del baile guerrero y poco interesan, escribe que 16.239 personas murieron por causa directa de la enfermedad que popularmente se le denominó el Vómito: La Fiebre Amarilla.

En bastantes núcleos rurales de España, del mismo modo que todavía se evoca al lobo como una maldición para los ganados y la vida en los campos, la guerra de Cuba, la guerra del Vómito sigue, cada vez menos, en la memoria ancestral de las gentes que, por la gracia de la patria y de dios, supieron de muchas guerras posteriores, pero la guerra de Cuba sigue siendo algo que tiene en España el mismo eco pesaroso y de miedo a como lo tiene el citado lobo cuando los vecinos en las anochecidas, para combatir el calor sentados a la puerta de la casa en los veranos, o en las cosas que se cuentan al calor de la chimenea en los inviernos en aquellos lugares donde la televisión no ha logrado idiotizar a todos.

Las 16.415 personas que fueron pasaportadas para España por enfermas o heridos de guerra durante el mismo periodo de tiempo del conflicto, el lobo del vómito, aunque la España oficial se guardó mucho el ofrecer cifras a los soldados y a las gentes en general, del mismo modo que hablar del lobo por los campos era un tabú y nadie sabía los que habían o los que se mataban por considerarlo alimaña, el soldado de a pie o de caballería sabía que el temido vómito con la gente con la que se cebaba la enfermedad era con las clases de tropa, pero no sabían en qué dolor de número; aunque sí barruntaban que los generales y oficiales, siendo como era, según les decían una enfermedad que no tenía apaño de cura alguna, apenas si pasaron del medio millar los oficiales y jefes que murieron retorciéndose de dolor, siempre en una proporción muchísimo menor que las clases de tropa.

La fiebre amarilla, el vómito, y la otra enfermedad como fue el hambre, la sed y el agotamiento físico, que acabó con la vida de más de 40.000 soldados, es el doliente reflejo de los coletazos de un imperio, el español, siempre funcionando a medida de Inglaterra y Francia, y, en las postrimerías, magreándose con el yanqui; Y, sobre todos esos intereses ajenos a España, incluso sobre la propia corona española, el peso especifico del Vaticano ciego de avaricia por el dinero, que desde que mordió en el garrón inculto de España, no lo ha soltado todavía en lo económico y lo social ordenando y disponiendo de paso.

Y no deja de ser curioso que en el interior, en los pueblos distantes del mar que circunda a España y la convierte en una isla oceánica a semejanza de un inmenso convento controlado por reglas e idolatrías vaticanas, en las tierras ribereñas mediterráneas o atlánticas es donde se puede escuchar el dulzor de una habanera nostálgica; pero en las tierras de la tierra adentro, todavía se habla más del vómito que de la nostalgia cubana de la habanera; seguramente porque el vómito entendieron las gentes que era una enfermedad que sería toda la plaga que dijeran los mandos que fuera, pero el vómito donde realmente se cebaba y campeaba a destajo era en las clases de tropa que aprendieron a pasar muchos días sin beber agua, y cuando quisieron acostumbrarse porque sus mandos les decían que con el amor patrio solamente con eso se puede vivir, morían ante la indiferencia patria.

Si Puerto Rico, a la altura de 1.888, apenas si pasaban de tres mil los soldados españoles que había pisando la isla. Si Filipinas contabilizaba menos de 9.000 militares, y Cuba, para la fecha indicada, contaba en su suelo con un ejército colonial de unos 20.000 hombres, el esfuerzo y el derroche de músculos de jóvenes pobres que no podían pagar la cuota que los libraba de la guerra, fue tremendo, asolador, y se realizó en apenas diez años.

El envío de gente española pobre para una muerte anunciada, tuvo el sentido inverso de aquel añejo desembarco imperial del trapo blanco con la cruz que diezmó de enfermedad y descuido, incluido un hondo desprecio, al natural que vivía por aquellas tierras que a poco no desaparecen todos sin dejar ni uno a lo largo y ancho de aquel inmenso continente, poblado convenientemente con cifras ocultadas para que no figure entre los grandes genocidios que se han cometido en el planeta tierra. Pero, a pesar, el vómito en la España rural estará ligado en sus miedos ancestrales al lobo y a Cuba. Y, en la otra orilla de la mar oceana, como en compensación, casi todo lo que huele a español, huele a lobo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis

4 COMENTARIOS

  1. MALECÓN DE LA HABANA

    Ni aún de piedra,
    ni de ola rota
    de agua
    que llega a su final
    y fuerte empuja
    porque quiera hacerse
    Habanera callejera
    y subir hasta sus calles,
    ver la ciudad
    a todo lo largo
    del Vedado
    y La Habana vieja.

    El Malecón de La Habana
    no es de piedra,
    ni de roca de escollo
    puesta.
    El Malecón de La Habana
    está hecho de amor,
    de suspiro cierto
    e incierto;
    de promesas
    unas que las rompe el tiempo,
    y otras que al nacer,
    ya nacen muertas.

    Está hecho
    todo el Malecón
    de arriba abajo,
    de caricias,
    de labios primerizos,
    y de viejos labios
    cubanos,
    y de otros que no lo son
    pero que los hace
    habaneros
    el Malecón solito:
    el malecón de piedra,
    de mar
    y ensueño,
    centímetro a centímetro,
    palmo a palmo,
    escaparate fiel
    de toda Cuba
    entera.

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