Por mucho que insistan los prostáticos que nos gobiernan, la responsabilidad y la culpa es totalmente nuestra: del pueblo

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Está del todo logrado: no queda ni un solo rincón del mundo capitalista donde no surja la solución económica que significa la droga para grupos, siempre, al servicio de los poderosos que andan escondidos o al sol y sombra ya de su poderío competidor con gobiernos y estamentos tan poderosos como los propios ejércitos o las organizaciones religiosas tradicionales.

Eso que se programó a largo plazo y como algo que iba a pasar en el futuro, pero había sus dudas al respecto, está aquí, entre nosotros, en todos los países, excepto China y Cuba, de lo que servidor pueda conocer; pero el resto está en manos de las mafias de la droga, que tienen mucho más poder que muchos gobiernos, porque ellos son en sí, los gobiernos de la tierra actualmente en la inmensa mayoría de los países que presumen de ser democráticos y supercivilizados.

No nos gusta leer cosas así; nos encanta leer mentiras en las que se ve el acero o el oropel de un mundo en apariencia ordenado, de escaparate vigilado y cuidado, donde el triunfo del capitalismo sobre lo que ellos llaman el mal universal de la vagancia y la subvención social, campea día a día a más. Y si la droga, su dominio totalitario ocupa cada esquina de las calles de las ciudades y pueblos donde vivimos, en muchas ocasiones se puede ocultar y no salir en la propaganda de la excelente vida del lugar. Pero el otro jinete de la apocalipsis que se esperaba para un puñado de años posteriores, ya está aquí: la invasión pacifica y masiva de todos los pobres de la tierra, que vienen caminando hacia una población enferma de Madrid o Buenos Aires, de Miami a Oslo, que solo espejea apariencia entre canute y canute, y se siente incomoda con la presencia de lo que ahora se llaman emigrantes, que hace tiempo dejaron de serlo y ahora son refugiados con el adjetivo que se le quiera añadir; pero refugiados.

Cuando uno lee historia, cuando uno se recrea leyendo asuntos de tiempos pasados, lo normal es que se encuentre con muchos renglones que hablan de guerras, de hambrunas, de sociedades humanas inestables, y dentro de toda esa vorágine de malas cosas pasadas, entendemos que los tiempos de ahora, los que estamos viviendo, pueden tener perfectamente cabida, y que, pasados los años, los que vengan por detrás nos estudien o nos lean y sientan lo mismo que sentimos ahora nosotros analizando nuestro pasado, sintiendo que fueron un montón de borricos los que nos precedieron porque pudieron haber vivido de maravilla, pero les dio por matarse los unos a los otros para no lograr nada.

Y si en ese simple análisis que solemos hacer las gentes, puede haber  todo un pozo de sabiduría porque la cosa transcurrió tal y como estamos analizando, en lo referente a nuestros tiempos de ahora que seguimos haciendo lo mismo en cuanto a no respetar la vida de los demás, nos suele quedar colgando  un fleco libre; un fleco en el aire que es de necesidad darle anotación, para que nos centremos en la realidad imperante en estos tiempos de ahora, tan diferentes de antaño, porque está claro que si hemos utilizado la energía atómica una vez para matar y sobresalir, nadie puede estar capacitado para asegurar que con semejante poder destructor el hombre se prive del gustazo de acabar consigo mismo apretando un simple botón.

Y un drama semejante, que achacamos siempre a nuestros mandamases, es algo que nos concierne enteramente a nosotros el pueblo, que por mucho que insistan los prostáticos hijoseputa que nos gobiernan, la responsabilidad y la culpa es totalmente nuestra: del pueblo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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