A lo largo de los años, la emblemática fecha de 1898 ha generado tanta lite­ratura sobre el nacionalismo español -y la respuesta del catalanismo y el vas­quismo- que han resultado ocultadas importantes implicaciones ideológicas de la dinámica antillana anteriores al fatídico “desastre”. El hecho es que Cuba fue el factor, invisible pero siempre presente, que condicionó la aparición y el pos­terior crecimiento de todos los nacionalismos contemporáneos en España.
Más que el impacto de las guerras antillanas en la Península, fue el enfrentamiento entre nacionalismo cubano y respuesta españolista lo que estableció las pautas ideológicas de radicalización que serían posteriormente repetidas en contextos metropolitanos.

bajando-la-estatua-deIsabel-IIDe hecho, en la segunda mitad del siglo XIX, el cubano fue el único nacionalismo hispánico -tanto centrífugo como centrípeto- con éxito pleno y dura­dero. Pasada la inflexión decisiva de la “Revolución española”, situada entre el establecimiento de un marco constitucional definitorio desde la metrópolis y la independencia de la “Tierra firme” virreinal en las Américas, todo proyecto nacionalista, fuera imperial, integrador o secesionista, debía ser medido, en primera instancia, por su realización práctica. En el siglo XIX, y como demostró la misma independencia cubana, fracasaron las fórmulas nacionalistas para articular una España unitaria.


En otras palabras, el nacionalismo cubano tuvo un papel fundamental -aunque por lo general ignorado en la formación de posturas nacionalistas en España.

Tanto las formas más contemporáneas del nacionalismo español como la aparición de movimientos competidores, especialmente en Cataluña y Las Vascongadas, estuvieron determinados por el modelo pionero madurado por las guerras civiles de la Gran Antilla.

Cuba fue el medio propalador de planteamientos ideológicos netamente norteamericanos hasta contagiar la política peninsular española. En un brillante ensayo de síntesis, el historiador cubano Moreno Fraginals ha explicado la dimensión española de la política cubana. En cambio, la dimensión cubana de la política española -exceptuando la dinámica económica, destacándose el rol de grupos de presión antillanos y de poderosos intereses comerciales burgueses ante la administración, con sus reciprocidades- sigue sin recibir la consideración que merece.

De hecho, las reformas liberales sagastinas, reintroduciendo y consolidando el programa de la “Gloriosa” (sufra­gio universal masculino en comicios municipales en 1882, manumisión definitiva de los esclavos en 1886, un nuevo código comercial, también en 1886, el derecho de asociación en 1887, el jurado en 1888, un nuevo código civil en 1889, y final­ mente, como culminación, el sufragio universal masculino en las elecciones legis­lativas en 1890) potenciaron una adaptación de todo el espectro político, marcado por la aparición de nuevos extremos ideológicos, más allá de republicanos y carlistas, proceso que vio aparecer los primeras grupos regionalistas y/o nacionalistas. Empezaron a circular propuestas de un encaje entre regiones y provincias en los partidos constitucionales, Io que lógicamente estimuló la fantasía de los flamantes catalanistas, “bizkaitarras” y galleguistas.En 1883, a la década de su desastre cantonalista, los federales recuperaron el aliento perdido y formularon pro­puestas estatutarias para unos hipotéticos estados catalán y gallego dentro de una anhelada federación.
 
A la muerte de Cánovas…Nueva política, pues, era cualquier cosa que abominase de las hueras generalidades del ’68 y del ’76, con lo que las adaptaciones locales de los argumentos criollos cubanos estaban precisamente al día. ¿Qué podía producir más sensación de novedad que citar a Teddy Roosevelt, protagonista simbólico de la derrota de la “vieja política” española, como hicieron gusto­sos tanto Sabino Arana como Prat de la Riba?Luego, introducir doctrina ame­ricana, ya aclimatada a los temperamentos hispanos, era también de agresiva modernidad. Y además, nadie tuvo que ser consciente de probar fuertes mixturas criollas, extrañas a los paladares peninsulares, ya que tales argumentos fueron embadurnados con las ricas salsas del romanticismo localista que se venía produciendo desde hacía medio siglo.El medio “indiano” permitió una radicalización verbal al homogeneizar su anti-españolismo con el contexto antillano, especialmente tras 1898, bajo la ocupación norteamericana y, especialmente, a partir de la independencia cubana en 1902. Finalmente, puede que los “indianos” no tuvieran mucha cultura política, pero tenían dinero, ingrediente político siempre admirable, y estaban dispuestos, con su fe idealista cubano-catalana, cubano­ canaria, etc., a financiar opciones puras, extremistas.

Así, a partir de alguna versión inicial diseñada en Santiago de Cuba hacia 1903-1904, la bandera independentista catalana se inventó en 1918 en Barcelona, siendo una simple adaptación del triángulo azul y la estrella solitaria cubanos a las barras catalanas.

Maciá llegaría a dejar que los “Catalans d’Amèrica” compartiesen el peso económico de su conspiración en los años del primorriverismo y se redactó en Cuba un proyecto de constitución independiente para Cataluña en 1928.

El separatismo canario se moldeó según patrones cubanos: su fundador empezó su labor publicista en defensa de su “patria isleña” en Tampa (Florida), con el apoyo de exi­liados de la Gran Antilla. El Partido Nacionalista Canario nació en La Habana en 1924.

El “arredismo” o separatismo gallego apareció antes en los Centros Gallegos americanos (primero en Buenos Aires, luego en Cuba, hecho visible en los años veinte), que en Galicia.

Los Centros Vascos igualmente fueron influ­yentes en el sustento ideológico de la facción “aberri”, la más radical y sabiniana dentro del conjunto nacionalista vasco, durante la Dictadura primorriverista.

Las analogías entre las actitudes ideológicas nuevas centrifugas a la Península y las vie­jas pendencias insulares, por lo tanto, eran evidentes para todos los contemporáneos, aunque también hubiera quien las minimizara justamente por esta razón.

En resumen, la historiografía ha seguido pautas ideológicas preestablecidas, buscando exclusivamente los orígenes de los nacionalismos hispánicos en dinámicas interiores, aisladas para cada caso. Y las influencias ideológicas externas se han buscado con inconsciente criterio eurocentrista. Pero el españolismo no nació en Madrid, ni fue producto únicamente de las guerras civiles peninsulares que debatían la organización interna del Estado. Y los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos y canarios aprendieron su recurso dialéctico a la autodeterminación de los “mambises” que la ejercieron, mediante la guerra civil, en la Manigua cubana.

 
Bibliografía

E. Prat de la Riba, La nacionalitat catalana (1906), Barcelona, 1934, pp. 192-194.
J. Crexell: Origen de la bandera independentista catalana, Barcelona, 1984.
127. V. CASTELLS: Catalans d’Amèrica perla independència, Barcelona, 1986
128. M. Suarez Rosales: Secundino Delgado. Vida y obra del padre del nacionalismo canario, Santa Cruz de Tenerife, 1986
129. X. M. Núñez Seixas: 0 galeguismo en América, 1879-1936, La Coruña, 1992

 
Resumen:
ENRIQUE  UCELAY-DA CAL ©  Ediciones Universidad de Salamanca, Stud. hist., H.J cont., 15, pp. 151-192

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