París, 2 de diciembre de 2015.

Querida Ofelia:

En mi niñez, allá en nuestro pueblo villaclareño de Camajuaní, me gustaba bajar la loma del tanque del acueducto hasta su base, en donde se encontraba la gallería, a la cual iba a menudo los domingos por la tarde con mi padre a ver las pe­leas de gallos, espectáculo que hoy me parece horrendo y que sin embargo entonces me gustaba. Allí conocí al coronel Cornelio Rojas. Yo tenía sólo nueve años.

Unas semanas más tarde fui con mis padres en un jeep hasta la playa de Ju­an Fanguito, a llevarle un lechón asado de parte del coronel Hernández. Para mí fue una aventura, pues ese día me levanté a las cinco de la mañana.

Recuerdo que el coronel Rojas me ofreció un batido de mamey y poniéndome la mano sobre la cabeza con gesto afectuoso, me dijo que fuera militar, para que llegara a ser coronel como él. Pocos meses después vi en la revista Bohemia las fotos de su fusilamiento. En el año 1959 aún los condenados a muerte podían recibir una atención religiosa y hablar. Los comentarios de todos los que visitaban nuestro humilde hogar, giraban en torno a la valentía que había mostrado frente al pelotón de fusilamientos. Las fotos lo mostraban muerto con los ojos espalancados, en un charco de sangre y con la mitad de la cabeza destruída.

Te hago llegar este interesantísimo testimonio del exguerrillero del Escambray Roger Redondo:

“Rodolfo Santín era natural de Encrucijadas en la provincia de Las Villas. En sus tiempos de buen pelotero conoció e hizo amistad con Ramiro Valdés Menéndez, que también era pelotero, aunque no muy bueno.

Ramiro dejó la pelota y se dedicó por entero a la lucha revolucionaria. A finales del 1958, Rodolfo Santín al enterarse de que su viejo amigo Ramiro se había destacado en la insurrección y que estaba en el Escambray, se le unió en las cercanías del campamento rebelde de Dos Arroyos.

En pocos días se produjo la caída de Batista. Alguien con poder nombró a Rodolfo Santín, jefe del Regimiento de Santa Clara. Santín, que no tenía muchos méritos, al poco tiempo fue sustituido por el comandante Puerta. Además le rebajaron los grados a capitán; rápidamente como estaba flojo su historial revolucionario, lo volvieron a degradar a teniente, y lo nombraron alcalde del poblado de Las Vueltas.

En su corto tiempo de jefe del Regimiento de Santa Clara, a Santín le tocó encargarse del fusilamiento de Cornelio Rojas. Ese día también se fusiló a otro militar de nombre Juan Centella y a otros a los que no se celebró juicio alguno, en total fueron catorce.

A Rodolfo Santín claro que le gustaba ser comandante, pero lo de fusilar sin que se les juzgará en un tribunal, sin la firma de un juez, eso no era para él. Al buen pelotero la comandancia “le había caído del cielo”.

Yo tenía mucho interés en hablar con Cornelio Rojas a causa de sus conversaciones secretas, de las cuales yo tenía noticias. Él cayó prisionero unos días antes de que Batista abandonara el país. Yo pensé que me sobraría tiempo, ya que el juicio a un miembro de una familia de origen mambisa (su abuelo fue general del ejército mambí, nacido allí en Santa Clara), duraría meses. Se habían cometido crímenes por toda la provincia, pero como también operaban los miembros del S.I.M., de la Guardia Rural, del servicio de inteligencia Naval y de los Tigres de Masferrer, una investigación para depurar responsabilidades, era totalmente necesaria, si se quería hacer justicia. A Cornelio Rojas lo fusilaron en cuestión de horas. Fue un hombre que en su juventud contó con un expediente revolucionario y con inquietudes políticas, que fue expedicionario del grupo que desembarcó en Jibara con Emilio Laurent, y Gustavo Aldereguía. Este último era médico de Cienfuegos, dirigente del Partido Comunista y gran amigo de Julio Antonio Mella.

Ya habíamos derrotado al gobierno de Batista. En la ciudad de Santa Clara se contaba con tribunales y cárceles. ¿Cuál era el apuro? Se me hacía muy difícil de entender. Se habían producido reuniones en la Ciudad de México con José Castaño jefe de la policía (BRAC), Joaquín Ordoqui y Edith García Buchaca, (yo en aquel tiempo no lo sabía), lo supe mucho después. Pero sí estaba al tanto de las reuniones secretas que tuvieron lugar en el pueblo de Cruces, entre Rolando Masferrer, Osvaldo Dorticós y Cornelio Rojas, y las del pueblo de Manacas entre Otén Menzana Milián, y Cornelio Rojas, al igual que la reunión de Faure Chomón con Honorio Muñoz, jefe de redacción del diario órgano oficial del P.S.P., el periódico “Hoy”. No las consideraba como reuniones extrañas, por ser lógicas, ya que Faure tenía un hermano locutor de nombre Florián que trabajaba junto a Muñoz en Radio Reloj.

Al caer Batista pude interrogar al segundo al mando de la policía de la provincia de Las Villas, el comandante Ferrer Nodal, que operaba en Sancti Spiritus, y fue hecho prisionero en la ciudad de Cienfuegos. Mi interés en hablar con Ferrer Nodal, era porque las dos veces que Batista gobernó Cuba, él había sido
el jefe de la policía de Sancti Spiritus. En 1942 cuando mataron a Sandalio Junco él estaba al mando de aquella estación de policías. Hablé muchas horas con él. Ferrer estaba muy vulnerable, él se dio cuenta de mi interés en averiguar sobre la muerte de Sandalio Junco. Sobre las raras reuniones no le pregunté nada pensando que habían sucedido lejos de su jurisdicción.

Pero fue él quien me contó por su propia voluntad que todos los jefes estaban conspirando contra Batista, empezando por el jefe del Regimiento de Santa Clara Río Chaviano y Cornelio Rojas.

En Cuba, no tuve la oportunidad de conocer a Rodolfo Santín. Me lo presentó Miguel Álvarez en Miami mucho tiempo después. Me contó con lujo de detalles, como pudo evitar participar en los fusilamientos directamente. Me dijo que Otén Menzana fue capitán del ejército rebelde a las órdenes de Víctor Bordón Machado, que había trabajado en la planta de la fábrica de cerveza Hatuey de Manacas en Las Villas y que había sido cazador de venados al igual que Cornelio Rojas, y llegaron hacer buenos amigos.

Cornelio Rojas le dijo que quería hablar con el capitán Otén Menzana, y Satín le consiguió la entrevista. Hablaron ellos solos tras las rejas varios minutos, y después Santín, Otén Menzana y Cornelio, se reunieron. Cornelio Rojas les dijo que él no quería que lo hicieran sufrir al ser fusilado, que no lo fueran a herir solamente. Se dirigió hacia Otén Menzana y le dijo: ‘consigue a los mejores tiradores y tú Otén que yo sé que eres buen tirador, también participa’. Otén se negó y le respondió : ‘es lo único que yo no puedo hacer, yo soy tu amigo’.

Entonces le dijo Cornelio a Otén: ‘consigue tú los mejores tiradores y me lo traes acá’. Otén se fue y trajo la escuadra de los mejores tiradores que él conocía.

‘¡Muchachos (dijo Cornelio Rojas), yo quiero que todos los tiros me den aquí, (tocándose la frente), si ustedes creen que es mejor, que me pinten una diana en la frente!’

‘No es necesario’, contestaron los tiradores del pelotón.

Rodolfo Santín sudaba la gota gorda, como si fuera él quien iba a ser fusilado.

El fusilamiento no lo dirigió ni Santín ni Otén Menzana, sino otro oficial rebelde.

Eso explica como se ve en la película, todos los disparos al mismo tiempo en la frente. Sus últimas palabras fueron: ‘¡Muchachos ya tiene su revolución, cuídenla!’ A continuación se sintió una descarga cerrada, la cámara captó como el cerebro volaba y el hombre caía, no debió sentir dolor alguno. Esa imagen fue publicada por todo el mundo.

Los mismos intereses, la misma mano oculta, necesitaban que el Coronel Cornelio Rojas y José Castaño, jefe del BRAC en la Habana, fueran eliminados rápidamente.

A José Castaño si se le celebró un juicio a la carrera. El jefe del tribunal fue Víctor Bordón Machado.

El comportamiento de Cornelio Rojas frente al pelotón de fusilamiento, fue un ejemplo de hombría, gran productor de testosteronas, que es lo que hay que tener para pararse frente al pelotón, para mandar a fusilar no se necesitan ni una cosa ni la otra.

Ha pasado más de medio siglo, y aún hoy no he podido encontrar a alguien, que me pueda aportar pruebas de que el coronel de la policía batistiana Cornelio Rojas, hubiera participado en un asesinato. Sin embargo si me he encontrado a varios revolucionarios que me han dicho todo lo contrario.

Le hice una entrevista a un tío de Quintín Pino Machado, hermano de Margot, el cual me contó que su hermana vive aún y que ya cumplió cien años, pero que esta lúcida. Según él, Cornelio se comportó caballerosamente con Margot.

El final del capitán Otén Mezana fue producto de la patada de una mula en la frente: muerte instantánea.

Personalmente Víctor Bordón Machado delante de un grupo de subalternos, durante una exposición comercial en la que él estaba al frente de una de las empresas que allí mostraban sus productos, me contó que él estaba por hacer un monumento a la mula que mató a su compañero Otén Menzana. Una gran incógnita para nuestra historia.

Nota: esto es sólo un testimonio mío. Faure Chomón, que vive aún, debería de dar su testimonio, ya que él participó en aquellas conversaciones secretas ». Roger Redondo González.

Sé muy bien que este testimonio del gran amigo Roger te debe de haber llevado a aquel 1959 en que compartimos momentos que nos marcarían de por vida.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Foto: Fusilamento del Coronel Rojas en el Campamento Leoncio Vidal de Santa Clara.1959

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