En una misma área se siembran de forma sucesiva maíz, frijoles y tomate, para aprovechar al máximo la posibilidad de riego

Desde hace tiempo, Juan Díaz Dones perdió la cuenta de las veces que ha tenido que “reinventarse”, escribiendo en primera persona las últimas décadas de la historia del municipio donde vive. Ya no son los años en los que el orgullo de ser químico azucarero le llenaba los días de zafra en el central Noel Fernández, o el tiempo difícil y maravilloso en que se desempeñara como comercial de la fundición de ese ingenio, la misma de la que “nacían” piezas para industrias de toda Cuba. Tampoco la década en que asumiera la dirección en el municipio de la Empresa Forestal, una “responsabilidad en la que aprendí mucho, sobre todo a entender la tierra y a los hombres”.

En Minas, ese pedazo de país afincado al noreste de la provincia de Camagüey, un día Juan comprendió que había llegado la hora de volver a trazar rumbo. Fue entonces que la experiencia le confirmó lo que desde mucho antes sabía: su próxima “vida” sería como campesino.

Así solicitó aquellas 19 hectáreas de monte y malezas por las que en el 2014 casi nadie daba un centavo, pese a encontrarse a pocos kilómetros del poblado cabecera. Los días se le fueron escapando entre la batalla difícil contra el marabú y las primeras siembras de yuca y otras viandas, y los esfuerzos por asegurar el agua que preservaría tantos desvelos. Así llegaron también los primeros frutos.

Ahora defiende el policultivo. “La realidad me ha demostrado que ese es la opción más segura, se ahorra todo: terreno, agua, fertilizantes…”, dice antes de detallar que por ese camino ya ha transitado los primeros pasos de las manos de frutales como el mango, la mandarina y el limón”.

Para llegar a la finca de Juan es necesario abandonar la carretera que une las ciudades de Camagüey y Nuevitas, poco antes de la entrada que conduce a Minas. Para los lugareños esa es la zona de San Antonio, una franja de terrenos ondulados que bordea las primeras estribaciones de la Sierra del Camaján; tierras de poca agua que por mucho tiempo fueron dominadas por el marabú, el aroma o el monte.

Solo después de la promulgación de los decretos Ley 259 y 300 comenzó a desbrozarse la maraña de dificultades que cerraba el paso a la iniciativa. El otro impulso necesario llegó este año, al calor de un programa promovido por las autoridades políticas y del gobierno en la provincia, con el objetivo de incrementar la producción de alimentos. “En Minas ya hemos entregado más de 22 mil hectáreas a cerca de mil 500 usufructuarios”, apunta Jorge Luis Olivera Meneses, delegado local de la Agricultura. “Como es lógico, priorizamos las zonas más fértiles y con mejores reservas hídricas, muchas de las cuales se ubican en las cercanías de los principales centros poblacionales del municipio. Ese fue el primer paso, mas no el decisivo: en los meses venideros deberá concretarse el establecimiento de tres polos productivos destinados a satisfacer buena parte de las necesidades alimentarias del territorio y los vecinos de Camagüey y Nuevitas”.

Los incrementos productivos tienen respaldo seguro; en los últimos meses Acopio ha ampliado el volumen de sus contrataciones. La meta es que no queden cosechas en el campo, incluso si en principio no habían podido conveniarse, aseguran directivos de esa empresa.Foto: Leandro A. Pérez Pérez
Los incrementos productivos tienen respaldo seguro; en los últimos meses Acopio ha ampliado el volumen de sus contrataciones. La meta es que no queden cosechas en el campo, incluso si en principio no habían podido conveniarse, aseguran directivos de esa empresa .Foto: Leandro A. Pérez Pérez

 

Sin tierra “libre”

Como en una sinfonía, sin perder el momento justo para cada movimiento, Yosbel Amador Gutiérrez tiene “pensado” casi hasta el último detalle del futuro que le espera a su pequeña finca. Junto al suegro y un cuñado puede enorgullecerse de que en sus siete hectáreas y media no haya ni un palmo de tierra libre. “Tengo dos y media sembrada defrijol, tres de plátano macho y el resto con mango”, enumera durante un receso de solo unos minutos, “porque la ‹fresca› hay que aprovecharla”.

El día que hablé con él, una visita presidida por el compañero Salvador Valdés Mesa, miembro del Buró Político y Vicepresidente del Consejo de Estado recorría las cooperativas 1º de Mayo y Combate de Bonilla, las protagonistasde la experiencia que se desarrolla en San Antonio. A ella tributan cerca de 120 hectáreas, en manos tanto de agricultores de larga data como de arrendatarios que se incorporaron a las labores del campo hace menos de una década.

Por eso, muchas cosas todavía están por hacerse. Entre todas, pocas preocupan tanto como el acceso a la electricidad y al agua, dos “abonos” esenciales para cualquier empeño sobre los surcos.

Del primero ya se cuentan buenas nuevas. Ejecutada por la Empresa Eléctrica avanza una línea de distribución que previsiblemente llegará a todos los productores de la zona, garantizando una de las condiciones más necesarias para asentarse allí; además, de su mano se abrirá la posibilidad emplear equipos que hoy son una quimera y que mucho pudieran ayudar en la alimentación del ganado y el riego de las plantaciones.

“Es un proceso que llevará tiempo, pero lo hemos empezado con buen pie”, opina Miguel Rodríguez Gutiérrez, el presidente de la 1º de Mayo. En lontananza un pequeño embalse de alrededor de 800 mil metros cúbicos brinda seguridad ante los cultivos por venir. Su agua ya beneficia a varias de las plantaciones más cercanas a él, aunque no es la única carta que en ese sentido guardan bajo la manga los lugareños. “Aquí hay muy buena agua subterránea, solo hay que fajarse con la construcción de los pozos”, explica Miguel Rodríguez. En tiempos como los que corren, de clima cambiante e impredecible, en San Antonio apuestan por asegurarse los buenos oficios de la “Santísima Trinidad de la Agricultura”: agua, energía y un adecuado uso de la ciencia, lo demás lo dejan al correr de los días… y su propio esfuerzo.

Con todos los eslabones de la cadena El trabajo de los campesinos de San Antonio, y el de muchos otros en toda la provincia, tiene su concreción en las tarimas de los mercados, eslabón siempre conflictivo de una cadena que conduce hasta los consumidores.

La rehabilitación de los mercados es solo la cara más visible de un conjunto de inversiones que se ha extendido además al transporte, los almacenes y el resto de la infraestructura vinculada a la comercialización de productos agropecuarios.Foto: Leandro A. Pérez Pérez
La rehabilitación de los mercados es solo la cara más visible de un conjunto de inversiones que se ha extendido además al transporte, los almacenes y el resto de la infraestructura vinculada a la comercialización de productos agropecuarios.Foto: Leandro A. Pérez Pérez

 

Intentado deshacer sus entuertos, en las últimas semanas la Empresa de Acopio Provincial ha incrementado sus visitas a los agricultores —con la aspiración de que no queden producciones por contratar— y se ha embarcado en el remozamiento de una decena de mercados y placitas, principalmente en la capital agramontina.

“En ese programa se han incluido los complejos del reparto Julio Antonio Mella, que beneficia a unas 70 mil personas, y el de El Bosque de La Vigía, en el que fueron habilitados espacios para los carretilleros”, detalla Ángel Reyes Vega, director de la entidad. Otros puntos similares comenzarán a funcionar en las próximas semanas, para acercar las ofertas a la población y hacerlo bajo la premisa del orden y la mayor calidad posible de todo cuanto se comercialice.

“Falta que hacía”, opina Clara Idelisa Vega, una jubilada residente en la zona del Centro Histórico, que los fines de semana se llega hasta el mercado de El Hueco para adquirir los alimentos de la familia. “Entre los precios topados y que mejoren las condiciones de estos sitios, una tiene para agradecer. Son muchos poquitos que facilitan la vida”.

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