En 1959 el 10% de la población de la isla (600 mil personas)  era española. Hoy, sólo 200 mil personas (3%) han recuperado la nacionalidad. ¿Dónde está los que faltan?

La idea de que las guerras separan a los pueblos parece ser una certeza histórica que, en el caso de las relaciones de Cuba con su antigua metrópoli, España, se rompe para dar paso a un largo camino de vínculos muy particulares. La historia de estas relaciones es aún muy cercana si tenemos en cuenta que todavía no hemos conmemorado el primer centenario de la independencia de las últimas colonias españolas, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, a lo que es tan adicto nuestro siglo.

En 1898 salió de la otrora “siempre fiel isla de Cuba” el vencido ejército español, llevándose ese conocido lamento ya convertido en frase hecha de «más se perdió en Cuba…». Atrás quedó una sociedad íntimamente ligada a España por los estrechos lazos familiares, renovados continuamente por la emigración masiva de las dos últimas décadas del siglo XIX. La Real Orden de febrero de 1880, que canalizó la emigración hacia Cuba después de la independencia del continente, solicitaba del Círculo de Hacendados cubanos que colaborara tanto en sufragar el pasaje como en facilitar trabajo a todos aquellos españoles que decidieran trasladarse del resto de los países latinoamericanos a la isla.

Las cifras son elocuentes para comprobar el efecto de esta medida, puesto que, entre los años 1882 y 1894, arribaron a Cuba de 250.000 a 300.000 españoles. Puede ser un dato ilustrativo el que, en este tiempo, el 12% de la población de la isla había nacido en España, y el 20%, o sea la cuarta parte de los habitantes de la capital, La Habana, eran españoles.
Con el final del gobierno colonial, la situación no varió grandemente. Una vez iniciada la nueva república, en 1902, el primer presidente de Cuba, Tomás Estrada Palma realizó una política de «blanqueamiento», propiciando la emigración de personas de raza blanca. En virtud de este decreto, la población blanca, que hasta ese entonces era ligeramente

minoritaria, pasó a ocupar las tres cuartas partes del total en tan sólo una década, con la avalancha de emigrantes españoles, fundamentalmente asturianos, gallegos, catalanes y canarios, que se dedicaron a labores relacionadas con el comercio y los servicios y otras de tipo productivo en los cultivos de café y tabaco.
De esta manera, Cuba continuó siendo el destino antillano por excelencia de la emigración masiva. En el quinquenio de 1902-1906 arribaron 142.052 inmigrantes y de éstos, 121.702 eran españoles. La mayor cifra se alcanzó en 1920, año de bonanza de la zafra azucarera, en el que llegaron a la isla 94.294 españoles. De hecho, en 1936, una vez concluido el período de la emigración masiva, los españoles poseían en Cuba casi 43.000 negocios, de los que el 50% eran comercios textiles, el 30% bodegas, fondas y cafés, y el 10%, almacenes, fábricas especializadas y empresas diversas.

En los años treinta se inició el declive de esta emigración que viajaba atraída por el valor del azúcar y el constante aumento del ingreso real per cápita de esos años. La economía se estancó, al recuperarse del conflicto mundial los países azucareros europeos y producirse el consiguiente descenso de los precios en los mercados internacionales.
No obstante, la proporción de residentes españoles en Cuba, aunque no se incrementó, tampoco varió, de tal manera que en 1959, al triunfo de la revolución castrista, un 10% de la población total era española y conservaba sus hospitales, instituciones y casinos, convertidos en centros de reunión de la sociedad cubana en general. Quizás este largo camino explique que, aún hoy en día, Cuba sea el país más español de América Latina.

A lo largo de la primera mitad de este siglo, las relaciones entre los dos países se caracterizaron por el divorcio de los vínculos gubernamentales y el trasiego migratorio entre ambos pueblos, pasando por alto que no se estableció embajada española en La Habana hasta finales de los años veinte.

Texto de cuadernos hipanoamericanos N° 544, 1995

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