Centre Pompidou de Málaga

El Centre Pompidou Málaga

 

Málaga, 1 de junio de 2015.

Querida Ofelia:

El Centre Pompidou Málaga dedica su primera exposición temporal a un periodo especialmente fértil de la obra dibujada de Joan Miró (1893-1983). A través de unas cincuenta obras sobre papel realizadas entre 1960 y 1978, esta exposición pone el foco en dos décadas durante las cuales el artista opta por la libertad total a la hora de elegir las técnicas, los soportes y el lenguaje artístico.

Puntos, trazos, manchas, letras, grafitis, líneas, huellas, raspados… el dibujo siempre ha estado presente en la obra de Miró y ha dejado sus marcas en ella. Pintor, escultor, ceramista y grabador a la vez, aquel que afirmaba no saber dibujar utilizó, a lo largo de toda su trayectoria artística, un lenguaje gráfico en constante reinvención. Miró alimentó su genio gráfico con influencias diversas y creó un lenguaje único, reconocible entre los demás.

El Cabinet d’Art Graphique del Centre Pompidou conserva casi ochenta obras sobre papel realizadas por Miró entre 1960 y 1978. Muchas de ellas provienen de la generosa donación otorgada por el artista en 1979, coincidiendo con su octogésimo quinto cumpleaños y la exposición retrospectiva organizada en su honor por el Centre Pompidou. La exposición del Centre Pompidou Málaga presenta cuarenta y seis de estas obras sobre papel y muestra cómo la obra de Miró está marcada, de 1960 a 1978, por una especie de urgencia, por la necesidad incansable de reinventar el lenguaje, de transgredir los límites, de «hacer señales».

El Centre Pompidou Málaga, inaugurado el 28 de marzo de 2015, permanecerá cinco años en el Cubo. En paralelo al recorrido permanente de noventa obras, se presentarán entre dos y tres exposiciones temporales al año. Para la elaboración de estas exposiciones temporales, presentadas en un espacio específico de 363 m2, los conservadores del Musée National d’Art Moderne de París exploran los diferentes segmentos que componen la colección del Centre Pompidou: fotografía, diseño, arquitectura y vídeo. Las exposiciones temporales, cuya duración puede variar entre tres y seis meses en función de las obras presentadas, se alternan con una programación de eventos multidisciplinares dedicados a la danza, la performance, el cine o las conferencias.

 Joan Miró (Barcelona, 1893 – Palma de Mallorca, 1983) decía siempre que no sabía dibujar; sin duda alguna, esa supuesta «discapacidad» lo obligó a reinventar el dibujo por completo. Como si hubiera querido sacudirse de encima todos los conocimientos y técnicas para reencontrarse con los primeros gestos de la infancia y los balbuceos de su lenguaje desarticulado. En él, el trazo siempre es inestable: negado después de afirmado; unas veces incisivo, otras torpe adrede; ahora positivo, luego negativo. El Cabinet d’Art Graphique del Centre Pompidou conserva casi ochenta obras sobre papel realizadas por Miró entre 1960 y 1979. La mayoría proviene de la generosísima donación otorgada por el artista en 1979, coincidiendo con su octogésimo quinto cumpleaños y la exposición retrospectiva organizada en su honor por el Centre Pompidou. Este periodo especialmente fértil para su obra dibujada es también una etapa de total libertad: libertad de elegir las técnicas y soportes, libertad en el lenguaje artístico. Como escribía Jacques Dupin en la monografía publicada en 1993 en París con ocasión del décimo aniversario de la desaparición del artista: «Cuando ya no puede pintar, Miró dibuja, no cesa de dibujar… Ha encontrado el medio, en ambos sentidos de la palabra, que le permite rebasar el declive de su fuerza física y colmar las brechas, las minúsculas e innumerables brechas por las que se insinúa la muerte…».

 Puntos, trazos, manchas, letras, grafitis, líneas, huellas, rasgaduras… el dibujo atraviesa y marca con su señal toda la obra de Miró. Pintor, escultor, ceramista y grabador a la vez, aquel que afirmaba no saber dibujar usará a lo largo de toda su trayectoria artística un lenguaje gráfico en constante reinvención. Miró nutre su «genio gráfico» con influencias diversas: desde la escritura automática de los surrealistas, pasando por el grafiti, el dibujo infantil e incluso la caligrafía oriental. Crea un lenguaje único y reconocible entre los demás. Al final de su vida, Miró no hará otra cosa que dibujar…

«Salvo la persistencia de la estrella y de los escasos personajes alusivos, las figuras, en los últimos dibujos, son indefinidas. No derivan de los sucesivos análisis formales dirigidos a estilizar la realidad. Son atraídas por el espacio de la hoja, convertida en el espacio de Miró, en el que todo empieza y cobra un sentido, lugar y valor propios». Jacques Dupin, poeta y amigo de Miró.

 A partir de los años 1960, Miró se libera de la forma tradicional de la pintura, con sus restricciones de espacio, de forma y de figuras, para resaltar la expresión del acto creador: el impulso, el gesto, la espontaneidad. La verdad de la materia y la contienda del artista con su obra se vuelven visibles, quedan al descubierto. En este periodo, el dibujo y el grabado se convierten en sus medios de expresión predilectos. Orienta sus estudios gráficos en dos direcciones. Por un lado, desarrolla una escritura compuesta por signos caligráficos y trazos: un lenguaje imaginario de puntos, flechas, escaleras, espirales, accidentes, rasgaduras. Aquí, predomina la incisión del trazo, de la figura y del contorno. Por otro lado, explora las formas y metamorfosis azarosas de manchas y salpicaduras, a las que dispone al lado de huellas, rastros y borrones, en un espacio a la vez movedizo, aéreo y táctil. Nos encontramos ante una estética de lo «sucio» y de lo informe, un lenguaje en devenir, balbuciente.

En la década de 1970, el trabajo de Miró está marcado por una especie de urgencia: incansa­blemente, trata de reinventar el lenguaje, de transgredir los límites, de «hacer señales». Miró experimenta así con multitud de nuevos soportes: cartón ondulado, papel kraft, periódicos, carteles rasgados, plásticos, sobres, papel japonés, papel hecho a mano. Estas materias con sus texturas, resistencias y accidentes, obligan al dibujo a adaptarse, a renovarse. Las señales, al inscribirse en estos «paisajes» preexistentes, devuelven a los soportes una cuali­dad de presencia, su «verdad de materia». Miró, que no duda en mezclar las técnicas — gouache, pastel, carboncillo, tinta, lápices de colores—, experimenta también con nuevos lenguajes plásticos, tales como el grafiti, del que siempre valoró el carácter rudo e incisivo. Vuelve a un arte más táctil, una forma de primitivismo; una escritura desprovista de cualquier conocimiento, de cualquier acervo, hecha de «preseñales» surgidas de lo más profundo del inconsciente, un dibujo de ejecución espontánea y rápida. Por eso, como escribe Michel Leiris, «podemos hablar de infancia pensando en Miró. Pero solamente si nos estamos refiriendo a la infancia del mundo, no a la suya propia».

Dos grandes orientaciones atraviesan las obras de Miró durante estas décadas. Por un lado, un arraigo antropomórfico que se traduce por la presencia de personajes, mujeres, pájaros, perros, insectos, seres a medio camino entre el hombre y el animal, bichitos fantásticos. Por otro, la referencia al universo abstracto de los astros y de los cometas, al vacío cósmico, que encuentra su expresión en personajes flotantes y aéreos, en la representación del sol e ínfimas constelaciones. Esta dualidad entre lo terrestre y lo aéreo, lo carnal y lo espiritual —que opone la figura femenina de la «diosa-madre» a la del «pájaro-artista»— es inherente a la personalidad de Miró, sostiene todo su trabajo. Los personajes y los pájaros son sus motivos de predilección; como si el artista no pudiera esca­par de esta tensión, de esta oscilación entre la materia original —que engendra, a partir de la que todo nace— y el sueño, la fantasía, la creación idealizada, pura.

El Centre Pompidou Málaga dedica su Primera exposición temporal a Joan Miró. Obras sobre papel (1960 – 1978). Hasta el 27 de septiembre de 2015.

Un gran abrazo desde nuestra querida y culta España,

Félix José Hernández.

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