En España, en la madre patria, hay dos momentos anuales en los que se mide la eficacia o no de la posesión de los medios de comunicación para incidir en la opinión pública respecto a los santos dineros para mantener la fe.

El cristianismo Europeo, el que tomó capote en Constantinopla y después se trasladó a Rávena en Italia una facción que, poco a poco, fue hasta más rica que la mamá o rama oriental de por allá por el citado oriente europeo, aquel cristianismo estaba obsesionado con algo tan sumamente bárbaro de cegar, quemándoles los ojos, no solo a sus enemigos, sino a cualquier rival que se interponía en un destino de los nacidos para eso, para ser destino, pero final ni principio de nada.

El cristianismo de Ravena que después pasó a Roma, como al principio pasó mucha hambre, le tomó el gusto a la pira de leña y a quemar en ella cualquier persona que se le oponía y, de paso, por asociación de ideas, seguramente les levantaba el apetito a los miembros de los amplios tribunales que se reunían ante una fiesta tan interesante como era y es, la quemar o bombardear al opositor.

Salvadas, someramente, ambas cultas bases de implantación, los dos cristianismos se unieron en un gusto común: el amor al dinero, y el odio publicitario, de boca para afuera, a todo lo que oliera a homo, incluida la homosexualidad, de la que aparentan huir más que los perricos callejeros a los gayaos.

Implantado en los pasillos cortesanos donde se garantizó el escalafón y la nómina, el clero, generalmente regido y dirigido por manos de viejos que hicieron y hacen gala a un hecho abundante en la vejez como es la tacañería y el acaparamiento, lleva centurias haciéndolo; y con una mano piden o cogen sin más, y con la otra guardan y acumulan hasta extremos de que se le pudra lo almacenado.

En lo que se puede denominar como la América católica vaticana, gracias sean dadas a España principalmente y en segundo lugar a Italia y Portugal, la injerencia en lo cotidiano es tan sumamente tremenda, que lo que en realidad injiere en la sociedad denominada cristiana, es la llamada sociedad laica, que aspira a serlo y, hasta ahora, no lo ha logrado ni camino lleva de ello.

La madre patria España, que en todas esas cosas de forjar y cuajar los sectarismos es un primor y uno pozo de sabiduría, al margen del malabarismo económico de haber sido un amplio imperio en tierras y recursos y terminar sus gentes de la calle descalzos o en alpargatas, ahora, cuando podía tener perfectamente en lo económico recursos para una calidad de vida distributiva y pareja entre sus gentes, le está pasando, nos está pasando, lo mismico que le pasó a la España imperial.

Y si todo lo expoliado cuando el imperio se lo merendó enterito el clero vaticano, directa o gracias a sus grandes proposiciones que les trasmitía en una rara frecuencia el titilar de las estrellas, ahora el clero vive a cuerpo de rey, emérito y de los otros, no por el hecho de que le sobre dinero para mover autobuses advirtiendo de la gran verdad evangélica, salvo si se es ángel o arcángel, que en esa grande y preocupante interrogación todavía estamos, de que o se tiene cuca o se tiene chiche, minga o concha, según latitud, longitud y lugar, sino porque le sobra dinero para tener sus propias emisoras de radio, sus medios de comunicación, sus mandos en paraísos fiscales como Andorra, sus abrigos seguros para el capital en la Banca Vaticana, y, para evitar problemas, su no injerencia en la pobreza y desigualdad del mundo que esa actividad se la deja a los ilusos que quieran que exista un mundo mejor.

En España, en la madre patria, hay dos momentos anuales en los que se mide la eficacia o no de la posesión de los medios de comunicación para incidir en la opinión pública respecto a los santos dineros para mantener la fe.

Un momento es cuando la equis a poner o no, en la declaración obligatoria de la renta de los españoles, cuando todo un ministerio de España se pone anticonstitucionalmente al servicio recaudatorio del clero. Y el otro momento, es hacer legal de boquilla y popularmente la ilegalidad anticonstitucional de utilizar el dinero público, las estructuras de dominio público, en sacar a la calle los desfiles procesionales, que como los huracanes cuando vuelven a la mar, se potenciaron a tope con el franquismo como si fueran bienes de interés cultural y económicos para toda las comunidades españolas a la vez, mediante el don de la ubicuidad y la multiplicación de los seguidores de los citados desfiles.

Hace ya algunos años, haciéndome pasar por un auténtico y ferviente meapilas español, en conversación que mantuve con un jovial y parlanchín cubano, le eché en cara su escaso agradecimiento a una España a la que le debían en Cuba el gran regalo de la religión.

Recuerdo que dejó el café sobre la mesa del lugar en el que estábamos platicando, y más o menos me contestó:

¿Y por qué te crees que os echamos…? ¡Comemieldas!

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

2 COMENTARIOS

  1. LA ESPAÑA DE AQUEL ENTONCES
    En olor de cirio requemado
    que decían ser costumbres
    por las tierras magras
    de aquella España
    que llegaba el luto por olas
    a las casas,
    sin mar de negro,
    sin playa negra,
    sin aguas negras.

    Lo blanco,
    en la cal,
    enjalbegando una y otra vez
    las casas,
    siguiendo el enjalbegado moro,
    o hispano ibérico anterior
    en dichos históricos que engañan,
    para evitar que en tejidos de negro
    se rompieran los pueblos de España,
    en aquel negro oscuro
    de la casa cerrada
    con las puertas y las ventanas
    trancadas
    y el luto y el negro
    corriendo por los pueblos
    de España
    a oleadas.

    Se ahogó casi todo
    en la triste tristeza honda
    de gente que no quería el luto,
    que quería vivir y no la dejaron,
    poniéndole un crucifijo delante
    o una ristra de ajos,
    para el cura,
    al cacique,
    le daba igual,
    el caso era en lo negro,
    someterlas.

    Decían que eran costumbres,
    mala gente,
    gentes malas,
    que recorrió en oleadas negras,
    uno a uno todos los pueblos blancos,
    enjalbegados del blanco caleño
    de España,
    mala, malas gentes
    que llenaron de luto
    y crucifijos de oro y plata,
    España.

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