Desde hace cuatro años es necesario  rogar el voto para poder ejercer lo que la Constitución define como un derecho básico de cualquier ciudadano mayor de edad

 

La historia se repite, primero como tragedia y después como farsa. La frase es de Karl Marx. Lo que no sabemos, porque don Carlos no lo especificó, es si a partir de la segunda repetición la farsa se convierte en algo todavía más burdo. La historia, en el caso que nos ocupa, se remonta al año 2011, cuando el Partido Popular y el Partido Socialista llegaron a un acuerdo para mofidicar la normativa que permite a los ciudadanos españoles ejercer su derecho al voto desde el extranjero. La farsa es lo que viene todo después.

Desde hace cuatro años es necesario  rogar el voto para poder ejercer lo que la Constitución define como un derecho básico de cualquier ciudadano mayor de edad. La elección del verbo que da nombre al mecanismo no es casual. Es un ruego, literalmente. Hay que rogar al consulado, a la Junta Electoral Provincial, a la web del Instituto Nacional de Estadística y al servicio de correos. Hay que rogar mucho, atravesar océanos de trámites y cruzar los dedos.

Dependiendo de su situación en el país elegido para la huida el ciudadano debe gestionar su derecho al voto en el consulado más cercano, a través de internet o a través del correo postal. El proceso varía en función de cada caso caso concreto. Si uno está registrado en el consulado como residente temporal o permanente -la diferencia es que en este último caso el ciudadano habrá perdido la tarjeta sanitaria española- el consulado le hará llegar a su domicilio una carta en la que le informará del procedimiento a seguir para rogar el voto.

Acercarse hasta el consulado puede ser un problema si uno vive en países de extensión continental como Australia, Canadá, Estados Unidos, Brasil o Argentina. También, sencillamente, si uno tiene que trabajar o no dispone de tiempo para desplazarse. Si es la primera vez que uno vota desde el exterior y lleva poco tiempo fuera de España puede dar por segura la desinformación. En ese caso conviene acudir a colectivos como Marea Granate, una plataforma de emigrados que realiza la labor de información que debería corresponder al Ministerio de Exteriores y a los consulados.

Supongo que han visto la escena inicial de El Padrino, cuando el enterrador Amerigo Bonasera va a ver a don Vito Corleone para pedirle un favor personal. A don Vito le molesta que, para resolver su problema, Bonasera acudiera primero a la policía. El pobre enterrador, sudando como un caballo en la feria, se justifica: actué como un buen americano. Eso es justamente lo que hace uno la primera vez que tiene que rogar el voto: una va al consulado como buen americano y descubre que es español. La referencia a la mafia es casual.

Las trabas son conocidas y se repiten elección tras elección, la última vez hace solo seis meses. No ha habido, hasta ahora, ningún intento por enmedar una ley que lleva vigente cuatro años. Quienes promueven y han promovido este sistema, que lima un derecho fundamental, deberían explicar públicamente por qué

A mí primero me explicaron que tenía que registrarme como residente temporal y una vez completado el trámite me dijeron que, ya es mala suerte, el plazo para rogar para residentes temporales había terminado justamente la semana anterior. Al resto de compatriotas, que habían ido a lo mismo que yo, les hicieron rellenar un formulario idéntico y luego les dieron la misma respuesta. Esto ocurrió en Zúrich, ignoro si la norma de dar largas al votante se aplica con la misma eficacia en otras oficinas consulares.

Así que la segunda vez uno se decanta por la vía electrónica. Internet. Piénsalo: redes de fibra óptica, posibilidades infinitas, una herramienta de comunicación como la humanidad jamás ha conocido, capaz de conectarte en décimas de segundo con cualquier lugar del planeta. Conviene armarse de paciencia porque casi nunca se consigue a la primera. A veces tampoco a la decimoquinta. El ciudadano entra en una página web de la Administración y se topa con un jeroglífico de comunicaciones cifradas, certificados digitales y configuraciones óptimas del navegador que, en muchos casos, terminan por hacerlo desistir y confiar su suerte al viejo sistema postal.

Un sobre y un sello y unas fotocopias, todo eso en pleno siglo XXI. Un paseo hasta el buzón y un beso de despedida, adiós derechos fundamentales, dad recuerdos en el país y volved a tiempo. Decidle a los muchachos de la Junta Electoral Provincial que se den prisa con la respuesta. Una vez realizados los trámites, sea por vía consular, telemática o postal, solo queda esperar a que la documentación llegue a tiempo. Después hay que certificar el voto y volver a enviarlo por correo. Y esperar, otra vez, que llegue a tiempo.

Las trabas son conocidas y se repiten elección tras elección, la última vez hace solo seis meses. No ha habido, hasta ahora, ningún intento por enmedar una ley que lleva vigente cuatro años, a pesar de que en la última campaña electoral, tanto el PSOE, que apoyó en su día el cambio, como Ciudadanos y Podemos se comprometieron a modificar la normativa. Pena de legislatura en funciones. Entonces, en diciembre, solo un 6 por ciento de los emigrados pudo ejercer su derecho al voto. Antes del sistema de ruego la participación era del 35 por ciento. Las cifras son elocuentes. Y quienes promueven y han promovido este sistema, que lima un derecho fundamental, deberían explicar públicamente por qué.

Quedan dieciocho días para las elecciones. Y aquí seguimos, esperando.

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