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 Al servicio de los españoles de Cuba

Revive el Diario de la Marina para luchar por lo que siempre luchó y por lo mismo que murió: defender los intereses generales y permanentes de los españoles de Cuba, la Nación y la Hispanidad. Su entierro simbólico en 1960 –apoyado por lo más preclaro de la inteligencia nacional cubana-, indicaba a todos los que eran capaces de verlo, que el viraje del castrismo hacia la extrema izquierda, apoyado por Moscú cerraba por largo tiempo las puertas a la democracia.

Pero su fallecimiento produjo una daño colateral que nunca ha sido bien ponderado: La próspera colonia española que él representaba también despareció, abandonada a su suerte por España.

Luego, una vez que se hizo evidente la dirección totalitaria del actual gobierno y que fueron nacionalizadas sus propiedades, los que pudieron (como fue el caso del último director de este periódico José Ignacio Rivero, fallecido en 2011) marcharon al exilio. El resto tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones impuestas por el régimen. Sin dirección ni guía, terminaron olvidando quiénes eran, sin por ello llegar a fundirse totalmente en la nación cubana en construcción.

Pocos regresaron a España. Igual que ocurrió a mediados del siglo XIX, en 1959 Cuba era mucho más próspera que su antigua Metrópoli. Los españoles de la isla se asentaron pues en los Estados Unidos, marcando el sur de la Florida con esa mezcla –única- de valores hispanos y pragmatismo anglosajón que caracteriza a todos los habitantes de la Gran Antilla.

Sin embargo la Ley de la Memoria Histórica, o de abuelos, les ha devuelto las esperanzas a aquellos que se quedaron detrás. Tras casi medio siglo de silencio, España les vuelve a tender la mano, reconociendolos como ciudadanos españoles. Es un primer paso, insuficiente, pero que debemos saludar.

No obstante, un pasaporte no hace a un ciudadano. Los españoles de Cuba hoy son 300 mil personas ignoradas no sólo por el régimen cubano sino también y, es lo que nos parece más doloroso, por el gobierno español. El voto rogado, sumado a las infraestructuras inadaptadas de telecomunicaciones y viales de la isla, vuelve imposible el ejercicio de los derechos civiles que les corresponden.

Las empresas españolas que tienen licencia para hacer negocios allí ignoran  a estos compatriotas y, en vez de abrirles las puertas para mejorar sus difíciles condiciones de existencia, prefieren reclutar trabajadores en otros lugares del mundo.

Por otra parte, los contratos de otra época firmados con La Habana, impiden a los nacionales de ultramar el acceso a salarios y condiciones de trabajo dignas de lo que realmente son: ciudadanos españoles.

Los españoles de Cuba no pueden ejercer sus derechos como cubanos pero sí pueden hacerlo como espanoles que son. Si llegaran a organizarse en alguna formación política podrían exigir a través de sus representantes leyes que observasen el cumplimiento de sus derechos. La primera debería ser que las empresas españolas radicadas en la isla les beneficiasen -o al menos les tuvieran en cuenta- a la hora de seleccionar y contratar su empleomanía.

Por estas y muchas otras razones que iremos desarrollando en el futuro, renace este periódico que aspira a ser lo que siempre fue: el líder de los diarios en Cuba; pero queremos también conseguir que se convierta en el garante informativo de la hispanidad en América.