Por: Nicolás Aguila

El fusilamiento del general de brigada Roberto Bermúdez López Ramos no fue tan sumario como suele afirmarse. Bermúdez enfermó –o se hizo el enfermo– durante unos días, y Máximo Gómez tenía la duda de si era procedente fusilar a un reo estando enfermo.

Cuenta Orestes Ferrara que el Generalísimo le preguntó qué preveía la ley al respecto. Ferrara le respondió que la ley no lo contemplaba, pero la práctica y la costumbre mandaba esperar que un herido o un enfermo se curara antes de pasarlo por las armas. Y así se hizo con el más joven de los generales mambises, según el coronel Ferrara. Fue fusilado el 12 de agosto de 1898, o sea el mismo día que los españoles se rendían a los americanos. Ironías de la historia.

Bermúdez dejó escrita una carta al general Mayía Rodríguez, quien estaba al mando en Occidente, en la cual se defendía aduciendo que a él lo condenaban por matar, mientras que todos los jefes mambises mataban igual que él con total impunidad. Lo cual no es tan así. Bermúdez se distinguió por ahorcar con alambre a civiles indefensos, muy especialmente en Pinar del Río, donde fue indebidamente ascendido por Maceo de coronel a general de brigada, sin duda por su probada valentía y bravura, pero pasando por alto el lado siniestro de su personalidad. Bermúdez era un hombre capaz de atrocidades incalificables. Mataba por placer.

Lo que colmó la copa ante los ojos de Máximo Gómez fue el hecho de que Bermúdez se tomara la justicia por su mano asesinando sin contemplación a los desertores, incluyendo al coronel Cayito Álvarez, tío bisabuelo mío desnaturalizado hasta la caricatura por Miguel Barnet en su ‘Biografía de un cimarrón’. Los desertores, conocidos como ‘presentados’, podían reincorporarse a las fuerzas mambisas tras la amnistía dictada por el propio Gómez al final de la guerra. La cacería humana de Bermúdez obstaculizaba dicha amnistía..

Resultaba escandaloso tener que señalar como traidores a centenares de presentados que no aguantaron más el hambre y las privaciones de la manigua y se entregaron a los españoles sin sospechar que se acercaba el final de la contienda. El Generalísimo los perdonó y eso lo humaniza y lo engrandece.

Gómez montó en cólera, y no sin razón, al conocer las tropelías de Bermúdez. No parece que lo haya sometido al consejo de guerra por venganza o porque fuera una amenaza a su autoridad indiscutible. Tampoco para dar un escarmiento, aunque la intención ejemplarizante nunca falta en este tipo de sanciones. Tocando a su fin la campaña militar, el fusilamiento de Bermúdez se puede interpretar como un intento a fortiori de imponer la disciplina y hacer valer la autoridad y la jerarquía de los mandos. Gómez no deseaba cerrar el último capítulo de la Guerra de Independencia con un ejército abocado al caos y el bandolerismo.

Deja un comentario