Foto: Cecilia Borge Betancourt. Londres 1961.

París, 8 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Cecilia es una gran dama cubana: culta, refinada, calurosa, simpática, siempre dispuesta a ayudar a los cubanos disidentes que han llegado a París o Londres. Es una señora cuya formación data de antes de la creación del homo novus cubensis. Cuando hablo con ella me parece estar haciéndolo con mi querida tía Tanita, ambas son símbolo de distinción cubana. Le pedí su testimonio y hoy lo recibí. Te ruego que lo hagas circular entre los amigos y familiares de nuestra querida y lejana físicamente San Cristóbal de La Habana.

“Mi nombre de soltera es Cecilia Borge y Betancourt. Lo sigo utilizando cuando me es posible. Vivía en la Avenida Paseo, cerca de Calzada, en el barrio de El Vedado. Pertenecíamos a la llamada clase media cubana.

En 1957, en la fiesta de cumpleaños de mi gran amiga María del Carmen, me presentaron a un invitado excepcional. Era un joven y apuesto ingeniero inglés que hablaba muy bien el español. Casi enseguida me pidió que lo acompañara a conocer La Habana, pues no tenía quien lo guiase. Acepté de inmediato, paseamos por toda la ciudad y… nos enamoramos.

Como ingeniero del petróleo tenía un contrato de trabajo en Venezuela, desde donde reclamaban urgentemente su presencia. Nos despedimos en el Aeropuerto José Martí y pensé que aquel adiós sería definitivo. Sin embargo Robert me escribía dos veces por semana y me llamaba por teléfono cada noche, al punto de indisponer a mis padres.

Tres meses después aprovechó un fin de semana para regresar a La Habana y con la ayuda de un notario nos casamos rapidísimo, pero tuvimos que viajar por separado hacia Venezuela, porque yo no tenía pasaporte y tuve que esperar a que me lo hicieran. Cuando al fin llegué a Caracas, nos instalamos en una bella residencia. Tuvimos el placer de conocer a un grupo de refugiados cubanos que habían huido de la dictadura de Fulgencio Batista.

En la capital venezolana conocí a un señor de origen checo que tenía una librería donde también se podía comprar la prensa internacional. Un día conversamos sobre la Revolución que se preparaba en Cuba y, con su gran experiencia de judío escapado de las persecuciones nazis me dijo: ‘ese Fidel que está en las montañas cubanas es un pequeño Hitler.’ Yo, joven estúpida, digamos inexperimentada, me enfurecí contra aquel hombre, mientras él sonreía al escuchar mis argumentos.

También conocimos a un hombre de negocios griego, amigo de Onassis, el cual nos advirtió: ‘ese Castro es comunista.’ Fue otro que me inspiró una especie de odio ciego por considerarlo como calumniador.

En Caracas ayudábamos económicamente al grupo de refugiados, pues sólo uno de ellos había conseguido trabajo y pocos recibían ayuda de sus familiares desde Cuba.

Al fin, el 1° de enero de 1959 Batista huyó a la República Dominicana y los barbudos bajaron de las montañas. Celebramos el triunfo de la Revolución con gran alegría en compañía de nuestros compatriotas y amigos venezolanos.

A mediados de enero fuimos a Cuba en compañía de algunos compatriotas. Ellos regresaban definitivamente, o así lo creían. Mientras que nosotros íbamos a celebrar el Triunfo de la Revolución, pero debíamos regresar pronto a Caracas.

En La Habana nos hospedamos en el Hotel Hilton, el cual estaba lleno de jóvenes barbudos. La mayoría eran iletrados y sólo hablaban de armas de fuego. Una noche hubo un tiroteo en una habitación de nuestro piso. Nunca supimos lo que ocurrió. ¿Se le disparó una ametralladora a alguien o se cometió un asesinato? Decidimos irnos al Hotel Nacional, que era mucho más tranquilo y todavía era frecuentado por turistas extranjeros.

Casi todos nuestros amigos y familiares estaban contentos con el triunfo revolucionario y la caída de la dictadura batistiana. Sin embargo a mi padre le inquietaba la verborrea de Castro. Le dije: ‘papá es normal que hable mucho, eso se debe al entusiasmo y a la exaltación que le procura la victoria revolucionaria.’

Clemencia, la madre de mi amiga María del Carmen era profesora de inglés en una importante institución habanera. Además era una mujer muy inteligente: Ella me dijo: ‘nuestro porvenir es un enigma inquietante.’ Nunca he podido olvidar esa frase.

También un amigo que había luchado en el Segundo Frene del Escambray me confió textualmente: ‘alégrate de vivir fuera de Cuba porque las cosas no se presentan como esperábamos. Creo que la democracia ha sido una ilusión.’

Sin embargo, no todo el mundo era pesimista como mi padre y mis dos amigos. En La Habana tuvimos un buen contacto con Raúl Roa, con el economista Regino Boti y con otros personajes importantes que habíamos conocido en América del Sur y que habían sido nombrados ministros por Fidel Castro, aunque durarían poco tiempo en sus puestos.

Sólo un año después, ya decepcionados por el camino que tomaba la Revolución, regresamos a La Habana para visitar a mi familia. Nos enfrentamos a la terrible realidad: a Clemencia le habían quitado el puesto de profesora con la justificación de que en Cuba no se necesitaba el inglés. La habían ubicado como maestra de escuela primaria; donde tenía que enseñar un alfabeto que comenzaba por “F” de Fidel y “R” de Revolución.

A nuestros amigos de la familia González les quitaron su bella casa propia, por encontrarse en una nueva ‘zona militar’. Los instalaron en una cuartería en Centro Habana. Miguel González se suicidó. A nuestro amigo Tulio lo condenaron a varios años de cárcel por haber comprado dólares. Habían fusilado a Alberto, era joven íntegro que había luchado en el Escambray.

Salimos de Cuba hacia Londres sin ánimos y durante más de medio siglo solo hemos recibido malas noticias de la Isla del Dr. Castro: fusilamientos, cárceles llenas de inocentes, un pueblo hambriento, etc.

Mi país está en manos de dos individuos que se han hecho llamar presidentes sin haber sido jamás elegidos: un demente con ínfulas de emperador que sólo sueña con nuevas guerras y un alcohólico que lo sigue como perro faldero.” Cecilia Borge Betancourt.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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