Cubano contra cubano: No al acto de repudio

Armando Chaguaceda

HAVANA TIMES — Lo que en Cuba se conoce como acto de repudio constituye, por sus implicaciones antisociales – en toda la terrible magnitud del adjetivo- una innovación perversa del estalinismo tropical.

Bajo su guion, simples ciudadanos y agentes de civil son movilizados para acometer el linchamiento personal, moral y cívico, de algún ciudadano insumiso. Lo han sufrido poetas y periodistas, líderes comunitarios y familiares de presos políticos.

Se trata, como indica un agudo colega, de un acto esencialmente cínico y abusivo, pues quien realmente repudia es el Estado-gobierno utilizando, en condiciones de impunidad y ventaja, a unos ciudadanos contra otros. Es una iniciativa oficial, que se diferencia de las protestas espontáneas de ciudadanos que rechazan, en cualquier país del mundo, las tropelías de un político impopular o un empresario corrupto y que emula con tácticas similares a las dictaduras de Somoza, Noriega y Pinochet.

El Estado cubano tiene un largo antecedente de utilización de estos recursos contra sus críticos, de dentro y de fuera. Incluso los ha empleado contra gente que no le combate, sino que elige, en algún momento, abandonar la utopía.

Durante los 80, en plena crisis del Mariel, la máxima dirección del país empujó a unos cubanos contra sus vecinos que querían abandonar el país. Insultos y golpes, piedras y huevos contra las personas y sus casas, marcaron más de una vida con el fardo terrible del trauma -piénsese en los niños que presenciaron o sufrieron esos actos- , el dolor y la vergüenza. Una amiga incluso perdió su vecino, víctima de un infarto, en medio del acoso incivil.

Mi familia -como muchas- pese a identificarse como revolucionaria y seguir a Fidel, declinó participar en esas turbas fascistas. No solo eso. Recuerdo que, por aquellos tristes días, iba a mi casa un compañerito del colegio, un chico tímido y de escasos recursos, cuyos padres estaban marcados como desafectos al proceso.

Hace poco esa persona me reencontró en Facebook y en su mensaje, lleno de vividos recuerdos, agradecía los instantes de felicidad que encontraba al jugar por las tardes en mi casa, con los juguetes que no tenía y el amigo que le negaban.

Hoy mi amigo, como yo, salió de Cuba y vive en el extranjero. También allende las fronteras residen cientos de miles, millones de compatriotas, cuyas remesas ayudan a sobrevivir a sus familias que dejaron atrás. Antes eran gusanos, hoy se les llama compatriotas emigrados. Aunque no pocos de ellos son, en realidad y dejando los tecnicismos, exiliados de un modo de ser y vivir, que huyeron de un país donde se penalizaba el pensar diferente, la organización autónoma, incluso el creer posible realizar, con criterio propio, las metas siempre cambiantes de la Revolución.

Pasan los años, cambian algunas cosas, pero la naturaleza y realización de tales actos no termina. Incluso se ha producido una transnacionalización del repudio, cuando las embajadas cubanas organizan, con la colaboración entusiasta de algunos jóvenes ingenuos- que creen estar, realmente, combatiendo al imperialismo- y el concurso experimentado de viejos estalinistas, semejantes vergüenzas en foros culturales y sociales de otros países. Sirvan, de botón de muestra, las realizadas a la bloguera Yoani Sánchez y las recién ocurridas en los Foros de la Sociedad Civil de la Cumbre de Panamá, ante la presencia de opositores.

Pero lo peor sucede cotidianamente en casa. La última muestra de la manipulación política del Estado cubano -y de los precarios niveles de información y civismo de un sector de la población- es un video (abajo) en que vecinos del barrio de Miramar, de La Habana, piden a las autoridades intervenir para que terminen con las marchas dominicales de las Damas de Blanco. Todo bajo el argumento de que afectan la convivencia y circulación en el barrio, la moral pública y la educación y estabilidad de sus niños.

Son las mismas autoridades que no tienen escrúpulo en llevar niños a “actos de repudio”, exponiéndolos a la violencia física y emocional. Los mismos vecinos que no le reclaman al Estado cuando sacan a sus hijos de las aulas, pero ahora ejercen un derecho de petición para negar el derecho a manifestación a otros compatriotas, igualando a represores y reprimidos y llamando al primero a seguir castigando a los segundos.

Pero lo peor es la actitud de la psicóloga en Panamá, quien tras un lenguaje aséptico termina avalando esta burda maniobra. Porque (sin negar su responsabilidad) son mayormente gente humilde y seguramente manipulada… la segunda es alguien que, por niveles de formación e inserción social, conoce bien los efectos perversos de sus palabras. Por suerte a Cuba la habita y representa mucha gente con decoro, pero mientras haya personas de a pie y, sobre todo, intelectuales que se presten para estas maniobras, cualquier idea de un país decente se va por la cloaca.

El trasfondo de esa tragedia es sencillo: si en Cuba rigiera un Estado de Derecho, tanto quienes apoyan cómo los que adversan al gobierno podrían hacer sus marchas, de forma pacífica y bajo el cuidado de las autoridades. Si no sucede es porque nuestro sistema político no encarna modelo democrático alguno; ni liberal-representativo, ni popular-participativo. Sino, simplemente, un modo de administrar, sin contrapesos ni ratificaciones ciudadanas, el enorme poder que una masa esperanzada depositó, hace más de medio siglo, en un puñado de caudillos. Pero no estamos condenados a ser así.

Así, por ejemplo, imaginemos que aquellos que defienden “al proceso” –que sí existen y tienen sus razones para hacerlo- podrían marchar, por ejemplo, por Paseo para llegar a la Plaza de la Revolución; mientras que los disidentes se les respetarían el derecho a hacerlo por la 5ta avenida. Cuando eso pase, presumo se responderían algunas interrogantes.

¿Derriba una simple marcha a un gobierno que presume de tener un masivo apoyo popular? ¿Está capacitada la policía cubana para jugar el mismo rol -regulatorio y no represivo- que las fuerzas de orden público de gobiernos amigos -como Argentina o Ecuador-, ante manifestaciones ciudadanas? ¿Se comprobará que esos rostros que aparecen, una y otra vez, vociferando en los actos de repudio, son simples cubanos de a pie, que sortean la agonía de cazar alimentos y transportes para ir a apoyar a su gobierno? ¿Quedaría demostrado que los opositores son apenas un puñado de “mercenarios y agentes del Imperio”?

Sueño con el día que, sencillamente, cada compatriota y simpatizante foráneo de eso que aún algunos llaman la Revolución, rechace prestar sus cuerpos y palabras para semejante práctica fascista, dentro y fuera de mi país natal.

Recuerdo aquel poeta, negro e irreverente, que, en un foro organizado por varios colegas en una institución cultural habanera, levantó aplausos al denunciar los actos de repudio como una vergüenza de nuestro proceso.

Lamentablemente, aquellos aplausos no se convirtieron en decálogos o axiomas para buena parte los presentes, que hoy miran a otro lado mientras estas cosas ocurren. No se trata de comulgar con una u otra ideología; de militar en la oposición o abandonar el oficialismo. Es tan solo decir NO, de una vez y para siempre.

Porque, en definitiva, el acto de repudio –así como toda maniobra para su legitimación y enmascaramiento- es una forma de dominación que deshumaniza, compromete, tuerce almas y pone un dique al reencuentro con la civilidad.

No hace falta inmolarse; simplemente no sumarse, sentir que nuestra renuncia hace la diferencia. Cuando la gente decente y pensante, de cualquier credo y filia, se niegue a avalar tan miserable proceder, la nación cubana y sus aliados globales habrán dado un paso de avance civilizatorio.

En Cuba, en todo este tiempo, ha habido ciudadanos de a pie cuya ética –cristiana, vecinal, revolucionaria- le ha impedido convertirse en lumpen, en lobo del prójimo. Mientras más gente decente y pensante, de cualquier credo y filia, se niegue a avalar tan miserable proceder, la nación cubana estará dado un paso de avance.

Hispanista revivido.