EL EJÉRCITO SORPRENDE A LOS REBELDES EN EL ESCAMBRAY

París, 7 de octubre de 2015.

Querida Ofelia.

Te envío este nuevo testimonio- el onceno si no me equivoco-, sobre la lucha guerrillera en el Escambray, contra la dictadura de Fulgencio Batista en los ya lejanos años cincuenta. Me lo mandó desde Miami nuestro viejo amigo, el ex guerrillero Miguel García Delgado. Te ruego que lo hagas conocer allá en San Cristóbal de La Habana, para ayudar a esclarecer la verdad histórica, tan lejana de la Historia Oficial que han querido imponer el régimen de los hermanos Castro y sus “historiadores”.

“La luz del día comenzó a filtrarse entre los arbustos, anunciando un nuevo amanecer. Allá, en el campamento, algún centinela zarandeó al comandante Anastasio Cárdenas para que despertara. Comenzó, para los guerrilleros, el ajetreo de un día que prometía ser intenso.

Ciento y tantos guerrilleros, unos bien armados y otros no, fueron ocupando las posiciones asignadas por sus cuadros de mando, cubriendo a lo largo, más de trescientos metros de aquel paredón rocoso de pequeñas elevaciones que bordeaba la carretera.

Anastasio Cárdenas fue el último en atrincherarse, pero ahora, de acuerdo al orden de la emboscada, se invertían los términos y él quedaba de puntero. Por el centro de aquella larga fila, se ubicaron los jefes de guerrillas, Rolando Cubela, William Morgan y Alfredo Peña.

Peña por su disciplina y experiencia militar, adquirida en sus años de servicio en el Ejército Constitucional, el mando consideró que debía estar junto a Menoyo, a la hora de iniciarse el combate.

Todo estaba dispuesto perfectamente, nadie abandonaría su trinchera, a no ser para las necesidades más elementales. Allí comerían y dormirían el tiempo que fuera necesario. Mantendrían silencio y evitarían movimientos que podrían delatar su posición.

Era el tres de abril de 1958, un jueves de Semana Santa. El ejército podría aparecer lo mismo en la tarde que al día siguiente, Viernes Santo, o tal vez el Sábado de Gloria o el Domingo de Resurrección. Pero el próximo combate sería para ellos un día inolvidable, si sabían aprovechar la ventaja que les daba esta preparada emboscada.

Los guerrilleros tenían el aire en contra, pero a pesar del contratiempo, uno de los atrincherados, le reportó a Anastasio que por breves segundos, le pareció escuchar ruido de motores. Eran las 7:30 de la mañana de ese día tres de abril.

Todos le prestaron atención, algunos se llevaron la mano a la oreja, pero nadie escuchó nada y no le dieron importancia al aviso de aquel compañero. Anastasio supuso que el guerrillero estaba tenso y nervioso por la espera.

Además, a los jefes de guerrillas les parecía ilógico que a las siete de la mañana el ejército lograra llegar hasta allí.

De repente, los hombres empezaron a escuchar un ruido persistente que no logró arrastrar ni el viento en contra.

Desde la posición de Anastasio Cárdenas, se divisaba un pequeño tramo de la carretera. Anastasio fijó su vista en un punto muy cercano de la curva que tenía casi frente a sí y divisó un camión repleto de soldados.

Como un eco, los guerrilleros se pasaron, de uno en uno, la voz de alarma:

– Llegaron, llegaron, llegaron….-.

Hasta que la voz llegó a Alfredo Peña, el último de la fila y cesó la repetición.

Anastasio, ensimismado en el conteo de los camiones que iban llegando, perdió preciosos minutos, retardando la orden que debía dar al práctico para que fuera a avisarle y recogiera a Menoyo.

El práctico, por mucho que se esforzó, no pudo ganar la carrera contra el tiempo.

Un primer camión de soldados avanzó por las irregularidades del terreno, penetrando en la línea de la emboscada. Sus ocupantes, como siguiendo instrucciones, dirigían su mirada hacia las pequeñas elevaciones, sin que lograran detectar el peligro oculto que les acechaba.

La caravana militar seguía penetrando en la franja de la emboscada, mantenían una distancia, entre sus vehículos de veinte o veinticinco metros y cada uno de ellos, en el techo de la cabina de los conductores, llevaba emplazada una ametralladora de grueso calibre, treinta o cincuenta, fuertemente amarrada con soga.

El ejército, de pronto, detuvo su marcha. Una rueda del quinto vehículo adentrado en el área de la emboscada, se atascó en medio del fango. Los soldados bajaron para empujar el camión con todas sus fuerzas, logrando sacarlo del bache en cuestión de segundos y reanudaron la marcha.

De pie, en el estribo del primer camión y aprisionando fuertemente la puerta con ambas manos, uno de los prácticos que traía el ejército, clavaba su vista en el fangoso terraplén, siguiendo las huellas dejadas por los guerrilleros.

Casi la mitad del convoy que transportaba casi un millar de soldados se encontraba en el área de emboscada, bajo la vista de nuestros guerrilleros y al alcance de la mano. La otra mitad no importaba, la curva del camión, próxima a Anastasio Cárdenas, los aislaba del combate quedando así, dividido, el poderoso contingente.

La tensión era fuerte, la inquietud iba en aumento y para muchos, se hacía insoportable. El disparo que tenía que lanzar el Comandante Alfredo Peña, anunciando el inicio del combate, no acababa de producirse y seguían desfilando un camión detrás de otro.

Roger Redondo que se encontraba al lado de Evelio Martínez le dijo a éste:–Los soldados se están marchando, yo voy a empezar el fuego, Martínez le contestó: –si ganamos la gloria no es tuya y si perdemos la culpa es tuya, recuerda lo que te pasó con Darío Pedrosa–

Muchos no se explicaban el por qué continuaba el andar del convoy militar, si las huellas dejadas por la guerrilla terminaban a un centenar de metros, ni tampoco el por qué Peña no iniciaba el combate.

Mientras tanto Menoyo ya avisado de que el ejército se encontraba dentro de la emboscada, a su regresó se le enfrentó por la retaguardia y cuando llegó al lugar de la emboscada, agitado por la prisa con que voló el camino, se encontró a todos los guerrilleros reunidos. Entonces escuché a Anastasio felicitar a Peña por la ecuanimidad que mantuvo al no dar el disparo que marcaría el inicio del combate, logrando que pasara el último camión del ejército sin que los guerrilleros presentaran batalla.

En ese momento, cuando Menoyo vio la emboscada levantada y el ataque sin realizar, casi pierde su ecuanimidad. Él no estaba en disposición de escuchar sermones a esa hora. Necesitaba calmarse, hasta sentirse apto para escuchar detalladamente el informe de lo que para él era un error injustificable. Pero no hubo tiempo ni para el descanso y mucho menos para la meditación.

El ejército traía buenos prácticos y ellos, al llegar al cruce de un riachuelo y observar que los rastros no continuaba, hicieron lo mismo que los guerrilleros, caminar con el agua hasta la rodilla y reencontrar sus huellas, adentrándose en el monte.

El dejarlos pasar, les trajo un costo elevado. Los primeros disparos, no se hicieron esperar, los soldados sorprendieron a las postas de los guerrilleros y dos guerrilleros cayeron heridos de muerte.

El tercer centinela, repostando el fuego enemigo, pudo aguantarlos y retroceder hasta reunirse con sus compañeros. No tuvieron tiempo de maniobrar, estaban en un hueco. Los guerrilleros se tiraron al suelo y dispararon al azar, tirándole a las pequeñas elevaciones que los rodeaban para tratar de detener la andanada de balas que les lanzaban.

Los guerrilleros tenían a sus espaldas el paredón rocoso que daba a la carretera, el que con seguridad, también estaría tomado por el ejército. Menoyo giró la cabeza y vio a su derecha una pequeña elevación de escasos arbustos que, evidentemente aún no estaba en manos de los soldados.

Menoyo pensó a sabiendas que en pocos minutos estarían todos muertos, si permanecían en aquel hueco, le gritó a la guerrilla:

– ¡Todo el mundo en pie que las balas no matan!

La orden, por su mensaje, parecía una imbecilidad, pero puso en pie a todo el mundo. El sobrino de Alfredo Peña, Pote, que era casi un niño, hincó su rodilla en el suelo alcanzado por un disparo en el muslo y de inmediato se incorporó.

Algunos empezaron a cantar el Himno Nacional y todos fueron uniendo sus voces hasta formar un gran coro.

Bajo una lluvia de balas, los guerrilleros coronaron antes que el ejército, la pequeña elevación. Poco a poco se fueron distanciando del lugar, subiendo y bajando las pequeñas elevaciones, próximas al terraplén.

Intentaron dejar atrás a un grupo del ejército que pisaba sus talones en tanto sentían cruzar sus balas cerca de los cuerpos de los guerrilleros.

Durante la carrera Menoyo se preguntaba por qué el ejército no trazaba un cerco total alrededor de ellos, si contaban con una fuerza tan numerosa.

Luego se supo que al igual que los guerrilleros, ellos también tenían sus complicaciones. Las dos columnas que los guerrilleros habían diseminado atraídas por el eco de los disparos, acudieron al combate.

La columna de Jesús Carreras y Filiberto González distraía la atención del ejército, disparando contra ellos desde lo alto de una montaña.

Los comandados por Lázaro Artola, con verdadero atino, atacaban por la retaguardia al mismísimo cuerpo de mando que dirigía las operaciones desde los jeeps, valiéndose de sus microondas. Este sorpresivo asalto les produjo varios muertos y heridos al ejército, creando un verdadero desconcierto en su alta oficialidad.

Los prisioneros de los guerrilleros, los hermanos Contán Ocañas, lejos de darse a la fuga en medio del tiroteo, se incorporaron a la guerrilla de manera voluntaria y como buenos conocedores de la zona, llevaron a los guerrilleros, en calidad de prácticos, a través de un río, no muy profundo, hasta un lugar seguro en donde se pudo establecer un campamento provisional.

Los Contán Ocañas, Rolando y Tomás, se convirtieron en dos guerrilleros más y con el tiempo, por mérito propio, ambos alcanzaron el grado de tenientes. Es más, hasta la familia de estos jóvenes, llegó a ser un núcleo colaborador del II Frente del Escambray.

Aquel Jueves Santo en Charco Azul, perdieron la vida cinco guerrilleros hombres, cuyos cuerpos quedaron insepultos.

No se podía culpar a nadie del incidente, sin empezar por culpar a Menoyo.

Alfredo Peña y una parte de los guerrilleros que participaron en la emboscada, sostuvieron que abrir fuego contra un contingente tan numeroso y bien armado, siempre sería un disparate.

Para Menoyo y otros más, el ataque debió efectuarse, teniendo en cuenta que el ejército desconocía el número de guerrilleros que estaban en el lugar, como tampoco si el ejército sabía si portaban buenas armas o no. Además, los guerrilleros tenían el factor sorpresa de su parte. Incluso la mitad de sus fuerzas, debido a la geografía del lugar, no podría participar del combate. Para los guerrilleros la oportunidad fue única e irrepetible, porque todas las armas y equipos del ejército debieron quedarse con los guerrilleros, en vez de regresar a los cuarteles.

Dos veces los guerrilleros perdieron la oportunidad de equiparse con buen armamento. La primera, por una decisión ajena que desvió el cargamento prometido al Escambray, llevándolo hacia La Habana donde fue ocupado por la policía.

La segunda, debido a la indecisión de nuestros hombres en Charco Azul, quienes dejaron pasar frente a sus narices, todo un arsenal bélico que pudo permitirles pasar a la ofensiva y cambiar el curso de los acontecimientos.

Desde entonces Menoyo lamentó que Alfredo Peña se incorporara a sus filas antes de aquel Jueves Santo. Como Peña tenía grandes méritos, prestigio bien ganado y un gran conocimiento del terreno, fue asignado más tarde a un punto cercano de Topes de Collantes, donde estableció su campamento junto a la guerrilla que comandaba, con la misión de hostigar al ejército en aquella importante carretera.

Poco a poco los guerrilleros fueron desplazando las guerrillas en todas direcciones, los capitanes: Rolando Cubela (Dos Arroyo), Genaro Arroyo (Veguita) y Anastasio Cárdenas (El Mamey), Jesús Carrera (Circuito Sur) y Pompilio Viciedo para la zona de la carretera de Trinidad Collantes. Todos ellos partieron con sus respectivas guerrillas para operar en distintas nuevas zonas.

La guerrilla de William Morgan con Onofre Pérez (Guanayara, Charco Azul y Jibacoa), pasó también a ocupar su área de operaciones.

Lázaro Artola pasó a la zona del Nicho, Río Negro y La Mata de Café. Así se abrían nuevas zonas para los guerrilleros. Junto a Menoyo en una especie de columna móvil quedó el resto del personal.

De esta forma nuestras guerrillas se hicieron presentes en El Escambray, adquiriendo una gran movilidad, estableciendo vías de suministros, incorporando nuevos alzados y hostigando al ejército por todas partes.

Ellos fueron conociendo el terreno que pisaban, aprendiendo las costumbres de los campesinos, sus necesidades y aspiraciones por alcanzar un mundo mejor. Sobre todo, se pudo apreciar que las gentes eran sanas y que trabajaban de sol a sol.
El Escambray era propicio para el cultivo del café, cítricos, viandas, frijoles, etc. Eran tierras productivas que además conservaban extensas áreas para la cría del ganado vacuno”. Miguel García Delgado

En esta segunda parte, nos dan su testimonio sobre El combate de Charco Azul, los ex guerrilleros Roger Redondo González y José (Cheo) Batista.

“Los rebelde salieron de la casa de Dulce Cabrera, esposa de Omelio Cancio, por la zona de Guanayara y se dirigían a combatir en Topes de Collantes, para apoyar la huelga del 9 de Abril del año 1958. Después de caminar toda la noche acamparon en un cafetal en Charco Azul. Allí se acostaron a dormir y pusieron las postas correspondientes. Al poco rato Peña fue avisado que habían sorprendido a la posta por donde estaba Jesús Bentancourt (Camay), el cual fue muerto al instante. Rápidamente se organizó una emboscada, pero al ver Alfredo Peña que eran como mil soldados no mandó a disparar, al apreciar que los rebeldes eran minoría y los dejaron pasar. Después los soldados regresaron y rodearon a los rebeldes y sorprendieron a la tropa de Peña.

Al oír los disparos, la tropa de Eloy Gutiérrez Menoyo, Willian Morgan y Rolando Cubela, que se encontraba en Guanayara se dirigió hacia Charco Azul para apoyar a Peña. Menoyo le mandó un recado a Lázaro Artola, que se encontraba en Manantiales. Ya el ejército había matado al operador de la planta de radio, un muchacho de Santa Clara. Entonces en Charco Azul, al llegar Lázaro Artola con su guerrilla atacó a los soldados por su retaguardia, donde se encontraban los oficiales del ejército. Al verse los guardias que eran atacados por ese flanco se creyeron que estaban rodeados.

En aquel combate fueron muertos tres guerrilleros y herido el sobrino de Peña apodado «Pote». Ese combate duró desde las 7 de la mañana hasta la 3 de la tarde, cuando se retiraron los soldados para Topes de Collantes”. Roger Redondo González y José Batista.

En cuanto pueda, te enviaré otros testimonios de aquellos jóvenes que lucharon con las armas en las lomas de Escambray contra la dictadura de Fulgencio Batista, para que Cuba fuese un país democrático.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Foto:Lázaro Artola y sus guerrilleros en El Nicho, Escambray, 1958

Hispanista revivido.