El Brexit y el cambio de ciclo

España debería tender puentes con quien puede llevar la batuta del futuro: Iberoámerica

 

El Brexit pone de relieve prácticamente todas las contradicciones políticas a las que se enfrenta el mundo globalizado y fundamentalmente occidental : diferencia de voto entre jóvenes y mayores, entre rentas altas y bajas, entre áreas urbanas y áreas rurales. Todo ello con una clase media que cada vez pinta menos y que sigue sosteniendo a todos.

Se convierte en un acontecimiento que debemos celebrar desde la óptica de que la soberanía de los Estados- Nación se ha impuesto a la de las élites globales que toman decisiones desde una Comisión Europea alejada a los ciudadanos y desde unos mercados “con rostro” que pretenden , mediante presiones , que todos los Estados tengan la misma política exterior y partan de las mismas bases económicas, sociales y culturales. La libertad requiere de valentía y , se estén equivocando o no, (yo no lo creo) de cara al futuro, esos mamones de los ingleses han sido valientes.

Pone de manifiesto algo muy importante: no existe un único camino al que todas las naciones tienen que tender de manera obligatoria como si de un proceso inmutable se tratara. Igual que Reino Unido, otros Estados- Nación podrán, en el ejercicio de su soberanía democrática, establecer un proceso de ruptura o de modificación.

Sin duda, la Rebelión de los Outsiders es un hecho consumado que va a condicionar la política en los próximos años y , sin recuperación a la vista, décadas: se trata de algo muy sencillo. Las narrativas de progreso continuo sin cambios institucionales, han fallado. Los relatos que ofrecían un rumbo a la vida de millones de seres humanos ( Autorrealizarse para triunfar en un entorno, poder llevar una vida con un determinado confort aunque bajo la bandera del sacrificio y el esfuerzo) se han evaporado con una mundialización que ha hecho del precariado la clase económica mayoritaria entre los jóvenes y no tan jóvenes.
El Brexit dará que hablar en la Europa de los Wilders, los Farage y los Le Pen, pero también en esa parte de EEUU que opta por Trump (y tal vez también en la que opte por Sanders). Desde luego, lo que se constata es que si no hay marcha atrás, estamos en un cambio de ciclo histórico en el cual nosotros tenemos la última palabra.

Frente a esto , hay dos alternativas “tranformadoras” : o aceptar lo moderno, que es retornar al orden que proporcionan los Estados- Nación con políticas de bienestar y modificar el statu quo de la globalización de una manera prudente pero haciendo los cambios oportunos, o bien caer en una dialógica posmoderna donde se habla de “Gobiernos Mundiales” y “Mundos Felices”, que pueden ser o no bonitos, pero que no son hoy en día realizables. En términos económicos, es el trilema de Rodrik : tenemos que decidir si queremos más democracia y Estado Nación, (postura moderna) más democracia y globalización (postura posmoderna) o bien Globalización y Estado-Nación sin democracia (lo que puede llamarse dictadura global). A día de hoy no vamos a ningún sitio, pero el escenario apunta a que estas tensiones se van a agravar y van a dibujar un escenario de cambio que habrá que perfilar.

Es fácil escuchar hoy tras el Brexit discursos como “esto es culpa de los viejos, no deberían votar”. Me hace gracia que metan en el mismo saco a esos ancianos (y no ancianos, porque los de 50 no lo son), que han votado por salirse, han apostado por una dialéctica de ruptura, con esos votantes ancianos españoles que no pueden oir hablar de los cambios. Vamos, igualito. Más allá de ésto, el hecho es que el mundo como conjunto camina sin un rumbo fijo. El concepto de desarrollo y de progreso científico incluso es cuestionado y el relativismo moral desmorona cualquier narrativa sin proponer alternativa alguna. De estas cosas, los mayores se dan más cuenta que los jóvenes y probablemente vean que eso no es bueno para el futuro. Debemos escucharles y crear una narrativa moderna para guiar el mañana.

También escuchamos ese discurso clasista que considera a todos los que se oponen a la “globalización” y quieren cambios, como “los perdedores de la globalización”, en afán de considerarles plebeyos, inferiores o como mínimo ignorantes. Así, cualquier universitario medio que opte por la permanencia, se presenta como un “ganador de la globalización” cobrando 400 euros al mes sin contrato y defiende el equilibrio internacional actual sin cambios, olé. Su postura coincide con la del dueño de un chiringuito de playa al que entrevistan en TV. En cambio, un chico de su edad, de campo y con menos estudios, pero con un salario parecido, es percibido como un bárbaro que desconoce la situación de su país y cuyas ideas son un peligro por dar el gobierno a los outsiders que pretenden que todos llevemos pasaporte cuando vamos en un avión. La única diferencia entre estos dos precarios es que uno es más proclive a viajar y otro no. Como si no se pudiera viajar por Europa desde una Inglaterra fuera de las instituciones comunitarias.

Creo que no hace falta decir que esa dicotomía aristocrática no es defendible al tiempo que se afirman presupuestos democráticos. Hay cosas que se pueden mejorar respecto a convencer a la gente de tomar postura por una causa, pero excluir a campesinos y jubilados no es una de ellas. Creo que tampoco hae falta hacer hincapié en lo que piensa un europeo del norte de uno del sur.

Parece mentira que ningún político español se haya alegrado por el potencial cambio de statu quo que puede sufrir Gibraltar. Más allá de que ahora a España le conviene observar y “sacar tajada ” todo lo posible ante lo que pueda pasar, la crisis de la UE también me parece un indicador para darse cuenta de que Europa ya no es el centro del mundo y que los Estados Unidos de Europa no son viables. España debería tender puentes con quien puede llevar la batuta del futuro: Iberoámerica. Y eso debe hacerse en condiciones solidaridad, reciprocidad y complementareidad. Nunca con socios dominantes y dominados como funciona la Globalización de hoy.