(De aquellos polvos vienen estos lodos, nota mía)

En buena compañía

Habíamos quedado en que, para cierta gente impulsiva y atrabiliaria somos “enemigos de los cubanos” grave sensación que no prueban pero que propalan y repiten, hasta quedarse afónicos, los que, sin más título que su despreocupación, hablan en nombre de Cuba, de la cual se dicen únicos y exclusivos representantes.

En fuerte aprieto se pondría a los que tal inexactitud aseveran si se les exigiese que señalasen los dichos o los hechos por los cuales nos hemos hecho acreedores de calificativo semejante. Porque, ¿cuándo ni en dónde nos hemos declarado partidarios de tal o cual tendencia contraria, no diremos a los cubanos, pero ni aun al ideal separatista? ¿Hemos dejado de inscribimos en el registro de españoles para utilizar contra la independencia el voto a que hubiésemos tenido perfectísimo derecho? ¿Hemos pedido la ciudadanía americana, para obtener las grandes ventajas que nos hubiera proporcionado el amparo de nación tan poderosa? ¿Hemos recomendado a nuestra colonia que trabajase por éstas o por las otras soluciones? Pues si nada hemos hecho en tal sentido, ¿por qué se nos moteja de hostiles a las espiraciones revolucionarias?

Es, según parece, que no nos abstenemos de censurar lo que juzgamos digno de censura; y que al fustigar ciertos abusos y al protestar contra ciertos atropellos, lastimamos la delicada epidermis de los que, a falta de mejor causa que defender, se han erigido en defensores de los excesos del populacho y de las demasías de la prensa vocinglera.

Tal es la causa de la enemiga que contra Cuba se nos atribuye. Fuéramos sordomudos y la isla semejaría balsa de aceite, por lo tranquila y sosegada. Pero se nos ocurre preguntar: ¿es que somos nosotros los únicos que censuramos determinados abusos y que levantamos indignada protesta contra esa política de represalias y de odios que pretende asumir la representación de la grey revolucionaria? No por cierto; antes al contrario, cada vez que nos vemos en el caso de censurar un atentado cualquiera de la intransigencia reinante, nos encontramos con que a nuestro lado, abundando en las mismas ideas y repitiendo las mismas censuras, está una brillante representación de los elementos revolucionarios; y no de aquellos que guardaron sus bríos y su belicoso humor hasta que se suspendieron los hostilidades, sino de los que demostraron en la manigua tasto arrojo y abnegación como sensatez y nobleza de sentimientos están ahora demostrando.

Nos quejamos amargamente de la disposición arbitraria del señor Alcalde prohibiendo la bandera española, y junto a nosotros están Lacret, Quintín Banderas, Rafael Gutiérrez y muchos periódicos de provincias dirigidos por otros tantos revolucionarios de legítimo abolengo. Defendemos a un sacerdote a quien las turbas de Alquízar querían aplicar la llamada justicia popular, y el coronel Acea viene a darnos la razón y a confundir a los que hacen del patriotismo mercancía y escabel. Señalamos a la pública reprobación a los que, por ganar unos cuantos centavos, descienden al albañal y arrojan puñados de fango a la faz de la sociedad cubana, y la mayoría de la prensa revolucionaria reproduce nuestro artículo y aplaude nuestra actitud.

Aseguramos uno y otro día que nadie infiere tanto daño a este país como los que provocan escándalos y atropellos, y publicista cubano del fuste de don Enrique José Varona, declara en Patria que los intransigentes son los mayores enemigos do Cuba, teniendo, por esa noble declaración y por otras semejantes, que retirarse de la dirección de dicho periódico, porque aquí, como vivimos de convencionalismos no es lícito decir honradamente la verdad.

Hoy tenemos que añadir a la ya larga lista de genuinos revolucionarios que por su noble conducta merecen todos nuestros respetos y simpatías, el nombre del señor don Ricardo García, antiguo oficial del ejército cubano, que publica un notable artículo en El Siglo, de Cienfuegos. Esto honrado patriota —un García que, aunque combatió, en la manigua no reniega de sus padres— condena severamente los atropellos que cometen “esos vulgares y cobardes alborotadores que hoy se gozan en el tumulto como ayer aclamaban a Weyler”. Y termina preguntando ¿podrá el gobierno interventor formar buen juicio del pueblo cubano, con tales muestras de Insensatez y de odio?”

¿Serán también enemigos dé Cuba esos cubanos revolucionarlos que con nosotros coinciden y que tienen de la política que hoy prima el mismo concepto que nosotros? ¿Serán proteccionistas o anexionistas Lacret, Quintín Banderas Francisco J. Pérez, Acea, Ducasse, Lazó, Rafael Gutiérrez, Ricardo García y otros tantos que para honra y esperanza de los ideales revolucionarlos, levantan su voz en medio de la confusión de los apetitos y de las pasiones que se desencadenan sobre la Isla infortunada?

Ni ellos ni nosotros hemos cometido más pecado que amar este país, al que de ninguna suerte quisiéramos que arrastrasen a su perdición y ruina esos que diciéndose sus fanáticos defensores son realmente sus incorregibles y mortales enemigos.

El Diario de la Marina, 28 de octubre de 1899.

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