Me la suda ese Menoyo postalita, exiliado español convertido por decreto revolucionario en ciudadano cubano de nacimiento

El mejor Menoyo, para mí, fue el anterior al revolucionario activo. No el que se echó al monte. No el que rompió con los figurones del Directorio, Chomón y Cubela, para plantar bandera aparte con su II Frente Escambray. No el que se hizo bordar una estrellita en la hombrera y se nombró comandante él mismo. Ni el invicto guerrillero que tomó mi pueblo natal con mucha fanfarria y sin disparar un tiro.

No, señor. A mí me la suda ese Menoyo postalita, exiliado español convertido por decreto revolucionario en ciudadano cubano de nacimiento. Yo prefiero al joven Menoyo que puso un bar en el reparto habanero del Vedado, en F y Línea para ser más preciso, llamado Eloy’s Club, así a lo pitiyanqui y sin complejo de español republicano. Ese fue sin duda su acto más heroico y memorable.

El Eloy’s Club era, y creo que sigue siendo, un nightclub estilo años cincuenta, con su moral de época y en total oscuridad por si las inhibiciones. El matadero estaba abajo, en el sótano; y arriba, subiendo la escalerita, a modo de segundo frente, una barra agradable por encima del nivel de la calle.

Todavía en los años setenta se seguía llamando Eloy’s Club, aunque los muchachos becados en F y 3ª simplemente le decíamos ‘El Eloy’. ¿Sería que no se daban cuenta de que ese centro nocturno (y también diurno) llevaba el nombre de un ‘traidor’? Años después se percataron y le cambiaron el nombre. De lo cual me enteré una tarde calurosa, cuando bajé con una amiga al matadero del ‘Eloy’, ya rebautizado Tropical si no ando equivocado.

El camarero nos sirvió un cubalibre más un telegrama y luego se perdió para siempre. No apareció de nuevo por más que lo llamara. Subí entonces a la barra para hacerle el pedido directamente, pero no había un alma. Ni usuarios ni empleados. Volví fosco a mi rincón, a tientas y con un fósforo encendido. El aire acondicionado funcionaba y todo. Y el asiento pullman invitaba al amor aunque fuera a palo seco.

Al cabo de una hora salimos al calor sofocante del exterior. El local seguía abierto tanto arriba como abajo, pero sin nadie que se ocupara del negocio y lo atendiera a uno. Tal parecía que el personal se había marchado a la hora del cambio de turno sin haber llegado el relevo, y se le había olvidado cerrar. Cosas del socialismo. Se notaba la falta de su antiguo dueño, Eloy Gutiérrez Menoyo, el cantinero que abandonó su bar-nightclub por irse a tirar tiros en las lomas del Escambray. Ay, galleguíbiri.

Deja un comentario